Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La democracia en peligro


Por JOSEP RAMONEDA (El País)

Una alternancia que solo sea un cambio de personas, sin diferencias sensibles en las políticas, no es tal. El discurso que afirma que no hay alternativa a las políticas aplicadas hoy es letal para la soberanía popular.

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La democracia tiene por origen la igualdad de condiciones”, decía el filósofo Claude Lefort (1924-2010). Es una manera de explicar que la democracia es un régimen político que se funda en una determinada forma de sociedad. La introducción del sufragio universal o una apariencia de separación de poderes no son suficientes para que se pueda hablar de democracia con propiedad. En estos tiempos de transiciones democráticas construidas sobre las cenizas de imperios totalitarios o de regímenes autocráticos, los ejemplos abundan: Rusia hoy no es una democracia por mucho que se convoquen elecciones y que exista un sistema de partidos políticos. No se dan las condiciones de igualdad y respeto que la democracia exige. Lo mismo puede decirse de países como Irak, donde las fracturas étnicas, la falta de cohesión social y la violencia consiguiente, no permitan hablar de democracia en sentido pleno.

Sin igualdad de condiciones, ¿qué sentido tiene la soberanía popular? La igualdad de condiciones se ha ido creando muy lentamente. En muchos países de Europa, las mujeres adquirieron el derecho a voto en el siglo pasado. Sin la mitad de la población la democracia y la soberanía eran un mito. Actualmente, los extranjeros tienen muy limitado el derecho de voto, son los ecos de una cultura que entendió que el Estado-nación era el lugar propio de la democracia y que persistió en convertir al otro en sospechoso.

Pero Claude Lefort nos recuerda también que la democracia es un régimen en el que el poder político no está incorporado a lo social, no se tiene, se ejerce. Por eso puede decirse que el poder es un espacio vacío. En un régimen aristocrático o monárquico el poder está inscrito en la naturaleza de la sociedad: el palacio nunca está vacío, a rey muerto, rey puesto. En democracia el palacio es un lugar de paso, en el que siempre se está con carácter provisional. El pueblo -heteróclito, múltiple y conflictivo (como dice Lefort)- es el soberano que decide sobre quién ocupa provisionalmente este lugar vacío que es el poder. La naturaleza plural del pueblo -diferencias sociales, diferencias culturales, diferencias de intereses- hace que la sociedad democrática asuma el conflicto como factor de vitalidad y de progreso. De ahí que la polarización derecha-izquierda haya sido extremadamente útil para el desarrollo y consolidación de la democracia. La confrontación parlamentaria opera como ritual de solución de conflictos y de sublimación de la violencia social. Algunos autores, como Ralph Dahrendorf, han llegado a poner en duda la continuidad de la democracia más allá de esta oposición simple. Porque, en el fondo, una democracia sin alternativa es un contrasentido, porque es una democracia sin vida. Y la alternativa desaparece cuando la alternancia se limita a un simple cambio de personas, sin diferencias sensibles en las políticas.

El discurso que afirma que no hay alternativa, que se desplegó en Occidente a partir de los ochenta, es letal para la democracia, además de ser una estupidez en sí mismo, como nos recuerda Hans Magnus Enzensberger: “Es una injuria a la razón”, “es la prohibición de pensar”, “no es un argumento, es un anuncio de capitulación”. Curiosamente esta capitulación de la política democrática ha llegado en el momento en que los regímenes democráticos más se han extendido por el mundo. La democracia ha entrado en franca pérdida de calidad en Europa, precisamente cuando es mayor que nunca el número de países que la están ensayando. Quizás la revitalización de la política democrática venga del universo poscolonial, donde parece que emergen las energías que faltan a una tierra tan gastada como Europa.

En el proceso de metabolización de la soberanía del pueblo en vida política democrática juegan un papel decisivo los medios de comunicación y las instituciones intermedias, que son las que crean opinión, crítica y discurso alternativo. Estas instituciones: partidos, sindicatos, asociaciones, organizaciones de la sociedad civil y demás grupos sociales presentan claros síntomas de agotamiento y reclaman una reforma a fondo con urgencia. Son instituciones nacidas con la cultura de la prensa escrita que chirrían en la sociedad de la información. ¿Cuál es el destino de la democracia en tiempos de Internet? Entre las potencialidades de la cultura de la colaboración que Internet ofrece y la amenaza distópica de la multitud colgada de una nube todopoderosa, hoy por hoy, hay más incógnitas que hipótesis plausibles. ¿Sabremos hacer de las redes un instrumento de creación de tejido social, de conexión cultural y de reconocimiento, sin mengua de la autonomía del individuo-ciudadano?

Mientras tanto, lo que impera en Europa es el empequeñecimiento de la democracia. He aquí algunas características del estado de nuestras democracias:

Negación de la alternativa: la hegemonía ideológica de la derecha y la debacle ideológica de la izquierda dejan al sistema sin contrapeso. La crisis ha llevado el principio “no hay alternativa” al paroxismo. Ya no es solo una cuestión de modelo de sociedad, sino incluso de políticas concretas. Las exigencias de los mercados y las órdenes de la señora Merkel, que ha hecho de Europa un protectorado alemán, han sido los argumentos para que los gobernantes rehuyeran la funesta manía de pensar.

Políticas del miedo: los Gobiernos, con el acompañamiento de un poderoso coro mediático, han desplegado el discurso de la culpa colectiva -hay que pagar la fiesta de nuestra irresponsabilidad- para extender la idea de un escenario sin ventanas al futuro y poner el miedo en el cuerpo de la ciudadanía. El miedo siempre ha sido el mejor instrumento para la servidumbre voluntaria.

Satanización del conflicto: desde determinados sectores ideológicos, especialmente de la derecha, se salió en tromba contra los indignados por haberse atrevido a señalar la desnudez de nuestra democracia y a preguntar por la posibilidad de una alternativa.

Cultura de casta: el complejo político-económico-mediático aparece cada vez más alejado de la ciudadanía, como una casta cerrada en la que el espectáculo de la sobreactuación de sus diferencias no alcanza a disipar la certeza de un juego de intereses compartidos y de complicidades manifiestas. Sensación agravada por una corrupción que en algunos países amenaza en ser sistémica; y por la crisis de las instituciones intermedias, que han dejado de bombear presión social hacia arriba. Desde esta casta se ejerce un control creciente de la palabra que hace que casi todo pueda decirse, pero que casi todo lo que se dice quede a beneficio de inventario.

Ruptura de las condiciones básicas de igualdad. El crecimiento exponencial de las desigualdades y el deslizamiento de una parte importante de la población hacia el precipicio de la marginación hace que no se dé la igualdad de condición propia de la sociedad democrática. La fractura entre integrados y marginados es una herida letal para el sistema democrático.

Poco antes de morir, Claude Lefort decía: “Se puede temer un poder que adormece a la sociedad, un poder que no consulta y que reforma sin que haya movilización de los interesados. Se puede temer una sociedad que se deja modelar por una autoridad, lo que antes era impensable”. Ya estamos en lo que Lefort temía, es el camino hacia el totalitarismo de la indiferencia.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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