Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Reforma tributaria: la nueva forma de ser miope


Por ALBERTO MAYOL (El Dínamo)

La miopía es la regla que rige la conducta de la clase política chilena desde que se gatillaron los conflictos sociales. Creen que los problemas de nuestro modelo de sociedad son acotados, que los cambios demandados (y producidos por la ciudadanía) avanzan lentamente. Creen que el malestar con el estilo de vida imperante es relativo, que nace de nuevas expectativas primermundistas, de la demanda propia de una generación más desarrollada, acostumbrada a vivir, si no en la opulencia, al menos en la satisfacción. Eso es miopía.

Los problemas en Chile no son acotados: lo que vale para educación vale para salud, para las pensiones, para todas las relaciones entre mercados privatizados y prestaciones sociales. Los cambios demandados y producidos no avanzan lentamente, sino a gran velocidad: se han exigido (y producido) cambios en educación, en transparencia del sector financiero, en la institucionalidad política (binominal, reglas de creación de partidos, inscripción automática), se ha tematizado la discriminación, la construcción de centros comerciales y el sistema tributario. El proceso va rápido, tanto que vamos todos atrasados, mirando las espaldas de una veloz historia que nos deja sorprendidos y nos empuja a seguirla o pasar del atraso al rezago total.El malestar social en Chile está demoliendo el modelo económico, en sus pilares mismos.

El proceso se detecta con sólo mirar el diario y las calles, pero también lo indican los datos. La legitimidad del modelo se desploma, las coaliciones transicionales quedan vacías y las calles se llenan. Y en este escenario el gobierno anuncia una reforma tributaria que no es realmente reforma, sino ajuste sencillo. No sólo el monto es el problema, sino la miopía. No se toca el FUT, mecanismo que permite mantener recursos sin pago de impuestos por períodos largos bajo la pretensión que esos recursos no se convierten ni en capital ni en dinero de consumo. Semejante invento, que haría palidecer de sorpresa desde Adam Smith a Karl Marx, permite que en Chile no se haya tributado por rentas de 200 mil millones de dólares. Ni una palabra sobre elusión, que es la estructura misma del sistema: en Chile se premia (objetivamente se premia) al que busca eludir su pago de impuestos. Si a usted lo descubren eludiendo una obligación entra en falta, pero en Chile eludir impuestos es un deporte rentable y aprobado por el Impuestos Internos.

¿Y qué es lo que hay? Una reforma centrada en recaudar una cifra exigua y exclusiva para educación. Los mismos estudiantes señalaron el año pasado que no deseaban que la educación fuese tema excluyente. Y es que se requiere más responsabilidad. Pensar que sólo hace falta dinero para educación es miope. Y pensar que lo que se pretende recaudar (US$700 A US$1000 millones) es suficiente para abordar las necesidades de la educación chilena es también cortedad de vista. ¿Qué va a pasar pasado mañana cuando la salud demande cambios? ¿Qué se va a hacer cuando aparezca la crisis ya conocida de las pensiones?

La reforma tiene el solo mérito de no dejar contento a nadie. La derecha sacrifica su principio de subsidiariedad, otorgando beneficios a los más ricos (descontar en el pago de impuestos la educación), a la izquierda no se le entrega ningún cambio estructural, a los estudiantes se les informa que el gobierno beneficiará la educación privada mediante ayudas a los costos de ella. Ninguno debe estar contento. Lo único que cumple el gobierno es decir la frase: “tenemos una propuesta de reforma tributaria”. Y claro, habrá gente contenta: los taxistas reciben la segunda ley en su favor, primero con la nueva normativa de tránsito sobre consumo de alcohol y ahora con el precio del combustible, los cerveceros y viñas tendrán beneficios por el castigo del precio de las bebidas alcohólicas de mayores grados alcohólicos.

La reforma tributaria no tiene un norte. El Mercurio se demora siete páginas en explicarla, porque no tiene un centro. Y siete páginas de confusión desenfrenada: nadie está contento, la cifra recaudada es pequeña, el desgaste político es amplio. Y para colmo, hablando en el idioma de los políticos, la miopía llegó tan lejos que además el anuncio llega en un momento estúpido: la misma semana se había anunciado una reforma en educación que tenía coherencia interna y tenía visos de jugada política inteligente. Las encuestas del gobierno (impúdicamente publicadas por El Mercurio como estudios públicos) avalaban esa política, relativa al Crédito con Aval del Estado. Y resulta que la misma semana el gobierno se encarga de traer la confusión y la oscuridad. La miopía llegó también a la táctica política.

En el país de los ciegos los miopes andan bien. Pero el 2011 la ciudadanía recuperó parte importante de la vista. Va a ser difícil que los miopes sigan gobernando.

Una reforma que favorece impositivamente a las clases medias altas, al descontar sus gastos en educación de impuestos. Ese subsidio no es para las personas, en rigor, sino que fomenta la educación privada, que se hace más sostenible para las personas y con plata del Estado se paga el colegio o la universidad. Así de simple. El billete no quedó en la casa, sino en el establecimiento

Artículo original en El Dínamo

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