Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Carísimo Giácomo


Por JUAN GELMAN (Página/12)

Con la doble ss significaría “queridísimo” en italiano, con una sola califica al autor del manuscrito vendido al precio más alto que cualquier bibliófilo conozca: costó 9,6 millones de dólares el original de L’histoire de ma vie, o Historia de mi vida, de Giácomo Girolamo Casanova (1725-1798), que ahora posee la Biblioteca Nacional de Francia. Este veneciano incansable en materia femenina narró en francés a lo largo de 3700 páginas algunas invenciones de sí mismo y la seducción cumplida y verdadera de 132 mujeres, españolas, francesas, rusas, italianas, otras.

s verdad que tal record queda atrás del que Mozart le atribuye a Juan Tenorio en Don Giovanni, una de las varias óperas que inspiró Casanova: Leporello, el criado del galán, enumera sus conquistas en Italia, Alemania, Francia, Turquía y sobre todo España –“mil y tres”–, de campesinas y camareras a condesas y princesas “de todo tipo, de toda forma, de toda edad”. Y mucho más atrás aun del que se adjudicó Wilt Chamberlain, el extraordinario jugador de baloncesto que en A view from above (CoVillard Books, Nueva York, 1991) se jactó de haber cosechado los favores de más de 20 mil mujeres, un promedio de 2,75 por día durante 20 años. Esforzado el hombre. Lo de Casanova es cierto.

Actor, soldado, espía, violinista, jugador profesional, diplomático, estafador, gran viajero –entre otras cosas–, el tiempo construyó un Casanova burlador de mujeres insaciable, lúbrico, indiferente a las que abandonaba una vez satisfecho su placer. Lydia Flem añadió una condición a su carácter: feminista. La escritora y psicoanalista belga estima que Casanova no sólo fue uno de los espíritus más peculiares y valientes del siglo XVIII, sino también uno de los más incomprendidos, víctima de un malentendido que dura más de dos siglos (Casanova, l’homme qui amait vraiment les femmes, Points, París, 2011). El título de su ensayo lo dice todo: él amaba verdaderamente a las mujeres.

Flem le adjudica una suerte de protofeminismo: “No hay una sola huella de misoginia en Casanova. Las mujeres son sus dueñas. Lo femenino lo fascina hasta tal punto que le habría gustado fusionarse con esa calidad”. Lo describe como un sentimental, un caballero, enamorado de la vida y deseoso de compartir inquietudes intelectuales y gustos literarios con interlocutoras inteligentes. Pero el gran seductor opinaba que la independencia de la mujer era “fuente de maldad”, pensamiento tal vez moldeado por las enseñanzas que había recibido en el seminario donde inició una carrera eclesiástica –interrupta– y sucedió su primer encuentro sexual: tenía once años y la causante fue Bettina, hermana de un sacerdote.

La fuerza y el ritmo musical de su escritura fueron apreciados por sus contemporáneos. No sólo frecuentó a príncipes y arzobispos a los que su personalidad divertía y asombraba: con la misma familiaridad entraba en las tabernas o discutía con Voltaire o conversaba en Viena con Catalina la Grande de Rusia. El príncipe de Ligne, su amigo y confidente en libertinaje y literatura, y músico, escritor y diplomático además, dejó de Casanova un retrato notable (Pensées, portraits et lettres à Casanova et à la marquise de Coigny, prefacio de Mme. de Stael, Payot & Rivages, París, 2002). Lo describe como “un hombre guapo si no fuera feo, alto, un Hércules, pero de tez africana… ríe poco pero hace reír… su manera de hablar tiene algo del torpe Arlequín y de Fígaro, lo que lo hace muy divertido… siempre tiene una salida, algo nuevo, picante y profundo. Es un pozo de cultura, pero cita tantas veces a Homero y a Horacio que fastidia”.

El príncipe subraya otras características de Casanova: sentido del honor, delicadeza y valentía, susceptibilidad y orgullo “porque es un don nadie”. “Su imaginación prodigiosa, la vivacidad propia de su país, sus viajes, los oficios que desempeñó, su firmeza en ausencia de todo bien moral o físico, lo convierten en un hombre raro, de trato inestimable, digno de consideración y de mucha amistad por parte de las pocas personas que le caen bien.” Fatigado ya, Casanova acepta el cargo de bibliotecario del conde Waldstein en el castillo de Dux, Bohemia. No se dedicó a leer: en los últimos años de su vida trabajó trece horas diarias en los diez tomos de su autobiografía, que es también la crónica de toda una época.

El príncipe de Ligne lo instaba a publicarla porque “una tercera parte me hace reír, una tercera parte me produce erecciones, una tercera parte me alimenta el pensamiento”, frase que define en cierto modo la llamada “literatura libertina” de auge fugaz en el Siglo de las Luces por su vocación anticlerical y antimonárquica. Para Charles Baudelaire, la Revolución Francesa no la hicieron los virtuosos, sino los voluptuosos.

La Biblioteca Nacional de Francia inauguró en noviembre una exposición del manuscrito de Casanova, que un mecenas ignoto le procuró el año pasado y que también tiene su historia: lo compró la familia Brockhaus en 1820, salió intacto de los bombardeos aliados de Leipzig en la Segunda Guerra Mundial, lo contrabandearon de Alemania en 1945 a bordo de un camión militar estadounidense y se publicó por primera vez en 1960. El catálogo de la exposición se titula Casanova: la passion de la liberté. Pareciera que el malentendido pierde densidad, hay otras constancias.

Artículo original en Página/12

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