Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La estatua se hizo carne


Por JOHN CARLIN (El País)

– “¿Qué haríamos sin el fútbol,por el amor de Dios?”. Bobby Charlton, leyenda del fútbol inglés.

Para el que no ha tenido la fortuna de ser futbolista profesional, y se ve obligado a ganarse el pan de manera más indigna, es difícil comprender la desolación que se debe sentir al abandonar el deporte, teniendo 30, 40, 50 años de vida por delante, sabiéndose condenado a la cadena perpetua de la nostalgia.

Algo así es lo que le pasó al jugador francés Thierry Henry cuando abandonó el Barcelona en 2010, donde lo ganó todo, y optó por prejubilarse en la Liga estadounidense. Del Barça a los Nueva York Red Bull; del cielo al purgatorio. Le recompensarían bien pero lo mejor -él lo tenía que haber sabido mejor que nadie- quedaba atrás. Por si tuviese alguna duda, el Arsenal, donde fue un ídolo durante ocho años antes de llegar a España, le hizo una estatua a finales del año pasado. Henry lloró cuando la vio. Representaba la gloria, y también la muerte.

O no. Algo mágico o (según el punto de vista) milagroso ocurrió la noche del lunes. La estatua se hizo carne. Henry, cedido un par de meses por los Red Bull, volvió a lucir la camiseta del Arsenal, saltó al campo de sus amores en el segundo tiempo y marcó el gol del triunfo en una eliminatoria de la antigua y romántica FA Cup. El estadio enloqueció (imagínense la reacción si Raúl volviese al Madrid e hiciera lo mismo) y él también. Una hora después del pitido final seguía vestido de corto, como si desease que nadie le despertara. Estaba atónito, atontado. Como confesaría a un antiguo compañero, muchas veces había acariciado la fantasía de volver a jugar y marcar en los colores del equipo de su vida, pero jamás imaginó que lo imposible se haría realidad.

Todavía le debe de costar creérselo. Porque lo que hizo Henry, ni más ni menos, fue protagonizar el mito más pegadero de la historia humana, el de la resurrección. Lo asombroso es que no fue el primero ni será el último en hacerlo. Una de las maravillas del fútbol es la frecuencia con que nos ofrece casos, precisamente, de resurrección en vida; con que nos demuestra, por decirlo de otra manera, que cuando todo parece estar perdido aún existe la posibilidad de una segunda oportunidad. La esperanza y la fe pueden -a veces- con todo. Y sin ni siquiera la necesidad de recurrir al divino más allá.

Lo de Henry fue, y será, inolvidable. Vivirá en la leyenda. Pero todos los aficionados del fútbol, sean sus equipos pequeños o grandes, tendrán algún recuerdo parecido. Uno reciente -y, la verdad, el recuerdo más tremendo que nos dejó el fútbol en el año 2011- es el de otro francés, Eric Abidal, del Barcelona, que fue operado de cáncer y dos meses después alzó la Copa de Europa en Wembley.

El ejemplo clásico es el del equipo que, en el último suspiro, marca el gol que evita el descenso, o gana la Liga. Otro es el de la heroica remontada, como la del Liverpool en la final de la Champions de 2005 contra el Milan, cuando iba perdiendo 3-0 en el descanso, empató y ganó en los penaltis. O la del Manchester United seis años antes contra el Bayern Múnich en la final de la misma competición. En el minuto 90 perdía 1-0 y ganó el partido 2-1, sin necesidad de prórroga, en los tres minutos de tiempo adicional.

El famoso comentario de Alex Ferguson, el entrenador del United, justo después, fue “Football: bloody hell…!”. O, “El fútbol: ¡joder…!”. Sin decir casi nada, lo dijo todo. ¡Joder si el fútbol nos sorprende, nos apasiona, nos da pena y nos da dicha como poco más en la vida! Con razón el estadio donde juega el equipo de Ferguson es conocido por sus devotos como El Teatro de los Sueños. Aunque la verdad es que todos los estadios merecen el mismo calificativo; todos son lugares para soñar. Vean el caso de Henry y el de Abidal, los del Liverpool y el Manchester United y los muchísimos más que el fútbol nos ha regalado y nos regalará; vean y entiendan por qué este deporte es el fenómeno de masas más emotivo, más colosal de la historia humana, dejando a cualquier otra religión en la sombra.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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