Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Matta el travieso


Por ARIEL DORFMAN (Página/12)

Antes de que me hiciera amigo de Roberto Matta, mucho antes de que hubiese visto siquiera un pétalo zigzagueante de color en uno de sus cuadros, este pintor genial me caía especialmente bien. Fue en el año 1955 que por primera vez oí su nombre. Tenía yo a la sazón trece años y había llegado a Chile hace unos diez meses y fuimos convidados a la costa a pasar una temporada con unos amigos de mis padres.

La invitación era a Cachagua, que ahora es un balneario donde se concentran los políticos, tecnócratas e intelectuales que lideraron la lucha contra Pinochet y ya en democracia decidieron asentar sus reales en una de las más espléndidas playas del Pacífico. Pero en esa época era un antro de comunistas y en las noches, bajo el mando del informal “alcalde” del pueblito, Diego Sutil, se dedicaban los díscolos veraneantes a hablar mal de Zapallar, vecina y aristocrática y dotada de una bahía magnífica que era la envidia de todos los que llegaban al litoral. En las conversaciones nocturnas surgía una y otra vez la figura del tránsfuga Roberto Matta que, habiendo nacido entre lo más rancio de la oligarquía chilena y descendiente de varios presidentes ilustres, se había distinguido, ya de adolescente (debe haber sido hacia 1929 o 1930), por una rebeldía perpetua, mortificando especialmente al sacerdote de Zapallar y llevando a cabo, con sus compinches, unánimemente simpatizantes de la revolución bolchevique, todo tipo de diabluras y fechorías, incluyendo unos murales que había pintarrajeado en el frontis de… no estaba claro si era la iglesia o el único hotel o a la entrada de una hacienda, instando a los campesinos a la desobediencia. Al parecer, poco después de eso el joven Matta había partido a París donde se inmiscuyó con Breton y los surrealistas, se hizo amigo de Picasso y del grupo de la revista Minotaure y fue descubriendo los vericuetos de un paisaje mental y emocional único en la pintura contemporánea.

Aunque en los años que siguieron no llegué a conocer personalmente a Matta (ni siquiera cuando vino a Chile varias veces a apoyar la revolución democrática de Salvador Allende), fui entrando, cada vez que podía, en la intimidad de su pintura e ideas, y siempre encontraba, tal vez por influencia de esas primeras historias sobre sus barrabasadas, algo juguetón y risueño en sus imágenes, aun las que evidenciaban un trágico caos de colores.

Fue, desafortunadamente, la caída de Allende y mi propio exilio lo que facilitaron que llegara a conocer al ser humano detrás de esas picardías de Zapallar y esas maravillas que colgaban en las galerías del mundo. Ocurrió una noche de marzo de 1974 en Roma, donde había llegado yo para asistir al Tribunal Russell que Lelio Basso había armado para juzgar a Pinochet. El primer día estuve dedicado a repartir material sobre esos crímenes que le habían llegado a la Resistencia Chilena desde el interior del país y en la noche, agotado por la larga jornada, estuve a punto de irme a dormir a la casa de un amigo cuando Cortázar y García Márquez insistieron en que los acompañara a cenar a un restaurant de la Piazza Navona donde acudirían una serie de figuras legendarias, Glauber Rocha, Rafael Alberti y su mujer María Teresa de León y, claro, Roberto Matta. Mientras devoraba unos divinos raviolis, me detenía de vez en cuando para pincharme, a ver si estaba soñando, pero no, no estaba preso en un delirio de ese pintor ni ningún otro: todo era cierto. Y Matta resultó tan travieso en la realidad cotidiana como lo había sido en su juventud en Zapallar. En cierto momento, discutiendo sobre el exilio y el retorno y el fascismo y otras yerbas, María Teresa se paró y juró que cuando Franco se muriera, ella entraría por la Puerta del Sol, con el pelo suelto y absolutamente desnuda, montada en un caballo blanco, pero oye, hombre, tiene que ser blanco entero de la cola hasta las orejas, y tengo que estar desnuda; y Matta se paró y dijo, yo también, yo también voy a entrar en el mismo caballo y también desnudo. Y al final de la noche, el gran generoso Roberto me invitó a que lo visitara en Tarquinia por unos días, junto a Cortázar y la que era su mujer entonces, Ugné Karvelis, editora insigne de Gallimard y amante de todas las causas latinoamericanas.

Era un convite al que no me podía negar y le debo una de las experiencias más memorables de Matta y su genio. No fue recorrer con él decenas de sus cuadros en ese monasterio que había convertido en su hogar; no fue descender con él a las tumbas etruscas cercanas y calibrar sus ideas sobre el erotismo y la muerte mientras analizaba las figuras en la Tomba della Fustigazione; ni siquiera fue presenciar el amor cotidiano y trastornante que le profesaba a su mujer Germania. Lo que más me apasionó entonces y me sigue apasionando ahora, casi cuarenta años más tarde, ocurrió la segunda, y última, mañana de nuestra estadía cuando Matta me llevó al jardín que quedaba detrás de su extendida casona y me mostró una… supongo que la puedo llamar una escultura, pero era más que eso: era un excusado/lavabo que el artista había forjado de un viejo tacho de basura. “Un trono”, me dijo Matta, y habló durante varias horas acerca de cómo había que usar, para construir el nuevo mundo que soñábamos él y yo y Cortázar y todos los artistas y todos los revolucionarios, cómo era imprescindible usar los materiales viejos y desechables si había de crearse el mundo del mañana hoy mismo. Fue la primera vez que yo había vislumbrado la ecología –ya no recuerdo si empleó la palabra precisa– como un desafío, la relación con los escombros de la sociedad industrial como algo que incidía en el subconsciente y la pobreza y otro modo de vivir la vida de todos los días. Mi amistad con Matta siguió durante los años que residí en París y luego en encuentros fugaces, como una tarde en que visitamos juntos las ruinas del gheto de Varsovia y Buchenwald y los esfuerzos conjuntos que hicimos para ayudar a los artistas chilenos y latinoamericanos perseguidos en sus tristes países, y tantas otras conspiraciones, pero lo que me queda de él, lo que quiero recordar es ese trono que él había esculpido de despojos y sobras, esa travesura tan seria en que su sentido del humor se cruzaba con una visión tan penetrante de lo que nos hace humanos, lo que nos tiene encadenados, lo que nos podría salvar.

Con eso me quedo de Matta hoy, en el centenario de su nacimiento: la certeza de que el hombre que me mostró aquellas obras ecológicas, el hombre que deslumbró al mundo con sus pátinas de locura y que todavía nos deja boquiabiertos en tantos museos, ese hombre, al final de cuentas, seguía teniendo adentro el adolescente revoltoso que no quiso aceptar las reglas del juego cuando era joven y que las rompió una y otra vez y otra vez más hasta el último día de su vida indócil y danzante.

Artículo original en Página/12

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