Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La victoria como una agonía


Por MANUEL VICENT (El País)

Se juega al fútbol solo para ganar, la portería contraria ocupa todo el horizonte, a este mundo se ha venido a meter en ella el balón a como dé lugar y no a otra cosa, con un férreo determinismo. Mourinho ha transferido siempre este gen agresivo a todos los equipos que ha entrenado, al Oporto, al Chelsea, al Inter, al Real Madrid. Aplastar al adversario, grande o pequeño, lo mismo da, esta es su filosofía.

Campeones o nada. La voluntad es la victoria. Este preparador cuida a sus jugadores con el orgullo del propietario de una cuadra de caballos de pura raza, a los que mima, cepilla y acaricia en el picadero y luego les obliga a galopar hasta la agonía en la cancha, y cuando los releva durante el partido, si se han portado bien, les da un terrón de azúcar en la banda antes de mandarlos a la ducha.

Es un profesional con un talento fuera de lo común, pero una oscura insatisfacción parece devorarle por dentro, su obsesión por ser el primero en todo. Se ha impuesto batir un récord y alcanzar una extraña meta que solo está en su espíritu, y para conseguir este propósito su ego no halla sosiego hasta que la empresa y el equipo no se ponen al servicio de su ambición. Mourinho tiene una doble personalidad: en los entrenamientos es el paciente y bondadoso Doctor Jekyll; en las ruedas de prensa, de cara al público, es el atravesado y malevo Mister Hyde. Durante los entrenamientos ejerce sobre los jugadores una disciplina militar atemperada por la proximidad afectuosa y protectora del psicólogo, que atiende el estado de ánimo de cada uno, la neurosis particular de estos caballos de carreras, la ansiedad que les rompe el diafragma. El vestuario suele ser un nido de alacranes millonarios con el cráneo sembrado de púas con gomina, que manejan ferraris y tienen novias detonantes. Allí Mourinho somete la ambición de cada uno a la dictadura del minutaje sin permitirse una duda.

Mourinho nació en Setúbal, hace 47 años, aunque no parece portugués. Ni tiene saudade ni vuelve nunca la cabeza atrás. Fue en sus tiempos de juventud un jugador mediocre, un futbolista de tercera clase, pero sabía inglés y eso fue suficiente para que Bobby Robson, entrenador del Oporto, lo llamara a su lado. Del Oporto pasó al Barça como traductor del mismo preparador. Parecía un humilde tirillas con una libreta en la mano. Nadie sospechó entonces el fuego que este portugués llevaba dentro. Allí se cruzaron las biografías de Mourinho y de Guardiola.

La frustración puede ser un motor de mucha potencia. Guardiola sustituyó su físico nada atlético por el poder de su mente en el campo; concibió un estilo de juego apropiado a sus escasas facultades para que corriera más el balón que el jugador. Mourinho, en cambio, sublimó sus carencias como jugador hasta transformarlas en dotes de mando. Puesto que no sabía jugar al fútbol, trató de apoderarse del alma de los jugadores estrella, de los atletas superdotados, para inocularles su voluntad y realizar a través de ellos todos sus vanos sueños. Podía ser el número uno sin necesidad de tocar el balón.

En la banda, este Mister Hyde, en medio de una reyerta le metió el dedo en el ojo a un directivo del equipo del Barça, un gesto de muy baja ley, casi carcelario, solo instigado por el placer de la provocación. Con un castellano entreverado de portugués, como sorbido entre dientes, trata siempre de encrespar los ánimos en las ruedas de prensa. Quiere también para él todo el odio de los enemigos del Real Madrid. Esa agresividad es un antídoto que el equipo necesita para tener siempre en guardia todos los anticuerpos. Antes de saltar los jugadores al campo, Mourinho los cepilla como si fueran purasangres y les transfiere este mensaje subliminal. Corred hasta que se os reviente el corazón, aplastad al adversario hasta la humillación, buscad la victoria como una agonía y solo de esta forma seréis campeones y me ayudaréis a ser siempre el primero, el número uno, el vencedor.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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