Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Vergonzosa negligencia social


Por JOHN CARLIN (El País)

– “El precio de la grandeza es la responsabilidad”. Winston Churchill.

Hay menos pan, con lo cual más necesidad que nunca de buen circo. Y, francamente, los máximos responsables de ofrecérnoslo no han estado a la altura. Entre tijeretazos y subidas de impuesto, problemas que asolan no solo a España sino a la mayor parte de Europa (Happy Crisismas fue el titular de portada de una revista inglesa esta semana), el consuelo que nos da el fútbol se vuelve cada día más imprescindible. El consuelo consiste en proveernos de abundantes e intensos temas de conversación. Últimamente no ha habido casi nada.

Los afortunados del mundo del fútbol, los que siguen ganando espectaculares cantidades de dinero, invulnerables a la crisis, tienen que estar a la altura de sus responsabilidades. Lo que rinden en el campo de juego es lo de menos. Se supone que se entrenarán duro para poder dar lo mejor de sí, dejarse la piel y tal, pero esto no es suficiente. Para que podamos disfrutar plenamente y olvidar nuestra penas, para que nos calentemos de verdad, necesitamos tema, polémica, bronca. El panorama, sin embargo, se ha vuelto desesperadamente manso.

En Inglaterra, por ejemplo, Sir Alex Ferguson, el eterno entrenador del Manchester United, ha demostrado una negligencia que roza lo criminal. Tendrá algo que ver con que el pasado viernes cumplió 70 años, con que finalmente haya encontrado motivos para ver la vida con cierta perspectiva o que haya llegado a la conclusión de que la imagen de viejo borde, consolidada a lo largo de tantos años, no sea el legado que desea dejar para la humanidad. Sean cuales sean sus intenciones, la verdad es que esta temporada se ha comportado con irresponsable cordura. Puso fin hace unos meses a sus siete años de boicot a la BBC, volviendo a dar entrevistas a la principal cadena de televisión nacional, pero -casi sin excepción- su comportamiento ha sido imperdonablemente recatado. No se mete con los entrenadores rivales, no acusa a los árbitros de parcialidad, no emana paranoia por todos los poros…

Pero al menos la Football Association ha tenido la seriedad de tomar cartas en el asunto, generando un buen lío alrededor del jugador uruguayo del Liverpool Luis Suárez, al que han castigado con ocho partidos de suspensión por llamar al pequeño y negro lateral del United Patrice Evra “negrito”. La policía inglesa tampoco se ha quedado corta: John Terry, el capitán del Chelsea y de la selección inglesa, podría acabar en la cárcel por haberle dicho a otro jugador negro que era, según cuentan, “un negro hijo de puta”. El hecho de que, por un lado, Suárez goce del apoyo moral de todos sus compañeros de equipo, los negros incluidos, y que, por otro, Terry haya sido durante años el líder indiscutido de equipos la mitad de cuyos jugadores han sido negros, ha provisto a los futboleros con más que suficientes incoherencias para generar largas y calientes discusiones en los pubs del norte y sur de Inglaterra.

Hubo una época en España en la que podíamos depender del seleccionador nacional para alimentarnos con similares controversias. Pero hoy es impensable que Vicente del Bosque siga el ejemplo de Luis Aragonés y se refiera a un jugador rival como “negro de mierda”. Del Bosque posee un antiguo concepto de señorío que, para colmo, José Mourinho ha decidido en los últimos meses imitar. Un desastre. El mundo futbolero español se acostumbró la temporada pasada a bailar al frenético compás de Mourinho, cuya ingeniosa reinterpretación del concepto de señorío revolucionó a sus rivales, a la prensa deportiva y al público en general. Fue el epicentro de nuestras vidas. Las ondas sísmicas que originaba sacaban de quicio al entrenador del Sporting, al del Barcelona, a la totalidad de la población de Málaga, y muchos más. Provocaba indignación y admiración en igual medida, proveyéndonos a todos de deliciosos temas de debate.

Hoy, cuando más necesitamos al Mourinho peleón y al Ferguson histérico, se han transformado en caballerosos corderos. El océano revuelto en el que se movían es hoy un lago de paz. O sea, rinden menos y les siguen pagando igual. Una vergüenza. En estos tiempos de crisis el circo es indispensable para la paz social. Ojo David Cameron y -más, si cabe- ojo Mariano Rajoy. Esto se ha convertido en un tema urgente de estado.

Artículo original en ELPAÍS.com

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