Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Reporterismo de cloaca

Por DIEGO A. MANRIQUE (El País)

En este oficio, nos encantan los héroes. Devoramos los libros de los periodistas que destaparon corruptos, que avergonzaron a gobiernos, que revelaron las verdades inconvenientes. Son los grandes éxitos del periodismo bravo, aunque —sugiero— también urge conocer las grandes cagadas; en tiempos de derrumbe, estas se aproximan más a la experiencia general, marcada por los trabajos de multitarea, las jornadas inacabables, los redactores engañados por sus directivos.

Todo eso abunda en Tabloid prodigy (Running Press, 2007). La autora, Marlise Elizabeth Kast, salió de la universidad para colocarse en la redacción californiana del Globe, semanario dedicado a los escándalos, lo que allí llaman un tabloide de supermercado (se compran —o se hojean— en la cola de las cajas registradoras de Estados Unidos). No estaba predestinada para semejante trabajo: perteneciente a una familia de predicadores y misioneros, desconocía el mundo de la farándula.

Pero demostró un talento innato para camuflarse, mentir y lo que fuera necesario para conseguir la foto clandestina, el reportaje ansiado. Se estrena con la boda del actor William Shatner, alias Capitán Kirk. Vestida de invitada, se agacha junto a unos matorrales, como si pretendiera orinar; un guardia le sugiere que use los retretes de la zona VIP. No siempre cuela: para la boda de Sharon Stone, se disfraza de fanática del jogging y engatusa a los vigilantes. Pero no a la actriz, que detecta el truco.

Tabloid prodigy recuerda que esta profesión es adictiva. Marlise no goza un sueldo extraordinario pero la emoción de la caza y la pieza cobrada (o no) compensa todo. También accede al circuito de los famosos de Hollywood: una cara conocida que no tiene que esperar a la puerta de las discotecas o pagar las copas.

En realidad, Marlise Kast no bebe alcohol; cuando se excede, monta un follón infernal. Sale con chicos guapos pero conserva su virginidad. Disfruta de la suerte de los inocentes. Imaginen: fiesta privada a lo gangsta en una mansión de Hollywood; tarda en comprender que la mayoría de las invitadas son prostitutas. El anfitrión es el Dr. Dre, productor de hip-hop. Ella y sus amigas salen intactas por pura ingenuidad: “Así que eres doctor. ¿En qué especialidad?”.

Lo extraordinario de Tabloid prodigy es la ausencia de dudas éticas. Investigando la posible bisexualidad de Leonardo DiCaprio, unta a varios empleados de su hotel, que son despedidos sin indemnización. Unos días después, se hace amiga del hermanastro de Leonardo y entra tan fresca en la suite del Chateau Marmont donde transcurrieron las supuestas orgías.

Como ella explica, la compensación está en el riesgo, la adrenalina, la aventura. Marlise es consciente de la indignidad de su trabajo. Como refuerzo de otro compañero, recorre sex shops de San Francisco, hasta localizar pruebas de que Don Johnson compra porno gay. Una experiencia bochornosa, cierto, aunque no tanto como saber que el reportaje final no llevara su firma.

La capacidad de los periodistas para autoengañarse no es menor que la de otros profesionales. Para cubrirse las espaldas, el Globe exige que las grandes revelaciones estén corroboradas por tres fuentes. Marlise no encuentra raro que esos testimonios sean compensados por dinero o que, a la mínima, se deje de pagar a los implicados. Sus dudas comienzan cuando le encargan un texto anunciando que Madonna ha ganado muchos kilos. Marlise detecta enseguida que la instantánea correspondiente ha sido manipulada pero se traga sus débiles objeciones y sostiene una mentira patente.

Tabloid prodigy no refleja mucho arrepentimiento. Sí, Marlise Elizabeth Kast puede alegar razones morales para romper con el periodismo de celebridades pero lo que transmiten sus páginas es el deleite ante, en sus términos, un trabajo bien hecho. Al final, se le funden los plomos pero la crisis parece consecuencia de la sobrecarga de faena y las intrigas de sus superiores.

Marlise deja el empleo, su novio y hasta California, para ejercer de au pair en Suiza. Con el tiempo, se convertirá en escritora de guías de viaje y especialista en deportes extremos (ah, la adrenalina). Sospecho que no ha llegado a entender el odio que despierta el Globe y similares productos: en 2001, la central de la editorial, en Boca Ratón (Florida), fue atacada con ántrax; hubo un muerto y las oficinas permanecieron clausuradas tres años. Marlise ni siquiera lo menciona.

Artículo original en EL PAÍS

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