Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La joven Resistencia

Por ADOLFO CORONATO (Revista Ñ)

Decenas de miles de adolescentes lucharon contra el nazismo en la Europa ocupada. Una investigación reciente rescata estos nombres silenciados durante años por la memoria oficial.

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En mayo de 2007, el flamante presidente Nicolas Sarkozy sorprendió a Francia con una medida teñida de interés mediático. Decidió que la última carta del mártir de la Resistencia francesa, el adolescente comunista Guy Moquet (en la foto), fuera lectura obligatoria en las escuelas cada 22 de octubre, fecha aniversario de su fusilamiento por el ocupante nazi. La respuesta resultó impresionante. La carta fue debatida en el 95% de los liceos; padres y ex resistentes acudieron a las clases y se pidió ampliar el “esclarecimiento pedagógico”. Sarkozy había logrado instalarse en la tradición “resistencialista” (que tuvo al general De Gaulle como inspirador), a diferencia de figuras como Pompidou, Giscard d´Estaing o Mitterrand. Pero, por encima del cálculo político, lo que la mayoría de los franceses valoró fue que se difundiera el sacrificio que Guy Moquet había ofrecido a unas generaciones para las cuales su nombre no era más que una estación de metro, cerca de Porte de Saint-Ouen, que nadie adornaba con flores los 22 de octubre desde hacía mucho tiempo.

El fenómeno de decenas de miles de jóvenes lanzados sobre Europa ocupada, luchando contra el nazismo, ofreciendo sus vidas, es un suceso estremecedor. Pero también lo es su sorprendente e inconcebible ocultamiento en la “historia oficial” de la Resistencia. De esto trata Piratas de la libertad. Grupos y ejércitos de adolescentes que combatieron al nazismo 1933-1945, del periodista y escritor francés Roger Faligot, un especialista dedicado a estudiar las conductas juveniles en el siglo XX.

En esta exhaustiva investigación, acaso llamada a reparar en parte el vacío histórico, Faligot encuentra un correlato entre la desvalorización de la lucha juvenil antifascista y la hasta hace poco ignorada participación de la mujer en la Resistencia, por no hablar de la deprimente imagen construida en torno de los judíos. El autor entiende que los jóvenes quedaron sin salida entre el ocupante nazi y gobiernos reaccionarios complacientes, como el de Chamberlain, que en 1938 “regaló” Checoslovaquia a Hitler o el del colaboracionista Pétain, convertido en verdugo de la Resistencia francesa. En Polonia, por caso, los católicos veían a los judíos como religiosos, pero no como polacos, y se los rechazaba para el combate. Para peor, el pacto Hitler-Stalin de 1939 maniató a los mejor preparados, los comunistas, hasta que se produjo la invasión a Rusia en 1941. No en pocos países colaborar con el invasor significó un gesto de rebeldía. Para Faligot, fue el compromiso juvenil contra el nazismo el que obligó a los adultos (y a varios gobiernos) a asumir responsabilidades que no se planteaban, y fue determinante en las acciones de los maquis franceses, los partigiani italianos, los komsosmole s (jóvenes comunistas) soviéticos y los jóvenes yugoslavos, griegos y polacos, que terminaron en verdaderos alzamientos populares.

La guerra contra la “peste parda” cubrirá Europa desde el surgimiento mismo del nazismo, a comienzos del 30. En Alemania actuarán unos 25 mil Piratas del Edelweiss (flor de la montaña) y de la La Rosa Blanca, de Hans y Sophie Scholl (cuya decapitación denunciará Thomas Mann desde la BBC, y será llevada dos veces al cine). En Austria, lo harán los schlurfs (arrastrapiés, en oposición al paso de ganso). En Dinamarca, el Club Churchill. Los boy-scouts, en Bélgica y Holanda. En Francia, los alsacianos de La Mano Negra o los de Pancarta Roja, del húngaro Thomas Elek. En París, todo un curso se pegará en el pecho la estrella de David, en solidaridad con profesores judíos. En Estrasburgo, el humor alsaciano hará que cuando entren los nazis a las cervecerías se levante el bock de cerveza al grito ¡Ein liter! (¡Un litro!), en vez del ¡Heil Hitler! . Después, se pasará al sabotaje y la lucha armada: poner bombas, descarrilar trenes, matar ocupantes. En Auschwitz, grupos especiales de resistentes destruirán hornos crematorios. Y en Varsovia, donde apenas sobrevive el último bastión judío de Europa, los jóvenes provocarán el heroico levantamiento del gueto en abril de 1943 y le harán frente, casi sin nada, a los blindados de los SS. Los sobrevivientes se sumarán, un año después, a la insurrección popular contra los nazis junto al ejército secreto polaco cuando el Ejército Rojo pisaba ya los arrabales de Varsovia.

En tiempos de entreguerras, escribe Faligot, la adolescencia no era una categoría destacable: no se era mayor hasta los 21 años y, ya a los 25, se era “un viejo”. Fueron las guerras las que cambiaron todo. Antes de 1914, especialmente en Alemania, hubo un vasto movimiento de párvulos alegres y pacíficos, ligados a la naturaleza y la poesía. Inspirados en mitos germanos o celtas, se rebelaban contra la sociedad industrial de sus padres, leían a Goethe y El lobo estepario, de Hermann Hesse, se sumergían en lagos helados y hacían el amor en los bosques. Su organización más importante será la de los Wandervögel (las aves migratorias), que D.H. Lawrence recogerá en El amante de Lady Chatterley.

Muchos de estos jóvenes perecieron en las trincheras de la Primera Guerra y otros muchos, sobrevivientes de la derrota de 1918, fueron seducidos por las sirenas nacionalistas y luego arrojados en brazos de los nazis. Los Wandervögel se dividirán: de la rama pacifista, surgirán los endogámicos Piratas del Edelweiss, La Rosa Blanca, Los Navajos, que nutrirán el combate contra Hitler; de la militarista nacerá la Hitler Jugend (juventud hitleriana, HJ) que alumbrará lo peor del nazismo.

Si el diario de Ana Frank –muerta de tifus en el campo de Bergen Belsen a los 16 años, junto a su hermana Margot, de 19– retratará dramáticamente la persecución y exterminio sistemático de los judíos en Europa, el bando fascista cobijará historias de vida paradojales. Entre los camisas negras del Duce lanzados a la conquista de Abisinia (hoy Etiopía) aparecerá el pequeño Hugo Pratt, nacido en Rímini, educado en el gueto de Venecia, hijo de madre judía y de padre policía colonial-fascista. Allí nacerá, ya siendo adulto, su doble, el Corto Maltés. Lo veremos después en el Batallón del Lobo de la Waffen SS y, por fin, entre los americanos que liberarán el sur italiano.

En los Alpes, en tanto, con sólo 17 años, aparecerá un ya escéptico Italo Calvino. Viste el uniforme de los avanguardisti y participa en la toma del puerto de Menton. “El fascismo, la guerra y la vulgaridad de mis camaradas, es algo a rechazar en bloque”, escribirá en su diario. En la posguerra, un niño de la calle, ex partisano de la guerrilla antinazi será el héroe de su novela fetiche El sendero de los niños de araña.

Ya en los finales de la guerra, un reblandecido Hitler fue fotografiado despidiendo los escuadrones de niños que irían al matadero. Del otro lado, retoños del Ejército Rojo entrarán en Berlín a sangre y fuego. Faligot ha puesto la lupa en lo que para Goethe era el dorado árbol de la vida. Sólo que lo hizo al analizar uno de los períodos más siniestros de la condición humana, donde combatir la barbarie fue la única esperanza.

Artículo original en Revista Ñ >> Clarín.com.

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