Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Alguien recuerda a la Organización Mundial del Comercio?


Por GONZALO FANJUL (El País)

Hubo un tiempo en el que las conferencias ministeriales de la Organización Mundial del Comercio (OMC) despertaban verdadero entusiasmo público. Países ricos y pobres se enzarzaban en una pelea épica por la justicia de la economía internacional, observados por medios de comunicación del mundo entero.

Recuerdo especialmente las cumbres de Doha (2001) y Cancún (2003), en las que se dirimieron asuntos tan fundamentales como las patentes que condenan a los enfermos pobres o los subsidios agrarios que han arruinado la vida de millones de campesinos durante décadas. Aquellas eran ocasiones para las grandes escenificaciones teatrales y los golpes de efecto, pero también para la negociación fina y discreta en la que los gobiernos movían sus peones con habilidad, incluyendo a los lobbies de empresas y las ONG.

No era para menos. Los países más pobres siguen ingresando por el comercio tres veces más de lo que ingresan a través de la ayuda, la condonación de deuda y las remesas. Necesitan reglas justas para regular un mercado del que dependen, y la OMC constituye todavía una excepción en la inanidad que gobierna el sistema de organizaciones multilaterales. Con excepción del Consejo de Seguridad (una verdadera pieza de anticuario institucional), la OMC es la única organización internacional con capacidad coercitiva para hacer cumplir sus reglas. Eso explica la intensidad de procesos de negociación en los que un desarme arancelario era algo más que una mera declaración de intenciones. Por si fuera poco, la OMC fue la cuna de un nuevo orden mundial en el que las grandes economías emergentes y los movimientos sociales (recuerden que el movimiento ‘antiglobalización’ nació en la Cumbre de la OMC en Seattle) comenzaron jugar un papel mucho más relevante.

Pero esos eran otros tiempos. La pasada semana tuvo lugar en Ginebra la 8ª Conferencia Ministeral de la OMC y parece que no se enteraron ni los que participaban en ella. Las negociaciones de la llamada Ronda de Doha permanecen atrapadas en un callejón sin salida desde hace casi seis años. En este atoramiento juegan muchas variables, pero sin duda el pecado original es de Europa y de EEUU, cuyo inmovilismo agrario arruinó las posibilidades de un acuerdo en el único momento en el que este parecía factible (España formó parte del club de ‘bullies’ de las negociaciones, siempre de la mano de Francia).

Hoy todo se ha hecho mucho más complejo. La inutilidad de la OMC dio lugar a una plétora de acuerdos comerciales regionales y bilaterales en los que la parte más débil tiene muchas más posibilidades de salir perdiendo, como ocurre con los acuerdos entre la UE y los países de África, Caribe y el Pacífico. Son mayoría los observadores que opinan que la Ronda de Doha debe ser trasladada cuanto antes al Museo de las Ideas Fallidas para poder empezar con alguna otra cosa. Pero, por muchas variantes que utilicemos, siempre llegaremos al mismo punto: la necesidad de un sistema multilateral de reglas que sea justo y eficaz, y que garantice los intereses de todos (por tanto, el interés común). Y para eso siempre será necesaria la voluntad política que nos falta ahora.

La lista de asuntos relevantes en los que precisamos una OMC operativa es interminable: desde la coordinación de medidas que eviten la escalada de precios alimentarios hasta la regulación de las inversiones en recursos naturales esenciales, pasando por cualquier protoacuerdo en materia de migraciones internacionales. Porque -como recordaba recientemente el Relator Espacial de la ONU sobre el Derecho a la Alimentación en una sonada polémica con el Director de la OMC- en estos asuntos no existen posiciones neutras: no hacer nada es caminar en la dirección incorrecta.

Artículo original en >> 3500 Millones >> Blogs EL PAÍS.

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