Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

DSK, el morbo sin fin

Por MIGUEL MORA (El País)

La crisis económica y el descrédito de la política, el gusto por hacer leña del árbol caído, las conspiraciones y cloacas del poder, el mito del chivo expiatorio: todo contribuye a alargar hasta el infinito una historia que a algunos les parece una especie de segundo caso Dreyfus.

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Imposible resistirse. Aunque se intente a toda costa, el bombardeo es demasiado intenso. Los periódicos, las radios, la televisión, Twitter, las conversaciones en los cafés, las librerías, las revistas de la peluquería, el vendedor de tabaco, las sobremesas de vino y queso. No hay escapatoria. Seis meses después de ser detenido en Nueva York, Dominique Strauss- Kahn sigue presidiendo la escena francesa. Tanto o más que los desvelos y fatigas que pasa Nicolas Sarkozy con Angela Merkel. Y el caso es que parecía que iba a remitir, que el culebrón iba a desinflarse con las dos exoneraciones de los fiscales, primero en el caso Sofitel [el hotel en que se produjo la supuesta violación], después en París con el caso Banon [la periodista que denunció una antigua agresión sexual]. Y en medio con aquella patética exculpación televisiva en la que DSK anunció su retirada de la vida política y pública, a mediados de septiembre. Pero la tregua solo duró unas semanas. El tiempo de votar el primer turno de las primarias socialistas. En la semana siguiente estalló el escándalo del hotel Carlton. Días después se supo que el sucesor de DSK al frente de la candidatura socialista a las presidenciales sería François Hollande. A rey muerto, apparatchik de provincias puesto.

Pero en eso surgió lo del Carlton. Un confuso caso judicial que languidecía desde meses antes en los tribunales de Lille (norte del país, casi en la frontera con Bélgica) estalló de repente. Nadie sabe muy bien cómo, ni por qué. La historia surgió cuando una revista del corazón afirmó que DSK iba a ser interrogado como testigo. Luego, poco a poco, los periódicos y las televisiones más serios, esos mismos medios que durante años (¿cuántos?) no se habían atrevido a publicar una sola línea sobre el problema DSK (su adicción sexual era casi vox pópuli) decidieron levantar la espita. Y entramos en la fase barra libre. Los jueces estudian procesar a DSK por participar en una red de prostitución y favores políticos. No, en realidad él mismo la dirigía. Bueno, la llevaban otros, pero él participaba en el negocio. O en fin, se aprovechaba…

Durante semanas se han ido filtrando detalles del sumario. Primero se dijo que había menores en la red dirigida desde Bélgica por un presunto proxeneta y dueño de locales de masajes llamado Dominique Alderweireld y apodado Dodó La Salmuera. Hoy se sabe que ocho personas (Dodó y su mujer, un par de oficiales de policía, un conspicuo constructor de la empresa BTP Eiffage, el director y el relaciones públicas del hotel Carlton de Lille, y DSK) están implicadas. Según los fiscales, La Salmuera facilitaba al grupo los servicios de señoritas de diversas nacionalidades venidas desde el otro lado de la frontera (la prostitución es ilegal en Francia si se demuestra que las mujeres son forzadas a ejercer el oficio por una banda organizada).

Con los días, la historia se enreda más. DSK pide desesperadamente ser interrogado para aclarar el asunto, pero los juzgados ofrecen a la prensa una patulea de sms más o menos comprometedores enviados y recibidos por el exdirector del Fondo Monetario Internacional cuando ejercía como dueño del mundo en Washington.

Sin freno y amarilleando con delectación, la prensa atiza el fuego, publica fotos de los amigos norteños de DSK a la puerta del FMI y dentro del edificio (algunas de una prostituta llamada Jade en su despacho), sugiere posibles abusos de poder del ex altísimo gestor, le acusan veladamente de intercambiar sexo por favores con los policías y constructores, fantasean sobre su visita a una boite golfa de Madrid (“con material”) y a hoteles de París y Nueva York, y sugieren que como La Salmuera Connection viajaba a menudo a Estados Unidos con chicas incorporadas, eso quizá pueda abrir una nueva e insólita vía judicial: las autoridades estadounidenses podrían procesar a DSK por inmigración ilegal, ya que las jóvenes afirmaban que iban como turistas y en cambio iban a trabajar…

En ese momento de delirio colectivo, DSK y su mujer, Anne Sinclair, la millonaria heredera de Paul Rosenberg, el marchante judío de Picasso en los años treinta, pasan al contraataque. Su historia se ha convertido en una especie de segundo caso Dreyfus [en referencia al capitán Alfred Dreyfus, militar judío francés acusado de traición y más tarde rehabilitado tras una polémica que dividió a Francia]. El asunto DSK fascina a la opinión pública y al mismo tiempo produce repulsión a muchos. Entre los amigos libertinos de DSK, muchos son francmasones. Y el ataque al matrimonio judío de expolítico y experiodista se hace cada vez más personal. Judíos y masones. Y una pareja en peligro. Algunos medios anuncian la inminente ruptura cuando Sinclair se va a pasar unos días a su riad de Marrakech, dejando solo a su marido en París.

La pareja responde presentando querellas contra los medios más activos, y les acusa de entregarse a un voyeurismo insoportable. Su abogado denuncia que en la reacción desproporcionada de la prensa contra su cliente late el deseo de impeler al suicidio al retirado dirigente socialista. Unos por venganza ideológica, quizá. ¿Otros por sentirse traicionados, engañados por haber creído en ese tipo y ver hoy que es capaz de cualquier aberración?

Difícil decirlo. Pero el folletón adquiere tintes freudianos, o mejor lacanianos. Un entero país está pendiente otra vez de un personaje que hace seis meses era el segundo francés más poderoso de la tierra y que ahora no es nadie. Aunque no ha sido condenado en ningún juicio, la prensa no le perdona tanta vida oculta y le aplica guillotina diaria. Pública y políticamente es un cadáver, cuenta menos que cero, sus examigos socialistas han empezado una nueva era sin él, y Francia tiene un montón de problemas. El Titanic se está hundiendo y los telediarios abren con DSK. ¿A qué viene ese sadismo obsesivo? Los psicoanalistas son consultados. Unos hablan de entretenimiento hard para tiempos hard. Otros resucitan el mito del chivo expiatorio judío… Alguno aventura que Francia está limpiando su conciencia por haber confiado en DSK hasta convertirle en su imaginación en el próximo presidente (monarca laico) in pectore…

La trituradora va tan deprisa que no da tiempo ni a recurrir a la ironía comparada. Silvio Berlusconi pierde su mayoría en Italia, sale del poder, y de repente parece un aprendiz de playboy al lado de DSK. Un aficionado ante esta fogosa fuerza de la naturaleza francesa de 62 años (“un chimpancé”, dijo Banon). Quizá Francia no había hecho todavía su expiación, mientras Italia la había vivido durante dos años largos, desde que se descubrió que su anciano primer ministro era capaz de atravesar Italia entera para aterrizar en el 18º cumpleaños de una joven que le recibió al grito de “papi” en un local de la Camorra.

Quizá Francia necesitaba también descubrir a su macho alfa, ajustar sus cuentas con el candidato a padre y jefe de la tribu, hundir al socialista caviar que propugnaba que había que decir la verdad a los franceses, y depurar tanta misoginia subterránea, esa religiosa formalidad decimonónica con la que las mujeres renuncian a su apellido de solteras cuando se casan…

O quizá lo que no les perdonan a DSK y a Sinclair (que mantiene su apellido de soltera) es que sigan juntos. Que, pese a todo, sigan juntos. Y que, se dice, estén pensando en irse a vivir a Israel. Ahí está también, incontenible como si no hubieran pasado los siglos, ni Vichy, el viejo antisemitismo francés, el mismo que llevó a Sinclair a ponerse como meta de su vida un reto improbable: convertir a su marido en el primer presidente judío de Francia desde Leon Blum.

Algunos se preguntan si esta caída en la vulgaridad y el racismo apenas escondido, en el cotilleo de alcoba del poderoso caído en desgracia no será un síntoma de una sociedad enferma, emocionalmente inmadura, donde el dinero lo corrompe todo y todo lo pone a su servicio.

Un poco de distancia ayuda a ver que la zambullida en la descarnada carnalidad del viejo príncipe de las finanzas llamado a sacar a Francia de la pesadilla de la crisis puede ser una gran cortina de humo desplegada desde arriba para tapar los agudos problemas del país. Igual que Berlusconi utilizaba sus conquistas de billetera y avión oficial para distraer la atención de sus delitos societarios y su pésima gestión económica, cabe preguntarse si su alter ego francés en el neopopulismo mediático, Nicolas Sarkozy, habrá movido los hilos que cuentan para convertir a DSK en atracción de feria, en el cadáver andante que evade a los electores, al público, de su realidad gris, de esta Francia cada vez más plegada, como en tiempos de Dreyfuss y de Blum, a Alemania, acosada por la crisis de la deuda soberana, por el paro (2,8 millones y subiendo) y por la necesidad de doblegarse al Reich financiero.

Esta sensación, y otras peores, se acrecienta justo cuando la poderosa pareja Strauss-Kahn-Sinclair parece acabada. De repente, reacciona. Lo hace desde Nueva York, un icono para muchos franceses, además de la ciudad donde nació Anne Sinclair cuando su familia se tuvo que marchar de Francia escapando de los nazis.

El domingo pasado, la prestigiosa revista The New York Review of Books, que el profesor José Luis Aranguren calificara hace 20 años como “la mejor revista del mundo”, publica un largo reportaje de Edward J. Epstein, veterano periodista de investigación freelance, de 76 años, que había trabajado cuatro meses en la historia.

El relato se arma a partir de una declaración anónima de una amiga de DSK que trabajaba en el partido de Sarkozy en mayo pasado. La mujer afirma que al menos un mensaje de correo privado de este llegó aquel fatídico 14 de mayo hasta la sede parisiense de la UMP [el partido de Sarkozy]. El texto, y su forma de salir al aire, invita a pensar a muchos en un publirreportaje, un encargo de la supuesta víctima. Los exclusivos servicios de la agencia de comunicación que dirige desde 2007 las relaciones públicas del exdirector del FMI consiguen publicarlo, y de forma anticipada, el sábado, en el Financial Times y Le Monde. El sello de la prensa de calidad expande por el mundo una idea que muchos franceses tuvieron el mismo 14 de mayo, y que Strauss-Kahn lanzó con la boca pequeña en su entrevista de septiembre: “¿Una trampa? Seguro. ¿Un complot? Veremos”.

Eso dijo entonces, sabiendo que Epstein, avezado descubridor de crímenes sin resolver desde el asesinato de John F. Kennedy en adelante, estaba trabajando en ello. La mejor defensa es un buen ataque. El reportaje, aunque tiene zonas blandas y más indicios que pruebas, está tramado con inteligencia y oficio, y logra su objetivo: sembrar la duda de la conspiración. El Gobierno francés, golpeado desde donde más duele, el trinomio Reino Unido-Estados Unidos-Le Monde, se ve obligado a desmentir la parte que relaciona el presunto robo de la Blackberry de DSK en Nueva York con un posible pinchazo telefónico de los servicios de inteligencia. Accor, el grupo hotelero dueño del Sofitel, cuyo dueño es viejo amigo de Sarkozy, se ve obligado a desmentir el trozo donde Epstein afirma haber visto en las grabaciones de las cámaras de seguridad del hotel a dos empleados festejando durante tres minutos con saltos de alegría tras confirmar que DSK ha mantenido relaciones sexuales con la camarera guineana.

Las incertidumbres llegan a la calle. ¿Hubo un complot de la derecha política y económica para destruir la carrera del brillante economista y político socialista? ¿Colaboró Accor en esa trampa? ¿Espiaban los servicios secretos uno de los varios móviles de DSK, precisamente el del FMI? ¿La inopinada entrada de Diallo a la suite presidencial sirvió solo para montar la acusación de violación o también para arrebatarle la prueba del delito informático?

El reportaje de Epstein ha cumplido su objetivo. Pero no todos los de la pareja Sinclair-DSK. El jueves pasado, más madera: el libro Affaires DSK, la contre-enquête se publica en Francia. En él, el acusado se torna víctima. Strauss-Kahn se confiesa a tumba abierta. Dice que la prostitución y el proxenetismo le producen “horror”. Admite que tiene “una vida sexual libre”, pero que eso no tiene “nada de raro en política” y que no ha hecho “nada ilegal”. ¿La red de Dodó La Salmuera? Un grupo de socialdemócratas de Pas de Calais que le visitaba en Washington de vez en cuando porque no soportaba la hipocresía y el falso puritanismo estadounidense. Meros intercambios de pareja. Como Berlusconi: “Jamás he pagado por sexo, ese no soy yo”.

Michel Taubmann, el hagiógrafo y ardiente defensor de Dominique Strauss-Kahn, recoge esas y otras confidencias del ex director general del Fondo Monetario Internacional, y reafirma, diciendo lo contrario, la tesis del complot, en el cual la camarera guineana habría sido “una tapadera”. Al contar su versión de lo ocurrido en el Sofitel, DSK dice, no sin dramatismo: “Nada habría pasado si no hubiera tenido esa relación estúpida pero consentida con Nafissatou Diallo. Aquel día abrí las puertas a todos los demás escándalos”. Según su versión, Diallo no manifestó sorpresa ni estupor cuando le vio salir desnudo del baño de la suite. “Se dirigió a la puerta sin apresurarse, antes de fijar su mirada en DSK”, escribe el biógrafo. De una forma que él sintió como “una invitación” a hacerlo.

Luego, al salir de la habitación, y esto es una novedad en el folletón, se la encontró en el pasillo y le dijo hola con la mano. Ella respondió con la mirada, afirma Taubmann, que recuerda que los vídeos del hotel muestran que, después de eso, la camarera mantuvo una actitud “relajada”.

El alegato final es quizá lo mejor. Cuando Michel Taubmann le pregunta cómo ha cambiado su vida en seis meses, Strauss-Kahn dice: “Estaba en posición de ser presidente de la República, ahora ya no lo estoy. C’est tout”.

vía Artículo original en ELPAÍS.com

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