Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Seres horizonte


ÁNGEL GABILONDO (El País)

Se supone que se trata de no reproducir sin más lo que otro hace o ha hecho, ni de limitarse a imitar a los demás, pero incluso para ser del todo singulares, necesitamos seres de referencia. No siempre es fácil dar con ellos. Ni basta con la relación de quienes tienen éxito o son públicamente conocidos. La pérdida de tales referencias concretas, de quienes por su forma de pensar y de vivir nos provoquen y nos convoquen a modos distintos y mejores de hacer y de ser, supone una verdadera dislocación, una desubicación que agudiza nuestro desamparo y nuestra soledad.

No es que precisemos de discursos salvíficos, aunque sin embargo es indispensable que encontremos seres admirables, dignos de admiración, que no se reduzcan a ser dignos de ver, o de mirar. Como quién nos gustaría ser es más que una infantil proyección, es la expresión de nuestra voluntad y de nuestro deseo, pero, aún más, de que también somos aquello que perseguimos, hacia lo que vamos, lo que nos convoca y buscamos ser.

Siempre, y muy en especial en tiempos de mayor complejidad, requerimos encontrarnos con quienes se arriesgan con el pensar, hasta hacerlo valer con su acción comprometida. No siempre son ruidosos, pero sí elocuentes. Cuando la indecisión y la tibieza parecen envolvernos, el arrojo, no necesariamente exento de prudencia, se añora como expresión del alcance de las convicciones. Y la persistencia y la coherencia de no limitarse a lo directamente beneficioso y rentable, o la decisión de no reducir nuestra perspectiva ni renunciar a nuestros mejores sueños precisan de la compañía, siquiera en algún modo de distancia, de estos seres horizonte, que no pocas veces nos faltan.

En ocasiones, estos seres nos parecen inalcanzables. Hombres horizonte, mujeres horizonte, que marcan, señalan, indican, casi sin proponérselo, y nos ofrecen el cobijo de algún itinerario, el hogar de ciertas vías. A su vez conviven con sus propios desafíos. Su modo de proceder nos insta a proseguir, a encaminarnos por esas travesías, no exentas de peligro, que conforman nuestra experiencia. Quizá nos resulten excesivos, pero no por falta de proximidad. Incluso la admiración requiere una cierta cercanía. El asombro y la curiosidad son origen del pensar y una cierta constatación de alguna forma de escisión. Ahora bien, a la par, asombro, curiosidad y escisión son aliento del vivir. Estos seres horizonte no nos mueven porque carecen de debilidades o son insuperables, sino porque incluso sobre su propia fragilidad conforman fuerzas y razones. Para empezar, para sí mismos.

Los seres horizonte no son entorno ni contorno de nuestras peripecias cotidianas. No necesariamente pertenecen a lo que constituye el afán de nuestra vida diaria sino que, sin que ello se excluya, más bien labran caminos, no siempre de fácil recorrido. Pero su ejemplaridad no radica en que hemos de pisar sobre sus huellas. Sobre todo nos llaman a hacer nuestra propia trayectoria.

Quienes con su propio proceder trastornan la escala de valores dominante abren otros horizontes y no se reducen a dejarse llevar por senderos trillados que desde un lugar concreto nos conducen a otro ya esperado y definido. No son admirables y ejemplares porque no sitúan en una meta que cumple nuestros sueños. Cabría preguntarse entonces cuál es su alcance y su sentido. Eduardo Galeano nos acompaña en la tarea. “La utopía está en el horizonte. Trato de alcanzarla./ Camino dos pasos, ella se aleja dos y el horizonte se corre diez más para allá./¿Entonces para qué sirve la utopía?/ Para eso sirve, para caminar.

Si los hombres y las mujeres horizonte impulsan nuestra existencia, sin reducirla a la rendición a los ámbitos del contexto inmediato, es porque su capacidad de mirar no se limita a mantener la vista fija en la mera actualidad. Su aparente ir a ningún sitio predefinido no impide que se conduzcan ajustadamente. Quizá tiran del carro como la diosa del Poema de Parménides, impulsado por thémis y díke, el derecho o la norma y la justicia. Pero no para huir, sino para darse, ya que lo hace “a través de las ciudades”. Su proceder indagador no constituye alejamiento alguno y nos permite conocer lo que es necesario, lo justo. Así, en este caminar, el horizonte efectivamente comparece y produce sus efectos, del mismo modo que la utopía que nos alienta y propicia nuestro andar. Con ello pone en cuestión lo que ya parece ofrecerse como inevitable, aquello mal llamado “lo que hay”. “Es lo que hay”, decimos, cortando todo horizonte y todo intento de transformación, de innovación, de recreación.

Frente a la caricatura de lo tantas veces mal llamado imposible, lo imposible, estos seres nos resultan imprescindibles. La proliferación de quienes hacen ostentación de sus logros, con independencia de los procedimientos para conseguirlos, no sólo nos hacen perder todo horizonte, sino que lo reducen a la consecución de unos resultados que clausuran cualquier propuesta de ajustarlos, no según las cuentas del principio de razón, sino según la justicia.

La atención al presente incluye su horizonte. Si no se reduce a lo que ocurre, ni a la actualidad, es precisamente porque incorpora como elemento constitutivo la necesidad de un porvenir. Cabe decir que la verdadera palabra de alguien es su forma de vivir. Eso incluye asimismo el relato que deja constancia de su propio morir. Es entonces cuando se ilumina más aún aquello que le sostenía y le hacía caminar, su propio horizonte, tal vez el de otros seres de referencia. Dicho horizonte a veces sólo se nos viene con más contundencia, y en plenitud, en su despedida. No es preciso aguardar a ella, ni requerirla. Aunque al desaparecer queda aún más exento el horizonte, como expresión última de su generosidad y ello nos permite ver con más claridad esa utopía, echamos de menos ciertas presencias permanentes y cotidianas que alientan nuestra existencia.

No era utopía porque simplemente careciera de lugar, lo es porque no reside en asiento alguno, porque destella en todo y cada uno de los espacios de ciertas formas de vida, de ciertas maneras de vivir. Su difuminación nos entrega con más contundencia, si cabe, un horizonte para caminar. Y tales hombres y tales mujeres son horizonte que logra hacernos crecer, sacar lo mejor de nosotros mismos. Y eso no es ninguna extracción, sino una incorporación. Son nuestro verdadero privilegio.

Artículo original en >> El salto del ángel >> Blogs EL PAÍS.

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