Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Contra la ciencia lúgubre

Por JOAQUÍN ESTEFANÍA (El País)

Ha sido tal la potencia de la obra literaria de José Luis Sampedro que ha hecho subsidiarias otras facetas anteriores de su vida intelectual. Por ejemplo, la de economista y maestro de economistas. Cuando a Sampedro le conceden otro premio, sus discípulos sonríen porque es como si se lo hubieran dado a ellos. Todas aquellas cohortes de estudiantes que crecieron empollando la Estructura económica que firmó con Rafael Martínez Cortiña, y que desvelaba lo que existe al otro lado del espejo.

Dentro de su profesión, Sampedro ha sido orillado por los que llegaron a creerse que la economía era una ciencia natural con sus propias leyes, y que se podría comprender apelando a las decisiones racionales de los mercados. No es así como tampoco la competencia es perfecta ni la información fluye de igual modo para todos. La crisis que tanto nos hace sufrir en estos años es un ejemplo de ello. Al mismo tiempo que Galbraith divulgaba en EE UU que es imposible entender los fenómenos económicos si se los aísla del desarrollo del poder, en España lo hacía Sampedro. Fue un pionero. Estuvo contra los chamanes que han contribuido a la debacle que nos asuela con la defensa de teorías que o bien han ignorado los factores clave de lo que estaba sucediendo (que la libertad entre desiguales es como meter a la zorra en el gallinero) o lo que es peor, los excluyeron intencionadamente por motivos ideológicos para favorecer una determinada agenda política favorable a la desregulación (y a la autorre-gulación, que es su enfermedad infantil) de los mercados. Aquellas doctrinas formaron parte del pensamiento único de los últimos 30 años y los que las enarbolaron en buena parte forman el ejército de lo que Robert Skidelsky, el biógrafo canónico de Keynes, ha denominado “los mayordomos del poder” que adecuaban sus investigaciones a los estados de ánimo dominantes.

Sampedro los desnudó de sus conocimientos aparentemente científicos -en realidad, ideológicos- en bastantes de sus libros. Yo citaría, a vuelapluma, tres: Las fuerzas económicas de nuestro tiempo, La inflación en versión completa (un librito que su autor reivindica con especial entusiasmo) y Conciencia del subdesarrollo. Su compromiso intelectual -ahora al lado de los indignados- es consecuencia de su pensamiento. En los textos de Sampedro tiene este movimiento la argamasa de las tesis que ha de desarrollar para ser más influyente. No deja de ser magnífico que los maestros nonagenarios todavía tengan tantas cosas que enseñarnos. Para él la economía no ha sido nunca la ciencia lúgubre de Carlyle, sino una disciplina de conocimiento que deja caer las coartadas de los que sin legitimidad democrática quieren seguir mandando y distribuyendo a su antojo. Por eso nos enseñó a amar a la economía.

Artículo original en ELPAÍS.com

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