Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Los héroes imperfectos de la Antártida


Por ÓSCAR GOGORZA, JACINTO ANTÓN Y JERÓNIMO LÓPEZ (El País)

Amundsen, Scott y Shackleton protagonizaron, ahora hace un siglo, uno de los duelos exploradores y científicos más apasionantes y al límite de la historia. Hoy, la Antártida es aún epicentro de la investigación en nuestro planeta.

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LOS NORUEGOS PREFIEREN A NANSEN

Por JACINTO ANTÓN

En estas regiones, uno pierde la costumbre de las ceremonias largas. Cuanto más cortas, mejor”, escribió Roald Amundsen a propósito de su sobria celebración in situ, a 23 grados bajo cero, de la conquista del Polo Sur. Gente eminentemente práctica estos noruegos, sí señor. Cuando el explorador escandinavo llegó con su partida de cuatro hombres, el 14 de diciembre de 1911, jueves, a esa latitud extrema fueron bastante al grano (uno imagina los prolijos sentimentalismos a que se hubiera entregado Scott de llegar el primero). Plantaron la bandera -con el añadido del banderín de su barco, el Fram-, dieron el nombre de Rey Haakon a la planicie que les rodeaba, montaron la tienda y sacrificaron a uno de sus perros, Helge, del que en un par de horas no quedaron más que los dientes, una mata de pelo y la punta del rabo. Tras pasar unos días efectuando comprobaciones y recorriendo los alrededores para estar completamente seguros de que habían hollado el último gran hito geográfico del globo, los noruegos pusieron rumbo a casa con la misma precisión y destreza, casi insultantes, con que habían llegado. “No cabe imaginar mayor eficiencia”, escribió con cierto desdén amargo Apsley Cherry-Garrard, el más sensible miembro de la expedición de Scott. En cambio, Amundsen se centraba en cosas más mundanas, como en documentar que la foca sabe a morcilla.

Uno ha tendido históricamente a identificarse más con los británicos, porque eran más líricos, ampulosos, dispersos, ineficaces y absurdamente heroicos, y porque perdieron, claro. Así que resulta muy interesante viajar estos días de celebración de conquista del Polo Sur al hogar de la competencia, Noruega, donde el hecho se conmemora con diversos actos, exposiciones y publicaciones. Lo primero que sorprende, además de lo vivo del recuerdo del éxito antártico y su popularidad -se rememora incluso en los escaparates de las tiendas-, es que los noruegos están más apegados a la memoria de Fridtjof Nansen, el padre de la exploración polar moderna, que a la del propio Amundsen. De hecho, 2011 ha sido un doble año Amundsen-Nansen, y los noruegos conmemoran tanto el centenario de la llegada al Polo como el 150º aniversario del nacimiento de Nansen. Para entender el asunto hay que comprender la importancia de los dos exploradores polares en la identidad nacional noruega y ahondar en la personalidad de ambos. La independencia de Noruega coincidió con las formidables aventuras en los hielos, y los exploradores fueron, con sus éxitos, los grandes abanderados del país que renacía.

“Han desempeñado un papel extraordinario en la conciencia nacional noruega”, explica el experto en temas polares Olav Orheim en el Fram Museum de Oslo, el museo creado en torno al célebre barco (que se preserva entero dentro) y que ha sido renovado. Más adelante se va a ampliar el edificio para incluir otra embarcación polar emblemática, el Gjoa, actualmente varada en el exterior. El fibroso y definitivamente guapo Nansen -cuyas fotos desnudo para impresionar a una chica (¡con 67 años!), hace poco reveladas, han conmovido a la sociedad noruega- ocupa un lugar preeminente en el museo por encima de Amundsen (la estatua de este, que lo muestra barrigón y de nariz ganchuda, queda relegada en comparación). “Nansen es el gran héroe polar; en realidad, él puso las bases, y el barco, para que Amundsen llegara al Polo Sur. Y por supuesto, Nansen fue mucho más que un explorador: gran científico, político, diplomático, comisionado para los refugiados de guerra, premio Nobel de la Paz, artista…”. Incluso era un gran amante, el tipo. Mantuvo numerosas relaciones con mujeres -entre ellas, la propia esposa de Scott-, varias, el muy pillo, al mismo tiempo.

El excitante museo del Fram, una de las visitas obligadas en Oslo, una ciudad preciosa aunque tengas que vestir a veces como si estuvieras en el glaciar de Beardmore, incluye ahora, además de una renovada musealización, nuevas atracciones como el Club Polar, un espacio evocador con sus sillones de cuero, su globo terráqueo y los cuadros que a imitación de los tan mágicos del colegio Hogwarts muestra imágenes cambiantes de las exploraciones polares, o una simpática casa de los horrores helados, una polar experience, en la que te adentras para sentir el intenso frío, la oscuridad y el pavor del reino de los hielos, y para descubrir la momia de alguien que te precedió… Imposible no pensar en Scott muerto en su tienda. “Los prejuicios le hicieron cometer muchos errores, era el handicap de pertenecer a la Royal Navy. Despreciaba el conocimiento de los esquimales, de los que tanto aprendió supervivencia Nansen. Scott decidió no llevar perros para tirar de los trineos porque, claro, los ingleses no estaban dispuestos a comérselos al considerarlos mascotas”.

Le pregunto al estudioso por la dicotomía Amundsen-Nansen y me recalca que el segundo le da muchas vueltas al primero. “Más importante y más completo, es el verdadero héroe y con el que más nos identificamos los noruegos”. Amundsen “era un hombre de carácter difícil”, apunta. La relación entre los dos paisanos fue compleja, y Nansen de alguna manera consideraba que Amundsen le había birlado el Polo Sur. Del Museo Fram ha viajado a España una muestra de fotos y diarios del explorador que bajo el título Memoria helada se exhibe en el Museo Marítimo de Bilbao.

En la Biblioteca Nacional (Nasjonalbiblioteket) de Oslo se exhibe una interesantísima exposición sobre la fotografía polar que incluye imágenes sorprendentes y algunas fotos inéditas descubiertas recientemente, como la de Amundsen con esquís recostado en la nieve. La muestra pone énfasis en las manipulaciones, en el dramatismo y en detallar el proceso de creación de un lenguaje iconográfico propio en la historia de la exploración de los hielos. Y también en la dificultad de retratar lo irrepresentable, como el mismísimo Polo Sur, en el que literalmente no hay nada, una nada blanca, eso sí. El propio responsable de la exposición, Harlad Ostgaard Lund, explica la historia de la foto de Amundsen y tres de sus compañeros junto a la bandera -probablemente la imagen más famosa de la historia noruega- y sus vicisitudes: el original, dice, no se conserva en Noruega, sino en un museo de Australia. “Nansen es más valorado que Amundsen, tiene más facetas”, me confirma asimismo Ostgaard Lund. “Nansen es el gran icono nacional por su dimensión política”. El popular Museo del Esquí, bajo el monumental trampolín de salto de Holmekollen, incluye asimismo una exhibición de interesantísimo material relacionado con la exploración polar, con trineos y otro equipamiento de Amundsen y Nansen, el oso blanco disecado Kollbjorn, y ¡los bastones de esquiar de Scott!

Frente a una epple kake (tarta de manzana), el catedrático Olav Christensen, experto en polos y sostenibilidad, elogia a Nansen como precursor de la oceanografía y la ecología. “Era muy completo, un personaje de corte renacentista. Amundsen era mucho más limitado, digamos que un emprendedor con grandes dotes de organización”. El secreto de ambos, Amundsen y Nansen, indica, fue saber adaptar los métodos tradicionales de los pueblos árticos a la exploración polar, junto a la consumada práctica del esquí característica de los noruegos. “Una combinación fantástica”. Christensen es muy duro con Scott, como todos por aquí. “Creo que no quería volver tras descubrir que había sido el segundo en la carrera por el Polo. No hay duda de que supo sacarle partido a la derrota. Nadie podrá igualarle en eso”.

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SÍMBOLO DE LA COOPERACIÓN

Por JERÓNIMO LÓPEZ

Sigue siendo el lugar más frío de la Tierra, está muy lejos de cualquier zona habitada y aún hoy resulta complicado llegar y permanecer allí. Sin embargo, a pesar de que adentrarse en ella continúa siendo un reto, en la Antártida han cambiado muchas cosas respecto a la que encontraron exploradores como Amundsen, Scott y Shackleton en sus expediciones de hace alrededor de un siglo.

En la actualidad disponemos de mucha más información sobre ese remoto lugar. Docenas de modernos buques oceanográficos estudian los mares que circundan el continente antártico. Extraen información sobre las características y el movimiento de las aguas, sobre la naturaleza y el relieve de sus fondos, y sobre la vida asociada a los mismos. Los satélites obtienen precisos datos acerca de la topografía, la distribución de los hielos o las características de la atmósfera. Alrededor de sesenta y cinco estaciones científicas pertenecientes a una treintena de países -una cuarentena de las cuales permanecen ocupadas todo el año- facilitan la permanencia en tan hostiles condiciones ambientales y dan apoyo a las labores que allí se realizan.

Una de las diferencias más notables entre las expediciones de la edad heroica y las actuales son las comunicaciones. Aquellos hombres permanecían meses e incluso años sin conexión con el exterior. En la actualidad, la mayoría de las bases y buques disponen de transmisiones vía satélite, hay conexión a Internet, se reciben partes meteorológicos, se pueden enviar y recibir correos electrónicos, así como llamadas telefónicas desde el país de origen o desde campamentos remotos. Con ello han mejorado enormemente la eficacia y la seguridad de las operaciones, a la vez que ha supuesto un drástico cambio en la sensación de aislamiento.

La base más antigua de la Antártida es la argentina Orcadas, establecida en 1904, y la más grande de todas, con gran diferencia sobre las demás, la norteamericana McMurdo. En esta última se dan muchos elementos para apreciar claramente los contrastes con la etapa heroica. A pocos centenares de metros de esa gran base, en la que llega a haber unas 1.200 personas, se encuentra la cabaña construida en 1902 por la expedición del buque Discovery, durante el primer intento de Scott para alcanzar el Polo Sur. No lejos de allí, en el cabo Evans, está la cabaña de 1911, erigida por Scott con la expedición del buque Terra Nova. En el interior de estas cabañas se conservan numerosos utensilios de cocina, cajas de alimentos e incluso ropas de aquellas expediciones. El ambiente es profundamente evocador de la época heroica, y el contraste, enorme al comparar aquello con nuestra moderna vestimenta, y sobre todo con el interior de alguno de los edificios de la vecina base McMurdo.

Uno de los lugares más singulares de la Antártida, que difiere del habitual paisaje cubierto de hielo, se encuentra precisamente en la región del Mar de Ross, donde se desarrollaron aquellas expediciones de hace un siglo. Se trata de los Dry Valleys, objetivo de nuestro trabajo de campo a principios de 2010 realizado con el apoyo del programa antártico de Nueva Zelanda. Con unos 6.700 kilómetros cuadrados de extensión, los Dry Valleys es el sector destapado de hielo más amplio de todo el continente. Allí las temperaturas mínimas llegan a 60 grados bajo cero y la precipitación anual equivalente es entre 10 y 100 milímetros, menos que en la mayoría de los desiertos, de ahí el nombre.

En los Dry Valleys existen lugares tan extraordinarios como el lago Vanda, el mayor de los existentes en la superficie de la Antártida, aunque relativamente pequeño si se compara con los alrededor de 170 lagos de tamaño considerable que hoy se sabe que existen bajo el casquete de hielo. El mayor de todos ellos, el lago Vostok, tiene unos 14.000 kilómetros cuadrados y una profundidad que supera los 500 metros, todo ello situado bajo tres kilómetros y medio de hielo. En los últimos años se ha avanzado considerablemente en el conocimiento de los ambientes subglaciares, y en particular en apreciar el importante papel que tienen las aguas existentes bajo el hielo en los balances glaciares y en los aportes de agua dulce a los márgenes de los casquetes polares, con las consiguientes consecuencias en los ecosistemas litorales, la calidad de las aguas y las corrientes marinas.

Hay muchos campos de la ciencia para los que la Antártida supone un escenario privilegiado. Muestra de ello son el reconocimiento de los cambios de temperatura y de gases de efecto invernadero en la atmósfera a lo largo de los últimos 800.000 años, mediante el estudio del hielo antártico y de las burbujas de aire que contiene; el descubrimiento del agujero de ozono; la reconstrucción de la historia geológica teniendo en cuenta esta pieza que fue central en el supercontinente Gondwana; los estudios sobre biodiversidad y adaptación de la vida a ambientes extremos; la observación astronómica desde la meseta central; la influencia en las corrientes marinas y en el nivel global del mar, o los experimentos de captación de neutrinos en el Polo Sur, entre otros.

Es reconocida la relevancia de la Antártida para muchos procesos terrestres, en particular en el contexto actual de calentamiento global y cambio climático. Hoy sabemos que la Antártida en su conjunto se ha calentado en los últimos cincuenta años, y que la región de la península Antártica es la zona del hemisferio sur en la que más ha aumentado la temperatura y una de las que más se han calentado en el mundo. La investigación científica en la Antártida, y en las regiones polares en general, es cada vez más un esfuerzo multinacional, como ha constatado e impulsado la reciente celebración del Año Polar Internacional 2007-2008.

La Antártida ha pasado de ser escenario de rivalidades, como en cierto modo puede representar la carrera de Scott y Amundsen por alcanzar el Polo Sur, a convertirse en un ejemplo y un símbolo de cooperación internacional. El indudable éxito del Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961, ha conseguido que la Antártida no se haya convertido en escenario de discordia internacional. Se ha consolidado un sistema en el que los países colaboran en su administración, estudio y preservación. La protección medioambiental, gracias al denominado Protocolo de Madrid (de 1991 y en vigor desde 1998), se ha convertido hoy en uno de los pilares principales del Sistema del Tratado Antártico.

España es desde 1998 uno de los 28 países con capacidad decisoria en el tratado. Mantiene dos bases antárticas, envía expediciones cada año y nuestros científicos unen hoy sus esfuerzos a los de sus colegas de otros 35 países que integran el SCAR (Scientific Committee on Antarctic Research), el órgano que desde 1958 se ocupa de promover y coordinar la investigación científica en la Antártida, además de ser el asesor del tratado en cuestiones científicas.

Un siglo después de las gestas protagonizadas por Amundsen, Scott y Shackleton debemos congratularnos de que en la Antártida se haya consolidado la cooperación internacional, y también de que España sea partícipe hoy de los esfuerzos colectivos para desarrollar la investigación científica y la conservación de uno de los lugares más extraordinarios de la Tierra.

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LAS RAZONES INEXPLICABLES DE LA EXPLORACIÓN POLAR

Por ÓSCAR GOGORZA

Solo eran hombres, y, como tales, absolutamente imperfectos. Pero al mismo tiempo los protagonistas de la conquista de la Antártida, y del Polo Sur, son recordados como auténticos héroes. Ya no quedan hombres así, quizá porque nuestro mundo ahora es mucho más pequeño, conocido, comunicado y ha sido estrujado para que no quede apenas margen para la aventura escrita en mayúsculas. Los aventureros de nuestros días no buscan llegar allí donde nadie pudo llegar, sino que se contentan con llegar al fondo de sí mismos, expresándose, por ejemplo, en océanos caprichosos y montañas apartadas. Si la memoria colectiva y la historia tuvieran que organizar un podio en el cual tuviesen sitio las tres figuras más publicitadas de la conquista del Polo Sur, en sus cajones figurarían sin duda el noruego Roald Amundsen y los ingleses Robert Falcon Scott y Ernest Shackleton. No fueron los únicos actores de la llamada edad heroica de la conquista de la Antártida, pero sí los que pasaron a la posteridad. A su lado, unos secundarios de lujo escrutaron sus dotes de mando, constituyeron su equipo, les siguieron hasta la muerte o la rozaron. No hubo motines contra ninguno de los tres, quizá porque sus personalidades eran extraordinarias, por mucho que sus debilidades, humores y voluntades inflexibles hagan que resulte muy complicado decidirse: ¿pueden ser héroes unos seres tan humanos? Quizá porque eran débiles fueron grandes.

Shackleton llegó a tocar con la punta de los dedos la gloria de alcanzar por vez primera el Polo Sur, tarea en la que dos años después, en 1911, no fallaría Amundsen. Scott alcanzó el mismo punto un mes más tarde, pereciendo junto a sus cuatro compañeros durante un regreso infernal. La historia le retrata solo como un ilustre perdedor, pero su expedición fue pionera en el trabajo científico, tomando muestras singulares de una tierra absolutamente desconocida para el hombre. De hecho, dentro de la expedición inglesa de Scott hubo varias tramas, ninguna tan dramática como la que él mismo protagonizó, pero quizá mucho más meritorias. Es el caso de Edward Wilson, Apsley Cherry-Garrard y Henry Bowers, quienes se impusieron una tarea tan noble como aparentemente absurda: ir a buscar, en pleno invierno, cuando el día es siempre noche, unos huevos de pingüino emperador. Para lograrlo, colocaron el listón del sufrimiento humano a niveles irracionales. La misión, de cinco semanas, fue recogida en un libro memorable firmado por Cherry-Garrard: El peor viaje del mundo. “La exploración polar es la forma más radical y al mismo tiempo más solitaria de pasarlo mal que se ha concebido”. Su relato arranca de esta forma y da el tono de su periplo: el termómetro alcanzó muchas veces los 60 grados bajo cero. Tumbados en su saco petrificado, temblaban tan descontroladamente que temían que sus espaldas fuesen a partirse. Caminar era casi una bendición, pese a la escasa visibilidad, a las tormentas, a las terribles grietas en las que caían con frecuencia y al peso que arrastraban en sus dos trineos: 330 kilos al iniciar el viaje.

Fue un milagro que alcanzasen la colonia de pingüinos emperador, que rescatasen tres de sus huevos, que no pereciesen durante el regreso, sin apenas queroseno para cocinar y calentarse. Los tres huevos pueden verse hoy día en el Museo de Historia Natural de Londres. Cherry-Garrard los entregó en solitario a su regreso (Wilson y Bowers fallecieron al lado de Scott) y solo recibió a cambio una mirada desdeñosa del conservador jefe. “Yo había llegado a un grado de sufrimiento tal que en el fondo me daba igual morir si no sentía mucho dolor…”, revela Cherry-Garrard en su escrito, donde también se muestra orgulloso de que pese a la angustia, la desolación y el dolor, jamás dejaron de pedir las cosas por favor o de dar las gracias, manteniendo formas de caballeros cuando su aspecto remitía al de unos animales apaleados.

El relato del tremendo viaje errático de Ernest Shackleton también descubre a una persona extraordinaria. Si ahora los gurús de las charlas motivacionales lo citan como si fuese un colega, lo cierto es que su ejemplo no fue solo un ejercicio deslumbrante de liderazgo, sino de profunda humanidad, de sentido de la responsabilidad. Conquistados ambos polos, el reto era cruzar la Antártida. Ni siquiera llegó a intentarlo: su buque, el Endurance, quedó atrapado primero, y masticado después, por los hielos, obligando a un grupo de 23 personas a una huida inhumana por salvar sus vidas que se prolongaría durante 20 infinitos meses.

A Shackleton le llegó el reconocimiento desde sus fracasos: en 1902, junto a Edward Wilson y el propio Scott, alcanzaron un punto a 1.200 kilómetros del Polo Sur. El escorbuto casi aniquila a Shackleton, que hubiese fallecido de no ser por la ayuda de sus dos compañeros, pero esto no le impidió lograr una marca memorable: en 1908, acompañado por tres hombres, se plantó a 160 kilómetros del ansiado Polo sin ayuda de perros ni esquís. Excelente esquiador y convencido de la ventaja de usar tiros de perros, Amundsen casi se paseó dos años después para plantar la bandera noruega en el punto tan ansiado. Diferentes libros han tratado de ahondar en las motivaciones que empujaron a este trío de exploradores. Ninguno ofrece una explicación, quizá porque no es posible, como indica Cherry-Garrard: “¿Por qué algunos seres humanos desean con tanta urgencia hacer semejantes cosas, sin detenerse en las consecuencias, empujados por nadie excepto por sí mismos? Nadie lo sabe. Existe un enorme deseo de vencer las terribles fuerzas de la naturaleza, y quizá de cobrar conciencia de nosotros mismos, de la vida y del enigmático funcionamiento de las mentes humanas. La capacidad física constituye el único límite. Estoy cansado para contar el cómo, cuándo y dónde. Pero ¿y el porqué? Ese es el misterio”.

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Jerónimo López es profesor de Geología de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente del Comité español del SCAR. Web del SCAR: http://www.uam.es/cn-scar Web del Año Polar Internacional: http://www.ipy.org Publicación sobre la organización y los resultados preliminares del Año Polar: http://www.icsu.org/news-centre/publications/reports-and-reviews/ipy-summary

Artículo original en ELPAÍS.com

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