Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

TED predica en verde, con sus inevitables contradicciones


Por BÁRBARA CELIS (El País)

El encuentro en California ideado por una organización sin ánimo de lucro brinda un espacio de consumo responsable a los participantes, previo pago de 5.600 euros por la entrada.

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Si el mundo del futuro es como una conferencia TED, las bebidas energéticas no tendrán azúcar ni colorantes, los snacks para tomar entre horas estarán hechos de frutos secos orgánicos, las ensaladas se cultivarán en un huerto cercano y tendrán auténtico sabor a lechuga, la carne será de vacas que pastan felices en un prado y el agua será de grifo y se rellenará en botella de cristal. Bienvenidos al espacio de consumo responsable con el que TED agasaja a sus participantes.

Durante los cuatro días que dura la célebre TED Conference, que se celebra hasta este viernes en Long Beach (California), los 1.350 participantes y los más de 70 conferenciantes que ocupan el Performing Arts Center de esta ciudad desayunan, comen y cenan en un espacio que además de ofrecerles exquisitos y sanísimos menús a lo largo del día, tiene distribuidos por todo el edificio chiringuitos de autoabastecimiento, donde se puede picotear a voluntad sin sentirse culpable por meterse porquería en el cuerpo. Todo lo que se ofrece es verde. Hasta el café, un producto que en Estados Unidos peca a menudo de mala calidad y que aquí además de bueno es de una marca de comercio justo.

Pero tratándose de un encuentro ideado por una organización sin ánimo de lucro y cuyo objetivo primordial es la propagación de ideas que merecen darse a conocer, según reza su logo, el mensaje resulta bastante coherente. O casi.

Sería bonito que el futuro fuera como la vida aquí: durante la conferencia la empresa Genentech ofrece análisis de ADN con resultados en 24 horas que además de darte algunos detalles sobre tu salud, transforma en música tu secuencia genética con la ayuda de la empresa de diseño Ideo. Claro que en el mundo real ese análisis costaría como mínimo 300 dólares pero aquí, por supuesto, todo es gratis, previo pago de los 7.500 dólares (unos 5.600 euros) que cuesta asistir. “Pero con ese dinero financiamos todo el engranaje de TED, desde las becas (TED Fellows) a las TED Talks que se cuelgan online, el premio TED y damos apoyo a las TEDx que se organizan en el resto del mundo”, afirma Bruno Giussani, periodista, actual responsable de la pata europea de TED y exdirector de estrategia digital del Foro de Davos.

Y lo cierto es que muchos de los que acuden como público a estas conferencias no tienen demasiados problemas de dinero. Muchos acceden por invitación oficial aunque eso no significa que no tengan que pagar. “Y muchos además pagan doble voluntariamente para apoyarnos”, explica Giussani, quien sostiene que su éxito se basa, entre otras cosas, en haber encontrado “un formato lo suficientemente largo para expresar ideas complejas -18 minutos- pero lo suficientemente corto para no llegar a aburrir”.

Pasearse entre los asistentes a TED puede cortar la respiración. Toda la intelligentsia de Silicon Valley y alrededores está en Long Beach estos días. Desde Reid Hoffman, dueño de Linkedin y ferviente creyente del mundo de las redes sociales (ha invertido en casi todas), hasta visionarios como Nicholas Negroponte (creador del Media Lab del MIT), un vicepresidente reconvertido en oscarizado eco-héroe cuyo nombre no podemos escribir sin su expreso permiso o techies conocidos solo entre conversos pero tremendamente influyentes como Gary Kovacs, presidente de Mozilla, o Nick Hanauer, uno de los primeros inversores que tuvo Amazon y con cuyo apoyo económico sueñan muchos jóvenes emprendedores que acuden a TED a buscar precisamente un ángel que invierta en sus proyectos.

También es fácil cruzarse con los responsables de los principales estudios de cine de la vecina Los Ángeles y con directores adictos a las hamburguesas como Morgan Spurlock (dirigió el documental Super Size Me) o actrices inesperadas como Cameron Diaz. Las conversaciones en las pausas o en las múltiples fiestas nocturnas (a esta comunidad le gusta divertirse) son intelectualmente intensas, alentadas entre otras cosas por las ideas que se escuchan cada día sobre el escenario y que provocan fuertes debates. Pero quien escribe estas líneas también ha discutido sobre la infelicidad de los ricos con esos mismos ricos mientras sorbía unas caipiriñas pagadas con placer por ellos mismos. Una contradicción más.

En el patio que rodea el epicentro de estos encuentros también se imagina un futuro limpio a través de una casa prefabricada que cuesta 170.000 dólares (más de 127.000 euros), que puede montarse en un día y que está hecha con materiales reciclados, naturales y pensados para maximizar la energía. Hay un prado de falso césped para hacer yoga y un garaje que emula los orígenes de empresas como Google o Microsoft en el que es posible diseñarse una camiseta con androide propio o ver el resultado de un concurso de anuncios ecológicos en el que participaron empresas no precisamente muy verdes como la aseguradora Prudential o L’Oreal. Pero también participaron otras como la ONG Rethink, autora de una campaña de concienciación sobre la necesidad de prevenir el cáncer de mama y que se ha convertido en una de las iniciativas más aplaudidas del encuentro.

Eso sí, el verdadero futuro, según sostienen los acólitos de este culto llamado TED, es del que se habla cada día sobre el escenario y que, por cierto, también suele cambiar el futuro de quienes lo vaticinan. Dar una charla en TED equivale a una especie de doctorado simbólico para todo intelectual que se precie de la era 2.0.

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¿CRISIS INEVITABLE O SALVACIÓN TECNOLÓGICA?

El debate en TED 2012 es constante. Durante la sesión de apertura con la que se inauguraron las conferencias el martes y que se tituló El observatorio (una visión global sobre la Tierra), hubo dos visiones del futuro del planeta radicalmente opuestas y sobre las que el público asistente no ha parado de discutir desde entonces: la del activista Paul Gilding, autor del libro The Great Disruption (La gran interrupción), y la del filántropo Peter Diamandis, responsable de la Fundación X Prize, que premia adelantos tecnológicos que mejoran la vida de los seres humanos.

Gilding, que dejó el colegio para embarcarse en el activismo con 17 años y llegó a ser responsable de Greenpeace Internacional antes de convertirse en consultor y asesorar de grandes empresas en sus giros al verde, abandonó todo en 2008 para sentarse a escribir el mencionado libro, recién editado en Estados Unidos y en cuyo mensaje basó su conferencia: “El sistema ya ha colapsado, no hay vuelta atrás. La Tierra está llena de nosotros, de nuestras cosas, de nuestra basura, de nuestras demandas. No es filosofía, es ciencia. Llevamos alertando casi 50 años sobre el cambio climático y sus consecuencias y, sin embargo, el año pasado se emitieron más gases de efecto invernadero que nunca en la historia”.

Y frente a un auditorio lleno de techies y nerds se atrevió a pronunciar las palabras prohibidas: “La tecnología ya no puede salvarnos. Hay que ser realistas, la crisis ya ha empezado y el hombre solo reaccionará cuando sienta miedo. Pero si lo hace ya y cambia radicalmente su manera de vivir, aún hay esperanza”.

Frente a este mensaje amenazador y pesimista, Diamandis opuso el suyo: la tecnología, la innovación y la interconectividad planetaria creada alrededor de Internet, las plataformas móviles y las redes sociales van a salvar al hombre de esa crisis que Gilding vaticina como inevitable y hacia la que Diamandis mira con sobrado optimismo.

Artículo original en EL PAÍS

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