Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

A propósito de Israel


Por HUGO ARIAS V.

El nombre de Israel ha estado tristemente de moda en los últimos días en Chile. Quizás como una forma inconciente de borrar ese mal sabor es que se me vino a la mente un paper que hace algunos años escribió un académico israelita en el que se desarrolla la idea de un modelo de crecimiento económico basado en el emprendimiento y la innovación y en el que se toma como objeto de estudio precisamente el caso de Israel.

En “A hotbed for entrepreneurship and innovation” (2007), Uzi de Haan propone una comprensión diferente de los factores que determinan el crecimiento económico y los distingue como cinco capitales que se “acumulan” tanto a nivel individual (personas) como a nivel colectivo o institucional (en la sociedad o en las empresas, por ejemplo). De entre ellos, hay tres capitales que son bastante conocidos y repetidos en casi cualquier análisis respecto de la innovación o el crecimiento económico en los últimos años: el capital de financiamiento (obviamente, el dinero que se requiere para llevar adelante cualquier proyecto), el capital de conocimiento (o lo que en la jerga de los iniciados se conoce como I+D o investigación y desarrollo) y el capital humano (o las competencias, habilidades o capacidades que poseen las personas: no confundir con la idea de mano de obra como una masa de músculos dispuestos al trabajo).

A estos tres, De Haan agrega otros dos capitales fundamentales: el capital social (la confianza entre personas e instituciones, las redes, la posibilidad de cooperar) y el capital de emprendimiento. Y considera que este último es crucial, porque es el que pone en movimiento al resto de los factores para generar el crecimiento económico. Dice que el capital de emprendimiento individual (de una persona o empresa individual), “nutrido del capital social y humano, es el que tiene la capacidad de reconocer los spillovers de conocimiento que pueden tener valor y organiza los recursos financieros para aprovechar las oportunidades”.

Hasta ahí, la verdad, puede que todavía el cuento suene conocido para algunos. Pero es en ese momento cuando la revisión que De Haan hace de la realidad de su país permite que este juego de los cinco capitales se torne no sólo más novedoso e interesante, sino definitivamente más alejado del típico discurso de los teóricos de la economía.

En su análisis, el académico israelí no sólo mira el presente o la historia más reciente de su país, sino que va mucho más atrás, a veces, poniendo el foco del análisis en aspectos que normalmente los economistas consideran accesorios en sus modelos de crecimiento económico. Recoge, por ejemplo, con especial atención la influencia que tienen las relaciones sociales o algunas prácticas (como el servicio militar obligatorio) en la creación de redes o la generación de confianzas; aborda aspectos profundos de la cultura de Israel, destacando por ejemplo la supremacía del “colectivismo versus el individualismo” en esa sociedad; se hace cargo, por cierto, de la historia, desde las diásporas judías del Siglo XX, que terminan llevando a una masa importante de científicos a Israel o a América, hasta los vínculos que a raíz de esa propia historia existen hoy entre su país y Estados Unidos en todos los ámbitos, financiero, cultural, científico… Pero también se hace cargo de recoger todos aquellos esfuerzos (coherentes o dispersos) que el Estado de Israel ha hecho casi desde su nacimiento para apoyar la generación o acumulación de los cinco capitales que componen su modelo: el fortalecimiento de las universidades, la creación de centros de investigación de excelencia o la conformación de fondos de inversión de capital de riesgo que se vinculan con los fondos más relevantes en Estados Unidos, sólo por nombrar algunos.

En fin. Cuando uno termina de leer el paper, que es bien cortito, se queda con la sensación de que hay una larga lista de factores que terminan por hacer cuadrar el modelo de los cinco capitales y que la mayoría de ellos son cuestiones profundas e históricas (buenas y malas), que es necesario, en primer lugar, reconocer, pero sobre todo, asumir e incorporar en cualquier proyecto que busque –como se pretende en Chile– aprovechar el camino de la innovación para avanzar hacia un mejor país, más rico, más equitativo y con mejor calidad de vida.

Dan ganas de hacer con Chile el mismo ejercicio que De Haan hizo con Israel. Quizás otro gallo nos cantaría en el futuro.

Artículo original en El Post

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