Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Morenitos que disparan a otros morenitos


Por JOHN CARLIN (El País)

Veinte años después de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil en El Salvador en la que murieron 75.000 personas, el país sigue emponzoñado por una violencia en la que no hay reglas de juego.

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La mañana del 16 de noviembre de 1983 caminaba con otros cinco periodistas por un sendero montañoso en la provincia de Chalatenango, en El Salvador. Al final del camino, tras pasar de lado una sucesión de tumbas frescas, vimos una casa de piedra con el tejado de madera destruido; al lado, una fosa recién excavada. Cubriéndome la nariz, porque el olor era terrible, me acerqué a lo que había sido la puerta de la casa. Salieron volando, espantados, 30 buitres. (Los conté después, sentados en un árbol observándonos, impacientes para que nos fuéramos.) Dentro de la casa había una alfombra blanquiza, roja y negra de restos humanos. En total, 20 calaveras.

Aquilino, un superviviente de 10 años, me contó lo que había pasado. “Los soldados nos metieron a los niños con nuestras mamás en la casa y abrieron fuego. Mi mamá cayó encima mío y su cuerpo me protegió de las balas. Me hice el muerto hasta que los soldados se fueron”. Unos campesinos nos dijeron que la matanza se había extendido por los alrededores de la casa. Nos dieron los nombres de 119 muertos. Las tropas responsables pertenecían al Batallón Atlacatl, unidad élite del ejército salvadoreño creada, entrenada y dirigida por militares de Estados Unidos con el fin de frenar el expansionismo “comunista” en el istmo centroamericano.

Este episodio fue mi bautismo de fuego en El Salvador. Volví muchas veces durante los siguientes cinco años a cubrir la guerra civil, una de las muchas entre ejércitos de derecha y guerrillas de izquierda en aquellos tiempos (pre caída del Muro de Berlín), y viví durante un tiempo en la capital, San Salvador. Hace unas semanas regresé por primera vez en casi un cuarto de siglo. Se acababa de celebrar el 20º aniversario de los acuerdos de paz que pusieron fin a aquella guerra, en la que murieron 75.000 personas, 30.000 de ellos a manos de escuadrones de la muerte vinculados a las fuerzas armadas. El presidente Mauricio Funes conmemoró el aniversario en el Mozote, otro lugar montañoso donde el Batallón Atlacatl llevó a cabo una masacre, en este caso de 936 personas —450 de ellos niños de menos de 12 años— en diciembre de 1981.

Revivir aquellos tiempos me recuerda por qué siempre cargo en algún lugar de mi ser una cuota de rencor hacia Estados Unidos; ver cómo está El Salvador hoy me consolida el sentimiento.

El Salvador sigue en guerra. No una guerra política (hoy en día las elecciones se celebran en paz), sino una guerra criminal protagonizada por las pandillas, o maras. No hay reglas de juego y el clima de miedo que vive la población es el mismo, o peor, que en los tiempos de guerra declarada. El Salvador es uno de los tres países con el peor índice de homicidios per cápita del mundo. (Los otros dos son los vecinos Guatemala y Honduras). La creciente penetración en Centroamérica de los carteles de narcotráfico mexicanos alimenta la delincuencia cada día más. La corrupción carcome las instituciones estatales y la violencia cobra tantas víctimas como cuando el régimen y la guerrilla se enfrentaban en los años ochenta. Si antes el temor de algunos era que el país se convirtiera en Cuba, hoy el miedo de todos es que se convierta en Somalia, punto de anarquía al que ya casi han llegado Guatemala y Honduras. Pero Estados Unidos, que tiene su cuota de responsabilidad en la traumática cultura de violencia que El Salvador ha heredado, y debería de vislumbrar algún interés propio a mediano o largo plazo en el destino de un país de su famoso “patio trasero”, mira a otro lado y no hace nada.

No. No vamos a atribuir todos los males de Latinoamérica al “imperialismo yanqui”, que es como atribuir todos los males de África al colonialismo europeo. Pensar así muestra una falta de respeto hacia las gentes de estos continentes, como si fueran irremediablemente infantiles, incapaces de salir adelante sin agarrarse a las manos de los papás del norte. Pero parte de responsabilidad por algunos de los males sí tiene Estados Unidos, como la tiene en tantos otros en los que ha intervenido con egoísmo cortoplacista e irresponsabilidad criminal. Cuando surge lo que Washington percibe como una emergencia, irrumpe como un elefante en una cacharrería —a lo grande, a lo bestia y con limitado criterio moral—; cuando la emergencia pasa y sus aparentes necesidades (entre ellas las electorales en los mismos Estados Unidos) han sido cubiertas, desaparece del escenario, dejando que los nativos se encarguen de los platos rotos. Como estamos viendo en Irak hoy; como pronto será el caso en Afganistán.

Durante la guerra civil salvadoreña de los años ochenta el gobierno de Estados Unidos invirtió 5.000 millones de dólares en el Salvador, 4.000 millones de ellos (sin incluir lo que gastaba la CIA) destinados directa o indirectamente al conflicto militar. El resultado fue que entre 1980 y 1992 el tamaño de las fuerzas armadas salvadoreñas se cuadriplicó —de 15.000 a 60.000 efectivos— para enfrentarse a una guerrilla de 6.000. Washington pagaba los salarios de la tropa y los oficiales y, a cambio, 55 asesores militares estadounidenses con base en El Salvador, frustrados veteranos de la fallida guerra de Vietnam, les decían lo que tenían que hacer. Acabada la guerra, enterrada la supuesta amenaza comunista, los estadounidenses se fueron.

Hoy, El Salvador cuenta con una fuerza policial de 18.000 efectivos, de los cuales 10.000 operan en las calles. La desproporción entre la magnitud del problema y la capacidad de respuesta estatal es trágica. La desproporción entre lo que Estados Unidos gastó en ayuda militar durante la guerra civil y lo que ha aportado en ayuda policial desde entonces (aproximadamente 50 veces menos) también lo es. Washington podría ayudar hoy a crear un necesario ejército de la paz, como antes creó un ejército de destrucción, pero no lo va a hacer. Ni se le va a ocurrir.

Hablé hace unos días con un amigo diplomático que me contó una conversación que tuvo a principios de año con un alto mando de la CIA, encargado de América Latina. Mi amigo le dijo: “¿Se dan cuenta que con gastar en El Salvador en un año lo que han gastado en Irak en un día podrían solucionar buena parte de los problemas del país?”. (Estados Unidos gastó 400 millones de dólares al día en la guerra de Irak). El de la CIA respondió que le entendía, y que no estaba en desacuerdo, pero, le dijo a mi amigo: “Tú sabes igual que yo que no hay la más remota posibilidad de que eso ocurra”.

Podemos estar tan seguro de ello hoy como podíamos estar seguros cuando yo trabajaba en El Salvador de que el gobierno de Ronald Reagan no tenía como remota prioridad evitar el sufrimiento de los salvadoreños. Durante mi visita el mes pasado hablé con un viejo contacto político mío, un hombre brillante y sagaz que gozaba del respeto —y los oídos— tanto de la guerrilla como del ejército. Me contó que en una conversación reciente con un general retirado le había preguntado por qué habían matado a tantos niños a sangre fría, por qué tantas masacres. “Porque hacíamos lo que nos pedían los gringos”, le contestó el ex general.

Me lo creo porque confío en mi viejo contacto (ni de lejos un “comunista”); me lo creo porque un ex comandante guerrillero me contó que otro general le había confiado exactamente lo mismo durante las negociaciones de paz; me lo creo porque cuando yo trabajaba en El Salvador el jefe de los asesores militares estadounidenses, un coronel, se reunía con nosotros los periodistas una vez a la semana, en sesiones generalmente off the record. La idea, como en todos los contactos que teníamos con personal de la embajada de Estados Unidos, era convencernos de una colosal mentira: que la prioridad de Washington era traer la democracia y la paz a El Salvador.

Una vez un periodista le preguntó al coronel qué opinaba de la práctica del ejército salvadoreños de lanzar a la muerte desde sus helicópteros a guerrilleros tomados presos. El ex combatiente de Vietnam se quedó un tanto perplejo ante la pregunta; a tal punto de que se olvidó de su guión. “Bueno”, contestó, “solo se trata de morenitos (little brown men) disparando a otros morenitos”.

Que los salvadoreños se sigan disparando y matando hoy no interesa a los políticos estadounidenses, ni a los medios, ni al grueso de la población. El presidente Reagan, corresponsable de aquella masacre de niños morenitos de la que fue testigo en 1983, es un héroe nacional celebrado por ambos grandes partidos y la noción de que algo de culpa tengan los Estados Unidos por lo que está pasando hoy en El Salvador, de que alguna cuota de responsabilidad podrían asumir, de que incluso les podría ser útil evitar que Centroamérica se transformara en Somalia, les es absolutamente ajena.

Artículo original en EL PAÍS

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