Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Síntomas del fin del mundo

Por JAVIER CERCAS (El País)

Los síntomas de que uno se está haciendo viejo son variados, pero dos suelen ser inequívocos: el primero es que uno empieza a pensar que vive en el peor de los mundos posibles; el segundo es que uno empieza a abominar de los cócteles, en particular de los cócteles literarios. El primer síntoma es conocido. Se da cuando alguien empieza a decir que antes el mundo estaba lleno de gente virtuosa y ahora de canallas, que antes estaba lleno de gente inteligente y ahora de necios, que antes estaba lleno de valientes y ahora de cobardes.

Esta nostalgia es a menudo una forma de vanidad, o de autobombo: quien la ejerce proclama en secreto que pertenece a un mundo de antaño que es superior al de hogaño, que su mundo es mejor que el de los demás, que él mismo es mejor que los demás; esta nostalgia no tiene fundamento: todo indica más bien que siempre ha existido igual cantidad de virtuosos y de canallas, de inteligentes y de necios, de valientes y de cobardes. Es indudable que con los años uno ve por todas partes más encanallamiento, más necedad y más cobardía, pero tal cosa no siempre ocurre porque esas miserias aumenten, sino porque la experiencia enseña a detectarlas con mayor facilidad en los otros y, si uno no es del todo deshonesto, también en uno mismo. Jorge Manrique nunca dijo que todo tiempo pasado fue mejor (porque eso es falso y Manrique sólo dice la verdad); lo que dijo Manrique es que nos lo parece. La vejez no es un buen momento, y desde luego hay que tener temple para no abominar del futuro sabiendo que no vas a vivirlo. Por lo demás, y dado que no creo en una realidad ultraterrena, no tengo más remedio que creer que ésta es la mejor realidad: no hay otra; también creo que no puede ser tan malo un mundo donde está cada vez más extendido el uso de la anestesia, de la democracia, del aire acondicionado y de la torta del Casar.

Así que yo diría que de momento no padezco el primer síntoma de envejecimiento (y por tanto no corro un riesgo inmediato de convertirme en uno de esos personajes brillantemente retratados por Jordi Gracia en El intelectual melancólico); por desgracia no puedo decir lo mismo del segundo. De entrada debo advertir que, durante las casi cuatro décadas de mi vida en que no asistí a un cóctel literario, porque nadie me invitó, yo imaginé a menudo el paraíso en forma de cóctel literario, algo así como el jardín de Academos en Atenas o el salón de Madame du Deffand en París, sólo que animado por vino de Rioja y canapés de Cabrales. Por supuesto, cuando por fin me invitaron a un cóctel me faltó tiempo para asistir a él, y entonces descubrí que la realidad superaba mis expectativas: a diferencia de lo que ocurría en la Academia de Platón, allí era posible entrar sin saber geometría y, a diferencia de lo que ocurría en el salón de Madame du Deffand, era posible entrar sin ser inteligentísimo, cultísimo e ingeniosísimo; más aún: allí se podía beber y comer de gorra, discutir a grito pelado con el primer incauto, emborracharse de mala manera y, una vez finalizado el cóctel, concluir la velada vomitando en la acera y destrozando el mobiliario urbano. Me encantó. Tanto que a partir de aquel día no falté a uno solo de los cócteles literarios a los que fui invitado, y que al cabo de dos o tres años de cócteles literarios constantes acabé totalmente empachado de cócteles literarios. Desde entonces imagino el infierno en forma de cóctel literario. No soy el único. En el libro donde registró las conversaciones que mantuvo con Borges durante los casi 60 años de su amistad, Bioy Casares anota esta observación de su amigo (28-IX-1963): “A veces pienso que yo hubiera tenido mucho gusto de estar con las personas que encontré en un cocktail. Pero si hay diez personas, hay una décima parte de cada una; si hay cincuenta, una cincuentava parte de cada una. Salgo de los cocktails tristísimo, como si me hubieran escupido”. A mí me ocurre más o menos lo mismo. Asistir a un cóctel es como hacer zapping con la gente, como ingresar en una pesadilla kafkiana: te cruzas con una persona a quien hace tiempo que no veías y, cuando más interesante está la conversación, aparece una segunda persona; esto te obliga a abandonar a la primera persona para hablar con la segunda, a la que al cabo de un rato debes abandonar para hablar con una tercera que luego abandonarás por una cuarta, y así sucesivamente. El resultado es que, como dice Borges, sólo hablas con una ínfima parte de cada persona (más ínfima cuanto más concurrido es el cóctel); el resultado es que hablas con todo el mundo y no hablas con nadie. De ahí la soledad infernal, la tristeza absoluta.

Mejor no ir a cóctel ninguno. Mejor quedarse en casa. Y es así como, poco a poco, uno deja de ver a los amigos y se convierte en un misántropo furioso y un intelectual melancólico, convencido de que antes el mundo era un lugar magnífico, seguro de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Asistir a los cócteles es malo, pero no asistir a los cócteles es peor. Esto no tiene solución. El fin del mundo está cerca.

Artículo original en ELPAÍS.com

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