Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

EE.UU. no es una sociedad anónima


Por PAUL KRUGMAN (El País)

“Y la avaricia -acuérdense de lo que les digo- no solo salvará a Teldar Paper, sino también a esa otra sociedad anónima que funciona tan mal llamada EE.UU”. Así es como el personaje de ficción Gordon Gekko concluía su famoso discurso de la avaricia es buena en el largometraje de 1987 Wall Street. En la película, Gekko se lleva su merecido. Pero en la vida real, el gekkoísmo ha triunfado, y la política basada en la idea de que la avaricia es buena es una de las principales razones por las que los ingresos del 1% más rico han aumentado mucho más rápidamente que los de la clase media.

Hoy, sin embargo, nos vamos a centrar en el resto de esa frase, que compara Estados Unidos con una sociedad anónima. Esta también es una idea que ha sido comúnmente aceptada. Y es la parte esencial del argumento de Mitt Romney para ser elegido presidente: en realidad, está afirmando que lo que necesitamos para arreglar nuestra economía enferma es alguien que haya triunfado en los negocios.

Al hacerlo, lógicamente, se ha buscado un examen riguroso de su carrera empresarial. Y resulta que hay como mínimo un tufillo a Gordon Gekko en el tiempo que pasó en Bain Capital, una empresa de capital riesgo; se dedicaba a comprar y vender negocios, a menudo en detrimento de los empleados, en vez de ser alguien que dirigía empresas pensando a largo plazo. (Además, ¿cuándo va a hacer públicas sus declaraciones de la renta?). Tampoco ayuda a su credibilidad el hacer afirmaciones insostenibles acerca de su papel como “creador de empleo”.

Pero hay un problema más profundo en toda esta idea de que lo que este país necesita es un empresario de éxito como presidente: Estados Unidos no es, en realidad, una sociedad anónima. Hacer una buena política económica no se parece en nada a maximizar los beneficios de una empresa. Y los empresarios -aunque sean empresarios magníficos- no tienen, en general, una percepción especial de lo que hace falta para poner en marcha una recuperación económica. ¿Por qué una economía nacional no es como una sociedad anónima? Para empezar, no hay una simple cuenta de resultados. Y además, la economía es inmensamente más compleja que una empresa privada, por grande que esta sea.

Sin embargo, la cuestión más relevante para nuestra coyuntura actual es que incluso las sociedades anónimas gigantescas venden la mayor parte de lo que producen a otra gente, no a sus empleados. Por otra parte, los países, por pequeños que sean, se venden la mayor parte de lo que producen a sí mismos, y los grandes clientes de países grandes como Estados Unidos son por lo general ellos mismos.

Sí, es verdad que hay una economía mundial. Pero seis de cada siete trabajadores estadounidenses trabajan en empresas del sector de los servicios, que generalmente están aisladas de la competencia internacional, y hasta nuestros fabricantes venden gran parte de su producción al mercado nacional.

Y el hecho de que nos vendamos casi todo a nosotros mismos supone una enorme diferencia cuando pensamos en la política. Consideremos lo que pasa cuando una empresa se dedica a reducir costes implacablemente. Desde el punto de vista de los propietarios de la empresa (aunque no de sus empleados), cuanto más se reduzcan los costes, mejor. Cualquier dólar que se quite del lado de los costes en la cuenta de resultados se suma a los resultados netos.

Pero la historia es muy diferente si un gobierno reduce el gasto cuando se enfrenta a una economía deprimida. Fíjense en Grecia, España e Irlanda, todos ellos países que han adoptado duras políticas de austeridad. En cada uno de los casos, el desempleo se ha disparado, porque los recortes en el gasto público han afectado fundamentalmente a los fabricantes nacionales. Y en cada uno de los casos, la reducción del déficit público ha sido mucho menor de lo esperado, porque la recaudación fiscal ha disminuido al hundirse la producción y el empleo.

Claro que, para ser justos, ser un político de carrera no es necesariamente una preparación mejor para dirigir la política económica que ser un empresario. Pero Romney es el que afirma que su carrera le hace especialmente apto para la presidencia. ¿He mencionado ya que el último empresario que vivió en la Casa Blanca fue un tipo llamado Herbert Hoover? (A menos que contemos al expresidente George W. Bush).

Y también está la cuestión de si Romney entiende la diferencia entre administrar una empresa y dirigir una economía.

Como muchos observadores, me quedé un tanto sorprendido por la última defensa que ha hecho Romney de su historial en Bain, es decir, que hizo lo mismo que hizo la Administración de Obama cuando rescató al sector automovilístico, y de paso despidió a empleados. Uno pensaría que Romney preferiría no hablar de una política sumamente eficaz que prácticamente todos en el partido republicano, incluido él mismo, denunciaron en su día.

Pero lo que realmente me dejó atónito fue la forma en que Romney describió las medidas del presidente Obama: “Lo hizo para tratar de salvar la empresa”. No, no señor; lo hizo para salvar al sector, y de ese modo salvar puestos de trabajo que de otra manera habrían sido destruidos, lo cual habría profundizado la recesión estadounidense. ¿Entiende Romney esta distinción?

No hay duda de que Estados Unidos necesita políticas económicas mejores que las que tiene ahora, y aunque gran parte de la culpa por las malas políticas corresponde a los republicanos por su oposición de tierra quemada a todo lo que sea constructivo, el presidente ha cometido algunos errores importantes. Pero no vamos a conseguir unas políticas mejores si el hombre que se siente en el Despacho Oval el año que viene piensa que su trabajo consiste en urdir una compra apalancada de Estados Unidos, SA.

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Paul Krugman es profesor de economía en Princeton y premio Nobel en 2008.

Artículo original en ELPAÍS.com

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