Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Apartheid en Chile


Por MARIO WAISSBLUTH (El Post)

Escribo estas líneas con tristeza en el alma. La demolición de la educación pública y la profundización de la segregación social son tan amenazantes para el futuro de nuestro país, que me amarga. Y todo por unos votitos más. Téngame paciencia ahora. La maniobra del gobierno es técnicamente compleja y políticamente vistosa. Desenmascararla requiere cifras y algo de análisis.

El apartheid sudafricano fue una política formal de segregación racial. Lo que tenemos en Chile es una política sibilina de segregación escolar por estrato socioeconómico, de pasmosa efectividad. Tenemos el peor índice de segregación social del MUNDO. Los hijos de ricos estudian con hijos de ricos, los de clase media con clase media, los pobres con pobres. No se trata de resultados escolares, sino del nivel socioeconómico de alumnos que estudian bajo un mismo techo.

Alguien dirá que no importa. Con tal que cace ratones, no importa el color del gato. Si lográramos los mismos resultados de calidad en escuelas de pobres que en escuelas de ricos, ¿qué más da? En primer lugar, es imposible, ni aunque dobláramos la ya aumentada subvención preferencial. Está demostrado en todo el mundo que existe el “efecto par”. Los niños no sólo aprenden de sus profesores, sino también de sus compañeros. Si todos tienen bajo capital cultural, el nivel de la clase disminuye y si lo tienen alto, aumenta, con el mismo profesor.

Qué Pasa publicó recién, por 12 años ya, su odioso “Ranking de los mejores 100 colegios de Chile: establecimientos educacionales de calidad”. 95 particulares, 2 subvencionados y 3 municipales. Mensualidades desde $485.000 a $125.000.

Lo que la gente no sabe -y es comprensible que no sepa- es lo que pasaría  si todos los niños del Grange, Everest o Cordillera, los tres primeros lugares, con promedio PSU de 695 (para lo cual muchos suelen contratar un caro preuniversitario), fueran transportados diariamente en un bus a tres escuelas de La Pintana, con promedio PSU de 400, y a la inversa, los niños de La Pintana fueran transportados a estas escuelas del barrio alto. En este experimento, los profesores, libros y planes de estudio quedan en su lugar de origen. Transportamos sólo niños.

Con el tiempo, los niños de La Pintana, ahora educados en el barrio alto, no mejorarán su PSU más allá de 30 ó 40 puntos, y los chicos del barrio alto no empeorarán su PSU en más de 30 ó 40 puntos. Ese es el “valor agregado” que están agregando las escuelas municipales y los colegios particulares, y no difiere demasiado entre ellos.

Dirá que estoy loco. Mejor dígaselo al hoy ministro Harald Beyer, pues él hizo los estudios de correlación entre rendimiento escolar y nivel socioeconómico de los alumnos. Si no le cree ni a Beyer ni a mí, vea el test de PISA. La diferencia en Chile entre colegios particulares y públicos es de 50 puntos (lo cual es mucho en esa escala). Sin embargo, cuando PISA ajusta por el nivel socioeconómico del promedio de los alumnos de la escuela, la diferencia se reduce a 20 puntos. Y si además ajusta por el nivel socioeconómico de los compañeros de aula del alumno, la diferencia disminuye a 2 puntos.

Los padres al pagar $300 mil o un copago en escuelas subvencionadas de $10 ó $60 mil mensuales, no están “comprando una mejor calidad académica”, sino mejores compañeros, desde el punto de vista del capital cultural y las redes sociales de sus familias.

Es comprensible que un padre, si tiene dinero, quiera hacer esto, pues le va a mejorar los resultados y las redes sociales a su hijo. Hace muchos años, cuando yo no tenía idea de política educativa, hice lo mismo y egoístamente lo volvería a hacer. Pero dejemos en claro que el apoderado no está comprando “una mejor escuela”. Calefacción y piscina temperada, eso sí. Calidad académica y mejores profesores, lamento informar que las estadísticas dicen lo contrario.

El mito de que las escuelas particulares son “mejores” que las públicas es una mentira deliberada. Para ser más precisos, ajustado por nivel socioeconómico, son 2 puntos en el test de PISA y 5 puntos de SIMCE, es decir, la nada, y eso sin tomar en cuenta las prácticas informales o formales de selección de alumnos de muchas particulares. Tampoco hay evidencia de que las escuelas con copago de los padres, con más recursos por alumno, tengan mejores resultados que las sin copago.

Otra cosa muy diferente a las decisiones individuales y comprensibles de los apoderados son las políticas públicas. ¿Conviene que los escolares se segreguen de acuerdo a nivel socioeconómico? No, respuesta definitiva. No hay países desarrollados con elevada segregación social en la escuela que a la vez tengan buenos resultados en el test de PISA o elevado ingreso per capita. Segregación escolar, inequidad de ingresos y desarrollo socioeconómico van de la mano. Aparte de estos datos duros, las consecuencias sociales son aún peores.

En universidades “cota mil” los pobres no entran ni por casualidad. Aun en las universidades de Chile o Católica, algo más meritocráticas, el fenómeno es evidente. Los escasos hijos de la clase baja que lograron ingresar se juntan entre ellos, los de clase media entre ellos, y los del barrio alto se vienen juntos en 4×4 desde Las Condes. La segregación viene impresa en su ADN escolar. Al llegar a una empresa, el fenómeno persiste. El 50% de los gerentes generales de las empresas más grandes de Chile proviene de cinco colegios privados católicos del barrio alto. ¿Podemos tener un futuro armónico como país desarrollado, respetuoso de la diversidad, tolerante con los extranjeros, sin odios de clase, sin gente reclamando en las calles, en este contexto? No, y por eso estoy con el alma adolorida.

¿Cómo llegamos hasta aquí y para dónde vamos? Chile ha sido muy segregado en lo social, racial y geográfico, por 500 años. La pregunta clave es si acaso el sistema educativo está haciendo algo por mejorar o empeorar las cosas. Claramente las empeora, y los estudios lo demuestran. La segregación escolar es peor que la de barrios.

La mayoría de los caros colegios particulares no da becas para “roteques”. Si son “buena onda” ayudan a una escuela pobre, pero separadita. La guinda de la torta lo puso la Concertación inventando el “financiamiento compartido”: el derecho de colegios particulares subvencionados, con o sin fines de lucro, de cobrar un copago de hasta 60 mil pesos (aunque el promedio anda por los $15 mil). La política pública perfecta… para profundizar la segregación. De libro de texto.

A los padres les conviene (a mí también) poner a sus hijos en escuelas con compañeros de clase social más elevada, por el “efecto par” y por las redes sociales que están comprando. Así, esto quedó como torta de mil hojas. Los hijos de los que pueden pagar $400 mil mensuales estudian con hijos de los que pueden pagar $400 mil, los de $60 mil con los de $60 mil, los de $10 mil con los de $10 mil, los de $0… con los de $0. Estos últimos son aproximadamente el 80% de los alumnos.

Por cierto, no tengo nada contra la educación particular subvencionada. La diversidad es buena, aunque es inaceptable que no haya una oferta de educación pública de buena calidad en todos los barrios. Sin embargo, cabe mencionar que en los únicos dos países exitosos con este tipo de sistema aplicado masivamente, como Holanda y Bélgica, todas son por ley escuelas sin fines de lucro que no pueden exigir copago, este es voluntario. La nómina de los profesores la paga centralmente el estado. Pequeños detalles.

Me trastorné al borde de la depresión cuando el Presidente Piñera anunció su “subsidio para la clase media”, que una vez  estudiada la letra chica, suena inocente. Serán hasta $100.000 anuales de descuento del impuesto a la renta por gastos privados en educación, para contribuyentes que declaren un ingreso tributario mensual de hasta $1.5 millones. Si el padre y la madre trabajan, podrán ser dos descuentos para dos hijos. Esta medida beneficiará en realidad a unas 500 mil personas y no el millón y medio anunciado, entre otras cosas porque muchos de estos pagan menos de $5 mil mensuales de impuesto, y además no todos tienen hijos en edad escolar, pero no me voy a pelear por esta cifra. Lo notable son los cerca de 7 millones de contribuyentes que NO serán beneficiados porque no les alcanza para pagar impuesto a la renta.

Bueno, dirán algunos. ¿Y qué más da? Diez mil pesitos mensuales para gente de clase media. En realidad, si definiéramos como “clase media” a la gente que está “en la mitad” de los ingresos per cápita, a ninguno le chorrearía. Digamos entonces, semánticamente, que en la pésima distribución de ingresos de Chile los beneficiados serán “de clase media alta”, por muy apretados que estén en sus bolsillos, lo cual es cierto.

¿Y qué importa? Total, la Concertación hizo la misma martingala con créditos hipotecarios para la “clase media alta”, comprando así votos demagógicamente. Lo lamento pero sí importa, y mucho. El actual gobierno -que ha hecho otras cosas buenas por la educación- está también “comprando” votos por un mendrugo y de pasada está profundizando el mecanismo de financiamiento compartido, esta feroz herramienta de segregación social, y por supuesto está perjudicando la ya alicaída educación pública. Además, está favoreciendo a escuelas particulares subvencionadas con fines de lucro, muchas de las cuales se verán tentadas de subir la matrícula en unos $5 ó $10 mil  que al fin y al cabo ni le van a doler a los padres, pues van a permitir una mejor selección social y aspiracional. Mil alumnos a 10  lucas mensuales, son $100 millones anuales más de utilidades para pagar la gasolina del 4×4 del sostenedor.

Si quisiéramos ir en la dirección correcta, lo único que cabe es aumentar la subvención general para todas las escuelas, y eliminar progresivamente el financiamiento compartido. Asimismo, habría que quitarle la autorización a toda escuela particular pagada o jardín infantil que no le dé becas al menos a un 25% de alumnos de bajos ingresos, para evitar el “efecto Machuca”. Es eso o apartheid para siempre. No me gusta vivir en un país así, ni se lo deseo a mis nietos.

Artículo original en El Post

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