Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Genealogía del laboratorio


Por BRUNO LATOUR (Revista Ñ)

Espacios de reproducción de la realidad, fábricas de papers, los laboratorios, como dice el autor de esta nota, descienden directamente de los talleres artesanales donde la materia y el mundo se transforman mutuamente.

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El laboratorio amalgama muchas tradiciones diferentes. Desciende, en primer lugar, del taller del artesano. En ese taller, desde fines del Neolítico, se transforman los materiales –la arcilla, los metales, el vidrio, la madera, los textiles, el cuero, los alcoholes– en manos cada vez más expertas de artesanos cada vez más especializados. Sometido al fuego, a la presión, al amasado, al estiramiento, a la fermentación, cada ser del mundo pierde su apariencia para adquirir una por completo diferente. La lista de cualidades que definían la arena o la arcilla se ha transformado por completo: la arena calentada se convierte en vidrio transparente; la arcilla se vuelve alfarería; el jugo de uva pasa a ser una bebida fuerte. Mucho antes de que hubiera laboratorios, estaban esos lugares un poco misteriosos, de secretos a veces celosamente guardados, en los que se metamorfoseaban los materiales del mundo. A través del taller y en el taller, el mundo va cambiando de cualidades.

En medicina, en biología, en física, en arquitectura, en óptica o en armamento, el artesano precede siempre al ingeniero, a quien el científico trata de alcanzar desde lejos. La situación recién consigue invertirse ya bien avanzado el siglo XIX, y solo en el caso de algunos oficios. Todavía hoy, si uno entra en un laboratorio, se asombrará al ver investigadores definidos ante todo por la habilidad de sus gestos, el cuidado que dedican a sus instrumentos, la dureza y extensión de su aprendizaje. No hay duda de que las mesas atestadas de un laboratorio contemporáneo conservan algo del taller del artesano, por no decir del horno del cocinero.

Pero el laboratorio desciende también del estudio o, más precisamente, de esos lugares tan atrincherados como el taller del artesano en donde se inventaron durante milenios las que hacemos bien en llamar “tecnologías intelectuales”. Hay otro tipo de pruebas, no menos materiales, que son capaces de metamorfosear actividades “concretas” en actividades “abstractas” y de transformar poco a poco cerebros ordinarios en ¡cerebros de sabios! ¿Cómo definir ahora al laboratorio? Creo que no lo simplificaría demasiado diciendo que es un “cadáver exquisito”, el encuentro improbable de un taller y de una técnica intelectual. Se pasa de la experiencia a la experimentación y del artesano al alquimista, luego al químico, notando que la prueba a la que han sido sometidas las materias desemboca ahora en un paper , una inscripción.

Ha nacido el instrumento, ese pequeño milagro por el cual los seres del mundo se vuelven capaces de metamorfosis. Es probable que esto tenga al menos dos orígenes. Podríamos decir: uno, del lado de Galileo, en Italia, que no tiene necesidad de laboratorio (cuando hace una experiencia delante de su mecenas, sólo tiene que quitar el mantel de la mesa del banquete principesco), y el otro, del lado de Robert Boyle, en Inglaterra. Galileo inventa dos de los ingredientes esenciales: el primero refiere a que uno no puede producir pruebas sin “rarificar” inmensamente los fenómenos que se abordan (de todos los tipos de movimiento, considera sólo uno, la caída de los cuerpos pesados, y deja de lado la fricción); el otro, también fundamental, consiste en lograr que el objeto de experiencia sea compatible con un formato venido primero de la geometría y luego del álgebra. Es el famoso tema del “libro de la naturaleza escrito en lenguaje matemático”. Boyle, por su parte, acepta no sólo simplificar los fenómenos sino producir otros nuevos artificialmente gracias a instrumentos costosos (por ejemplo, la bomba de vacío) financiados por instituciones a las que hay que dotar y cuyos resultados son visibles a los ojos de una comunidad de testigos fiables (que habrá que crear desde cero). Dicha comunidad será mantenida al corriente por intermedio de un estilo particular –el relato de experiencia–, que deberá cuidarse de las interpretaciones demasiado vastas y de los usos rápidamente utilitarios. Las dos corrientes solo habrán de fusionarse en el siglo XIX con la invención de instrumentos con cuadrante, pantallas o interfaces legibles, que darán testimonio de los fenómenos en forma “directa” a través de símbolos matematizables como contadores, sensores, anotadores de todas formas y modelos.

Aún hace falta hacer comparecer a los fenómenos en el seno de una asamblea interesada en su testimonio (he elegido deliberadamente términos procedentes de los tribunales). Porque, en la larga genealogía del laboratorio, debe introducirse una tercera filiación: la de la Academia, en el sentido de una comunidad habituada a la controversia filosófica –es decir, a la argumentación–, que el patrocinio de los príncipes ha mantenido protegida de las exigencias demasiado apremiantes, demasiado rigurosas y demasiado arbitrarias de otras comunidades: comerciales, religiosas o políticas.

Si a los científicos (término aparecido en el siglo XIX) se los llamó durante largo tiempo “filósofos” o “filósofos naturales”, es porque eran herederos de una tradición argumentativa con dos milenios de antigüedad que desde mucho tiempo antes había sabido mezclar los recursos de la retórica con todas las exigencias de la demostración.

Lo que permite pasar de una elocuencia débil a una elocuencia fuerte es la institución del laboratorio, siempre olvidada cuando se habla de argumentación. Los profesionales de bata blanca, por otra parte, poseen un léxico inmenso para distinguir con cuidado la buena de la mala experiencia, el bueno del mal colega, y saben reconocer en una proposición la que es “cálida”, “fría”, “fecunda”, “simple e ingeniosa”, “maligna”, “rentable” y hasta –encuentro maravillosa esta expresión– “la que ni siquiera es falsa”. A este léxico corriente y banal debemos volvernos, para comprender los hábitos profesionales que las expresiones “método” o “espíritu científico” no nos permiten calificar con precisión. Existe allí una jerga profesional que hay que aprender a respetar, pero del mismo modo en que uno debe respetar el lenguaje propio de los juristas, los expertos en informática o los plomeros. Esos dialectos del método científico sólo tienen sentido para los hombres de bata blanca y únicamente mientras permanecen en contacto con el laboratorio. No es una lengua universal que se extendería por todas partes, a todos y a todo, sin esfuerzo y sin costo alguno.

Artículo original en Revista Ñ >> Clarín.com

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