Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Gingrich, la última bala conservadora


Por ANTONIO CAÑO (El País)

El populista expresidente de la Cámara de Representantes, vencedor en la votación de Carolina del Sur, se convierte en la esperanza de los extremistas.

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Pertinaz en su megalómana obsesión por pasar a la historia, Newt Gingrich se ha convertido en un imprevisto animador de la campaña republicana por la presidencia de Estados Unidos y en la última esperanza de los ultraconservadores para llevar al poder a uno de los suyos. Su resurgimiento en estas primarias es la prueba final del cisma en el partido de la oposición y un anuncio de lo difícil que le va a resultar presentarle a la nación una propuesta creíble en las elecciones presidenciales del próximo noviembre.

Gingrich ganó anoche las primarias de Carolina del Sur y apunta ya con posibilidades a la próxima batalla, el 31 de enero en Florida. Sin éxito en Iowa ni en New Hampshire, Gingrich necesitó solo un par de golpes de efecto en los debates televisivos y unos pequeños traspiés de su principal rival, Mitt Romney, para ascender meteóricamente en las encuestas y pasar de ser otro de los muchos elementos extravagantes de esta campaña a un serio competidor.

Ha sido toda una sorpresa. Precisamente cuando el Partido Republicano comenzaba a unir fuerzas en torno a Romney y el establishment de la derecha empezaba a ensalzar las virtudes centristas del hombre a quien se considera el único con aspiraciones de batir a Barack Obama, resurge Gingrich con todo su maquillaje populista y con todo su potencial destructivo para el republicanismo.

Aunque inesperado, no es, sin embargo, un fenómeno casual. El ascenso de Gingrich responde a la misma razón que explicó antes los breves momentos de gloria de otros personajes ya caídos, desde Michele Bachmann hasta Rick Perry: la falta de confianza de la base republicana en Romney y la búsqueda constante de una alternativa más conservadora.

En el caso de los dos anteriores, ya retirados, o de Rick Santorum, que seguramente lo hará en breve, acabó imponiéndose la lógica de elegir al más conveniente. En el caso de Gingrich, no obstante, hay que contar también con el ingrediente personal que aporta este singular producto de la política norteamericana, un ser pasional y egocéntrico, con una vida azarosa que refleja un carácter volcánico y, en cierto grado, como gobernante, peligroso. Aunque presume, entre otras muchas cosas, de intelectual y brillante, una de las personas que mejor le conoce, Joe Scarborough, un viejo compañero de partido que fue miembro del Congreso y ahora presenta un programa en MSNBC, ha dicho que “si Gingrich es el tipo más listo de la habitación, mejor salirse de la habitación”.

Newt Gingrich llegó al Congreso en 1979 como un vendaval. En una época en la que la prudencia era todavía una virtud, enseguida destacó por su facilidad para hablar sobre cualquier cosa y prometer las estrellas. Apoyado en sus estudios como historiador -escribió una tesis sobre la Revolución Rusa y otra sobre la educación en el Congo-, siempre ha recurrido hábilmente al pasado para detectar el supuesto declive norteamericano cuando gobiernan los demócratas y las jornadas de gloria que traen los republicanos. Aunque no fue colaborador de Ronald Reagan, él siempre se atribuye la misma filosofía optimista y hoy dice representar su espíritu.

Esa capacidad de insuflar ánimos, aunque sea con argumentos banales, le ha permitido múltiples resurrecciones. Una de ellas fue, precisamente, la misma noche de la toma de posesión de Obama, cuando Gingrich de nuevo llevó la voz cantante, con alentadoras promesas de futuro, en una cena que destacados dirigentes republicanos celebraban en un restaurante de Washington con el propósito inicial de compartir sus penas.

Gingrich lleva años despertando sentimientos encontrados entre sus compañeros de partido. Se le reconoce su dedicación a la causa conservadora, pero se teme su talante autoritario y anárquico. Llevó a los republicanos a una gran victoria electoral que le permitió convertirse en presidente de la Cámara de Representantes en 1995, pero tuvo que renunciar cuatro años más tarde por la rebelión entre sus propias filas, encabezada por quien hoy ocupa ese cargo, John Boehner.

Gingrich no pertenece a ninguna familia del conservadurismo más que a la suya propia. Su historial personal lo hace antipático a los conservadores morales y la vaguedad de sus ideas económicas lo hace sospechoso a los demás. Apoyó en su día la cobertura sanitaria universal -la esencia de la reforma de Obama-, pero actualmente ha dado marcha atrás.

La rectificación es una constante en su trayectoria, y lo hace con tanta naturalidad que paga un precio escaso por ello. Fue capaz de denunciar las infidelidades de Bill Clinton mientras él mismo tenía una amante, Callista Bistek, a la que finalmente convirtió en su tercera esposa en el año 2000. Su anterior mujer, Marianne, ha contado ahora en una entrevista en televisión que, antes de separarse, Gingrich le propuso “una relación abierta”, con espacio para otras mujeres.

Un episodio así hubiera destruido a cualquier político convencional, pero Gingrich no es un político convencional. En el último debate electoral en televisión, cuando se le preguntó por el tema, consiguió revertirlo a su favor con un alegato demagógico sobre la superficialidad y sensacionalismo de los medios de comunicación. El año pasado, en una entrevista en un canal religioso, Gingrich reconoció que había hecho “algunas cosas no muy apropiadas” en su vida, pero las atribuyó “a la manera tan apasionada” con la que se dedica a los problemas de este país.

Ha conseguido incluso evitar que sus rivales y la prensa destaquen más el escándalo de haber cobrado 1,6 millones de dólares, supuestamente por “asesoramiento en materia de historia”, de la empresa Freddie Mac, que, junto con Fannie Mae, está en el origen de la burbuja inmobiliaria de 2008.

No es un personaje fiable para el establishment. Cuando subió por primera vez en las encuestas, antes de los caucus de Iowa, la recaudación de la campaña de Romney se multiplicó por 10 de la noche a la mañana. Pero en unas primarias no vota el establishment sino la base, y los militantes más conservadores están hoy seducidos por la retórica de este pequeño Napoleón. En Carolina del Sur, Romney ha gastado cinco veces más dinero que Gingrich. De hecho, este ha sido el candidato que menos ha invertido aquí. Sin embargo, ahí está, de nuevo flotando en la burbuja de su vanidad.

Artículo original en ELPAÍS.com

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