Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La ‘rendición’ de Kissinger


Por GEORGINA HIGUERAS (El País)

Sorprende la admiración por el Imperio del Centro que destilan todas y cada una de las páginas del último libro de Henry Kissinger. El halcón estadounidense, de 88 años y símbolo de la realpolitik, deja en China su testamento político al calificar de “básica para la estabilidad y la paz del mundo” la colaboración entre Estados Unidos y China.

“Una guerra fría entre los dos países detendría el progreso durante una generación a uno y otro lado del Pacífico”, afirma al abogar por una “comunidad del Pacífico” que prime la “coevolución” de las dos superpotencias del XXI y el “diálogo” para eliminar las tensiones subyacentes. Consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado con Richard Nixon y Gerald Ford, Kissinger -un anticomunista visceral- fue también ideólogo y uno de los máximos responsables del juego sucio y la guerra secreta de la CIA, que provocaron, entre otras lamentables consecuencias, la implantación de dictaduras de extrema derecha en Chile y Argentina. Pero es evidente que el experto manipulador pretende pasar a la historia como el hombre que condujo al histórico viaje de Richard Nixon a Pekín, en 1972, y el impulsor del establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Washington y Pekín. En los últimos 40 años, Kissinger ha viajado más de 50 veces a Pekín, ha mantenido un estrecho contacto con varias generaciones de dirigentes chinos, ha asesorado a todos los presidentes de EE UU y ha ido consolidando en las sucesivas Administraciones norteamericanas su tesis de que, más allá de objetivos como la promoción de la democracia y los derechos humanos, las relaciones con China deben estar regidas por el pragmatismo. La cooperación que defiende en este libro y en infinidad de artículos obedece también a que preside la consultora Kissinger Associates Inc., que trabaja con compañías que tienen intereses en China.

Ágil y con capítulos como ‘El camino hacia la reconciliación’, que tiene el dinamismo de una novela de espías, el texto aborda la extensa historia de China para pedir “comprensión” hacia su cultura y su forma de actuar frente a los valores universales de Occidente. Siempre dando por sentado que el futuro es cosa de Washington y Pekín, destaca: “La excepcionalidad estadounidense es propagandista. Mantiene que este país tiene la obligación de difundir sus valores por todo el mundo. La excepcionalidad china es cultural. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China”. Si Hugh Thomas considera a China “el imperio benigno” porque no está interesado en salir a conquistar, Kissinger destaca el empeño diplomático del Imperio del Centro. “Mientras la tradición occidental valoraba el choque de fuerzas decisivo que ponía de relieve las gestas heroicas, el ideal chino hacía hincapié en la sutileza, la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas”. Premio Nobel de la Paz 1973 por lograr un alto el fuego en la guerra de Vietnam que al final quedó en nada y dio pasó a miles y miles de muertos antes de la derrota final norteamericana, Kissinger parece seducido por los ideales chinos desde el mismo día en que puso un pie en Pekín en 1971. Aquel viaje secreto realizado en el avión presidencial paquistaní cambió el curso de la historia al facilitar la visita de Nixon y “la reincorporación de China al juego diplomático mundial”. Una Unión Soviética en “posición amenazadora” (en 1969 se produjeron varios incidentes fronterizos, el más peligroso de los cuales fue el del río Ussuri) y la necesidad de Nixon “de aliviar el malestar de una retirada inevitablemente imperfecta” de Vietnam, fueron los detonantes del viaje. Kissinger sitúa el origen en 1969, cuando el presidente de Estados Unidos presentó “la entonces sorprendente tesis de que (…) la URSS era la parte más peligrosa y que una guerra chino-soviética en la que China quedara aplastada iría contra los intereses estadounidenses”. “No he conocido a ningún personaje tan irresistible como Zhou Enlai”, dice del primer ministro y mano derecha de Mao Zedong, cuya figura sigue creando controversia en China por no haberse opuesto a los desmanes de la Revolución Cultural. Kissinger, héroe y villano al mismo tiempo, pasa con guante de seda por las responsabilidades históricas de los dirigentes comunistas, incluido el Mao ya anciano que conoció. Kissinger, bajo cuya tutela se cometieron abusos de derechos humanos que han propiciado intentos diversos de someterle a la justicia internacional, casi justifica la matanza de Tiananmen (1989). “Al igual que la mayoría de los estadounidenses, me sorprendió la forma en que había finalizado la protesta. Pero a diferencia de muchos, yo había tenido la oportunidad de observar el trabajo hercúleo que había llevado a cabo Deng durante quince años para obrar un cambio en el país”.

El libro revela que el entonces presidente George H. Bush trató de evitar las duras sanciones a China que imponía el Congreso y que la reacción china fuese la ruptura de las relaciones. Bush propuso que viajaran a Pekín dos enviados suyos para tratar la situación “con la máxima confidencialidad”. China aceptó y el 1 de julio se desplazaron Brent Scowcroft, asesor de Seguridad Nacional, y el subsecretario de Estado Lawrence Eagleburger. Volaron en un “C-141 militar camuflado; se guardó con tanto celo la información que al parecer las fuerzas de defensa aéreas chinas se pusieron en contacto con el presidente Yang Shangkun para preguntar si había que derribar el misterioso avión”. Con las luces y las sombras del autor, China es un libro apasionante, que recorre con precisión la singularidad de la historia china y los avatares del difícil acercamiento entre Washington y Pekín.

Artículo original en ELPAÍS.com

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