Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El poder y su beneficio

Por PABLO ORDAZ (El País)

Dijo que quería “arreglar Italia”, pero Berlusconi usó la política para blindar sus empresas y evitar la cárcel.

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Un día de abril de 2006, Silvio Berlusconi convocó a la prensa a la sede del Gobierno para lanzar una diatriba terrible contra los jueces, la banca, la prensa y las grandes empresas. Llegó a pedir, con el rostro inyectado en sangre, que la ONU enviara observadores internacionales a Italia para evitar que los comunistas robaran las elecciones. Unos minutos después, cuando se apagaron los focos y las imágenes de su enfado viajaban ya hacia los telediarios de todo el mundo, Il Cavaliere -enganchado al aplauso como a una droga- desveló divertido a los periodistas presentes que todo había sido una representación. Las imágenes que ahora, en el ocaso de su reinado, los medios ofrecen como resumen de su trayectoria al frente del Gobierno de Italia se parecen más a las de un actor secundario que a las de un mandatario de primer nivel. Ninguna descubre su verdadero rostro. El de un empresario voraz que utilizó hábilmente el teatro y la política para consolidar su fortuna y, sobre todo, evitar la cárcel.

Nacido en Milán el 29 de septiembre de 1936, hijo de empleado bancario y ama de casa, estudiante en los salesianos, licenciado en Derecho, cantante de cruceros, fotógrafo ocasional en bodas, bautizos y funerales, millonario desde los 30 años gracias al negocio inmobiliario, a la televisión y al intercambio de favores con el poder -no importaba que este fuera socialista o democristiano-, Silvio Berlusconi no tenía necesidad, a sus cincuenta y muchos años, de complicarse la vida por Italia. Salvo que esa complicación fuese, en realidad, la cuadratura del círculo. La manera de blindar a sus empresas, ahorrarse cientos de millones en multas y, gracias a las ventajas del cargo y a un sinfín de leyes confeccionadas a la carta, evitar la cárcel. No se puede descartar tampoco que su entrada en política estuviera -tal como declaró- inspirada además por un deseo sincero de evitar que la marea roja llegase al poder, pero de esto último no hay pruebas, y de lo otro, muchas. “Mi hija pequeña”, declaró Berlusconi en 1993 apuntando ya maneras del gran populista en que estaba a punto de convertirse, “dice que su papá arregla televisiones. Ahora le diré que no tendré tiempo de seguir arreglando televisiones porque tendré que arreglar Italia”.

El chascarrillo resultó ser falso. Berlusconi, a la vista está, no se ocupó en absoluto de arreglar Italia -los datos, no solo económicos, son espantosos-, pero sí siguió arreglando sus televisiones. De hecho, sus ansias de poder político se despertaron ante la decadencia de su gran padrino, el socialista Bettino Craxi, poderoso presidente del Gobierno entre 1983 y 1987. La amistad, llamémosle así, que logró forjar con Craxi define muy bien el carácter y la trayectoria del primer ministro que ahora se va. Gran olfato para los negocios y mejor para los amigos. En primer lugar, Silvio Berlusconi empezó a convertirse en un magnate, y no en un simple promotor inmobiliario, con la construcción de la urbanización Milano 2. Aunque al principio le resultó difícil encontrar compradores para los 4.000 pisos construidos de una tacada, en cuanto lo consiguió multiplicó el negocio creando un canal de televisión privado para los residentes en la urbanización. La proverbial ayuda del todopoderoso presidente Craxi hizo el resto. Le otorgó licencia para convertir aquella especie de vídeo comunitario en Canale 5, la principal emisora de televisión italiana. El trato no pudo ser mejor. Craxi convertía en supermillonario a Berlusconi y este se convertía a su vez en el principal financiador del Partido Socialista. La colaboración mutua, esa amistad sincera, superaba el descaro. Valga un ejemplo. Entre 1983 y 1984, Berlusconi amplió su poder televisivo comprando nuevos canales (Italia 1, Rete 4) y poniéndolos en conexión con una gran red de televisiones locales bajo el dominio de la sociedad Mediaset, frente a la cual situó a su gran amigo Fedele Confalioneri, el mismo que le acompañaba al piano cuando el joven Silvio cantaba en los cruceros por el Adriático. La RAI -la televisión estatal- demandó a Mediaset porque sus tres canales se dedicaban a emitir en interconexión en todo el territorio nacional, lo que contravenía la legislación vigente. Tres jueces a la vez -de Roma, Pescara y Turín- condenaron a Mediaset a cerrar sus instalaciones, pero inmediatamente Bettino Craxi acudió en socorro de su amigo y derogó, por decreto, las leyes que fastidiaban a Berlusconi. El escándalo fue sonado. La primera piedra sobre la que se edificó una catedral de descaro.

Cuando, a principios de los noventa, la Operación Manos Limpias empezó a descubrir la podredumbre sobre la que estaba sostenida la Primera República, Bettino Craxi tuvo que huir a Túnez -donde murió el año 2000- con su reconocida culpabilidad a cuestas. Berlusconi, el gran superviviente, no solo se salvó de la redada, sino que comprendió rápidamente un detalle que marcaría hasta nuestros días la política italiana: ¿qué necesidad hay de pagar a los políticos para que hagan las leyes que necesito si las puedo hacer yo mismo desde el poder? Hasta ese momento, la desfachatez consistía en que todo el mundo sabía en Italia de la existencia de “un partido de Berlusconi”, esto es, un grupo de parlamentarios que, con independencia de su adscripción política, cuidaban los asuntos del empresario en el Congreso y el Senado. Nada comparado con lo que estaba por venir.

La llegada de Berlusconi a la política se produjo con un discurso del que se recuerda sobre todo una frase: “Italia es un país que amo”. Hablaba de su padre, del hombre hecho a sí mismo, del esfuerzo de los emprendedores, del éxito que había logrado con sus empresas y que estaba dispuesto a trasladar al resto del bello país. Vende ilusiones y una buena parte del electorado, cansada del ambiente viciado de la política tradicional -tan viciado que ni se da cuenta del peligro que se les venía encima- termina por comprar la mercancía. El gran populista que llevaba dentro había terminado por fin de romper el cascarón. De hecho, no mucho antes, cuando el cierre judicial de Canale 5, una multitud de consumidores de telebasura (también ese mérito hay que colocar en el casillero del gran estadista) salió a la calle a exigir su dosis diaria de droga. Ahí tenía dispuesta a su infantería para llevarlo al poder, incluso para sostenerlo una vez demostrado que, ya en Palacio Chigi, se olvidaba de sus promesas insignias -bajar los impuestos, favorecer a los pequeños empresarios, subir las pensiones mínimas- y en cambio sacaba a relucir sus verdaderas preocupaciones. Valga otro ejemplo. En las elecciones de 2001, los carteles de la campaña de Berlusconi lo retraban con un casco de albañil y un lema: “Un presidente obrero”. Pero la primera medida fue eliminar un delito, el de presupuesto falso, por el que habían sido condenadas varias de sus empresas.

Lo que viene a continuación ya es más conocido. Y aún más triste. Antes de destaparse como un viejo verde capaz de utilizar su inmensa fortuna y la maquinaria del Estado para celebrar orgías, Berlusconi era el gracioso oficial que, durante las cumbres internacionales, se dedicaba a poner los cuernos al ministro español Josep Piqué, a hacer rabiar a Angela Merkel o a definir a Barack Obama como “joven y bronceado”. Si algún día la tuvo, todo eso dejó de tener gracia cuando todos los diarios del mundo dan cuenta de que, en las bacanales del presidente de Italia, hay implicadas menores de edad y un harén de jovencísimas prostitutas. Ya Berlusconi no solo tiene que responder ante la justicia por el abuso de poder relativo a sus empresas sino también por otro tipo de abuso más ruin, más rastrero. Los sectores que siempre le habían apoyado -los empresarios, la Iglesia, ciertos intelectuales orgánicos- empiezan a huir de él como de la peste. Es ya, oficialmente, una vergüenza para Italia. El “viejo caimán” -como lo bautizó para siempre Nanni Moretti- se defiende atacando. Es cosa de la prensa. De los jueces. De los comunistas. En su etapa final ya no lo cree nadie, pero aún dispone de un cajón lleno de secretos y de una fortuna de alrededor de 9.000 millones de euros para seguir comprando voluntades. Su caída es dramática, pero lenta. Tan lenta que, si no llega a ser porque Italia bordea el precipicio de la bancarrota, es muy posible que Il Cavaliere aún siguiera un tiempo más escondiéndose de los jueces tras las cortinas del Palacio Chigi. De convicciones religiosas, un día proclamó que estaba “ungido por Dios”. Como el mismo diablo.

Artículo original en ELPAÍS.com

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