Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Ya no queda nada que celebrar


Por MICHELE MONINA (El País)

Días extraños, los que estamos viviendo en Italia. Está terminando una época, nos repiten periódicos y televisiones, algunos con la sonrisa en los labios, otros con lágrimas en los ojos. Está terminando la noche, se repite la gente por la calle, incrédula. Ha caído Berlusconi, termina el berlusconismo. Termina la horrible época de decadencia, de fin del imperio, a la que el Caimán nos ha relegado durante todos estos años. Deseamos que a esta nueva edad media le siga un nuevo renacimiento.

Pero si esto es un final, parece como si detrás de la cámara se sentara un redivivo Akira Kurosawa, maestro indiscutido del séptimo arte. En efecto, la escena es dilatada, lenta, un estilicidio. Aunque la fotografía de estos días es la de un hombre que cae, esta caída parece estar siempre a punto de manifestarse, pero no se manifiesta nunca. Por otra parte, nos repetimos muchos, o por lo menos todos aquellos para los que Berlusconi ha representado la figura del político que ha guiado a Italia en la parte más consistente de nuestra vida, un cambio de época no es un hecho corriente, es bueno que la historia se tome el tiempo que necesite. Y el miedo a que el impacto contra el suelo no llegue nunca está justificado por los 17 años que preceden a esta caída, años durante los cuales han caído, trozo a trozo, primero nuestra democracia, luego nuestro amor propio, y por último, y esperemos que no de forma irremediable, nuestro nombre.

Porque esto es lo que ha sido el berlusconismo, una lenta y desgarradora anulación de nuestro sentido ético, con valores ridiculizados, escarnecidos, burlados y sustituidos por valores negativos aclamados. Fama y éxito fácil donde en otro tiempo había conocimiento y mérito, la democracia y la idea misma de República sustituidas por el beneficio personal y las razones de mercado.

Durante 17 años hemos confiado nuestra suerte a un hombre que ha hecho de sus intereses personales la razón de Estado. Un hombre que ha hablado de nuestra nación, de nuestra patria, como de una empresa, su empresa. Un hombre que ha rebajado la idea de política usando un lenguaje intencionadamente extrapolítico, declarando que solo quería “salir al campo”, como si la política fuera un lugar ínfimo, infernal. Un hombre que nos ha impuesto como ministros a jóvenes actrices de televisión, peces gordos de sus empresas, personajes de dudosa moral a los que la mitad de mis compatriotas no confiarían siquiera las llaves de su coche en el aparcamiento de un restaurante. Un hombre que había empezado a cambiar nuestro código genético mucho antes de salir al campo, con sus televisiones, sus revistas, con una idea de invencibilidad conquistada en los campos de fútbol y en el mundo de los negocios, y desviada, cualquiera sabe por qué, al ámbito político, como si el haber llevado al Milan estelar de Sacchi a la cima del mundo del fútbol y el haberse convertido en el empresario más rico de Italia le concediera el don de saber gobernar, hombre de acción llegado después del vacío de Tangentopoli.

Hoy tendríamos que estar brindando por el final de todo esto, si no fuera porque ya no ha quedado nada que celebrar. La crisis económica, de la que Berlusconi ni siquiera ha intentado sacarnos, demasiado ocupado en resolver sus demasiados problemas judiciales, nos ha puesto en riesgo de suspensión de pagos, con nuestros jóvenes sin futuro, indignados pero con las manos atadas. No me encuentro entre los que se alegran de ver al profesor Monti, hombre de banca muy querido por el BCE, desempeñar el papel de salvador, porque aspiraría a que me gobierne alguien que al hablar del futuro lo haga sintiéndose parte afectada.Espero equivocarme, pero tengo la impresión de que la remontada de Italia será aún más lenta de lo que ha sido la caída de Silvio Berlusconi, esperada durante años y que por fin, quizá, ha llegado.

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Michele Monina (Ancona, 1969) es escritor italiano. Ha publicado en España Esta vez, el fuego (Periférica), que tiene como telón de fondo los primeros años de Berlusconi, en los noventa.

Artículo original en EL PAÍS.com

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Archivado en: Columnas +, , ,

One Response

  1. […] en Italia en las últimas semanas? ¿No les ha parecido como si Darío Fo o Antonio Tabucchi o Michele Monina estuvieran gritando desde nuestra propia cocina o detrás de un árbol al fondo de nuestro patio? […]

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