Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Secretos de oligarcas

Por WALTER OPPENHEIMER (El País)

El juicio que enfrenta en Londres a Borís Berezovski y Román Abramóvich, magnates rusos del petróleo, destapa un mundo oculto de chantajes, favores y muertes sospechosas.

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Se conocieron en un yate en el Caribe en 1994. Durante años hicieron negocios juntos, pero todo cambió con la llegada del nuevo siglo. Sus caminos se separaron y con el tiempo creció entre ellos el odio y el desprecio mutuo. El divorcio definitivo se está dirimiendo estos días en el Tribunal Comercial de Londres, con los mejores espadachines de la plaza defendiéndoles con la más eficaz de las defensas: el ataque. No es una historia de amores contrariados, es la historia de dos oligarcas, gente que se hizo millonaria de la nada con el cambio de régimen en la extinta Unión Soviética. Es la historia de la extraña relación que unió y separó a Borís Berezovski y Román Abramóvich.

No era esta una relación de pareja, sino de padre e hijo. O más bien de padrino y ahijado. Borís Abramóvich Berezovski ya era un oligarca y cada vez cortaba más bacalao en el Kremlin cuando se cruzó en su vida Román Arkadievich Abramóvich. Empezó a cimentar su fortuna en los años de la perestroika de Mijaíl Gorbachov. En 1989 fundó una empresa de automóviles junto a Badri Patarkatsishvili, un georgiano de aspecto algo extravagante al que a partir de entonces quedaría asociado y cuya sospechosa muerte en su mansión inglesa en 2008 no deja de planear estos días como un fantasma por el Tribunal Comercial de Londres.

Berezovski empezó con los coches -con la fórmula infalible en aquella época de comprar a precio ruso y vender a precio occidental- y consolidó dinero e influencia política con los medios, sobre todo la televisión, antes de dar el triple salto mortal de entrar en el negocio que de verdad ha hecho hipermillonarios a tantos oligarcas rusos, y desde luego también a Abramóvich: el petróleo y el aluminio.

Todo el embrollo legal de estos días gira en torno a la reclamación de Berezovski de que Abramóvich le forzó a vender a bajo precio su participación en Sibneft, la sexta petrolera rusa, de la que ellos dos y Patarkatsishvili -o “Roma, Borya y Badri”, como les llamaban entonces a los tres- tomaron el control entre 1995 y 1997 gracias las privatizaciones impulsadas por el entonces presidente Borís Yeltsin. Se aprovechó, dice Berezovski, de que su caída en desgracia en el Kremlin le obligó a abandonar Rusia. Berezovski sostiene que Abramóvich le obligó a vender por 1.300 millones de dólares (940 millones de euros) unas acciones que valían muchísimo más, con la amenaza de conseguir que el entonces presidente Putin se las expropiara.

Quizás la diferencia entre Borís y Román es que a Berezovski no solo le interesaba el dinero, sino también la política. Y eso le convirtió en un peligro para Putin, el hombre elegido por Yeltsin para sucederle en la presidencia de Rusia. Describiendo el creciente enfriamiento de las relaciones entre Putin y Berezovski, la periodista Pilar Bonet escribía en marzo de 2000: “Berezovski entra y sale del Kremlin a su antojo, pero Putin relativiza sus relaciones con él. Asegura reunirse con el empresario menos de una vez al mes y por iniciativa de este. El presidente atribuye ‘una viva inteligencia y muchas propuestas’ a Berezovski, pero considera ‘irreales e ineficaces’ sus propuestas sobre Chechenia”. Una descripción que se asemeja al medio cumplido que le ha echado estos días Román a Borís, al que ha definido como “brillante pero inconsistente”.

Desde que se conocieron en 1994, Borís y Román han cambiado los papeles. Borís ha pasado de poderoso oligarca, componedor de conglomerados industriales, intermediario con los caudillos chechenos y hombre de confianza del Kremlin a un exiliado en Londres, con la cabeza casi siempre en Moscú y aparentemente no muy lejos de agotar su fabulosa fortuna. Y Román ya no es aquel muchacho de aspecto extrañamente tímido y mofletes regordetes, sino un multimillonario perfectamente integrado en la jet-set global que cura sus ansias narcisistas como propietario del Chelsea Football Club y dejando que el mundo se muera de envidia admirando a su hermosa pareja y haciendo cuentas sobre cuántos yates y cuántas mansiones tiene desparramados por el mundo.

Pero la gloria puede ser efímera en el mundo global del siglo XXI y a veces parece que para Borís Berezovski el juicio de Londres no tiene solo el objetivo del dinero, sino la destrucción de esa imagen glamourosa que Abramóvich ha ido construyendo paso a paso, tan lejana a la del joven anodino, aunque probablemente ya millonario, al que un político ruso confundió con un camarero en una recepción de la hija de Borís Yeltsin.

Las dos partes han elegido el ataque como arma defensiva, pero han de hacerlo con cuidado para no incriminarse a sí mismos. La tesis de Borís es que Román es un discípulo que se convirtió en amigo y al que ayudó en la vida como se ayuda a un hijo. La de Román es que Borís era un cacique de la época al que se acercó para obtener su protección política y física, y que en la relación entre ambos nunca hubo amistad: solo intereses compartidos. Y que si le pagó lo que le pagó no fue para comprar sus acciones, sino para pagar la protección que le había dado. Y, aunque no lo ha dicho así, si le dejó de pagar es porque pensó que Berezovski ya no era ni útil ni peligroso.

Para el resto del planeta, el juicio significa una inesperada ventana abierta a un mundo que solo se ve en las películas, lleno de reuniones mafiosas en lugares paradisíacos o en lugares apartados y alejados de la chusma en los que los ricos se citan para verse sin perder el tiempo, como un helipuerto o ese aeropuerto parisiense para nuevos y viejos ricos en que se han convertido las instalaciones de Le Bourget, donde solo aterrizan aviones privados de la jet-set.

Un mundo tan alejado de la realidad, de la vida cotidiana, que las cifras que se manejan son estratosféricas. Berezovski le reclama a Abramóvich casi 4.500 millones de euros. Este dice que le ha pagado a Berezovski más de 1.800 millones de euros por sus contactos y porque le daba “protección política y física”, pero todo eso “no era bastante para él”. “Nuestra relación de negocios ya se había acabado y él seguía tratándome como su vaca lechera y esperaba que cubriera todos sus gastos”, se queja Román.

En su primer día de declaración en el juicio, el lunes pasado, Abramóvich intentó presentarse como una persona modesta que se ha ganado lo que tiene “trabajando duro”. Hijo de judíos lituanos que se vieron forzados a trasladarse al norte de Rusia, Abramóvich se quedó huérfano siendo un niño, se crió con unos parientes y admitió que nunca acabó sus estudios secundarios, aunque también aseguró que se diplomó en leyes por correspondencia.

Los orígenes de su inmensa fortuna siguen siendo oscuros. Aprovechó el dinero que les regaló su suegro cuando se casó con su primera mujer para invertirlo en el mercado negro. Con esas ganancias fundó un negocio de juguetes de plástico. Y de ahí saltó sin red al mundo de las privatizaciones, el petróleo y el aluminio, en operaciones de cientos de millones de dólares.

Hay ahí un inquietante vacío que el abogado de Berezovski, Laurence Rabinowitz, intentó llenar con puro veneno al mostrarle a Abramóvich un papel con unas notas manuscritas de Stephen Curtis, el brillante abogado que ideó el entramado fiscal de otro oligarca caído en desgracia, Mijaíl Jodorkovski, y que murió en un sospechosísimo accidente en su propio helicóptero en marzo de 2004, apenas unos días después de que alertara a unos amigos de que temía por su vida. La nota se tomó en 1995 durante una reunión de Curtis con Abramóvich y uno de sus socios de la época, Eugene Shvidler, y contenía palabras como “UAE” (Emiratos Árabes Unidos), “Angola”, “tanques”, “recambios MIG” (el célebre avión de caza soviético).

“¿Estaba usted metido en el comercio de armas en 1995?”, le preguntó Rabinowitz a Abramóvich. “Nunca estuve en el comercio de armas. En la Federación Rusa, el comercio de armas es una prerrogativa del Estado y solo del Estado”, respondió el oligarca.

En otro momento, Rabinowitz recordó que Abramóvich había sido investigado en 1992 por fraude en torno a un cargamento de combustible diésel, a lo que este respondió que se trató de un malentendido y que el caso se retiró sin que llegara a ser acusado. El abogado aludió en otro momento a la sospechosa muerte, “en circunstancias difíciles… ahogado”, del gerente de una refinería de petróleo que se oponía a la entrada de Abramóvich en la compañía.

También Abramóvich ha intentado hurgar en el armario del pasado de Berezovski para insinuar que tiene las manos manchadas de sangre. Aunque sin citar a su antiguo padrino, dio pábulo a los rumores de que el tercer oligarca del grupo, Patarkatsishvili, fue asesinado. En la larga declaración escrita que ha presentado al juez, Abramóvich asegura que el georgiano le llamó un día muy agitado y le pidió cita para contarle personalmente algo muy importante. Al día siguiente se desplomó, muerto, en su mansión cerca de Leatherhead (Surrey), en febrero de 2008.

Abramóvich ha acusado directamente a su rival de tener conexiones con gánsteres chechenos e incluso ha asegurado que fue él, y no Berezovski como todo el mundo cree, quien ayudó a liberar a dos británicos secuestrados en Chechenia en 1997 pagando su rescate. También ha intentado echar mierda sobre su rival al asegurar que era muy “reacio” a entrar en el negocio del aluminio porque en esa industria se asesinaba a alguien cada tres días, como dando a entender que Berezovski nunca tuvo esos escrúpulos.

Curiosamente, aunque niega que fueran socios en la polémica compra de Sibneft, sí atribuye a Berezovski un papel clave para el éxito de la operación. “Si no hubiera sido por el señor Berezovski nunca podríamos haber participado en aquella subasta”, ha reconocido. “Comparado con el señor Berezovski, yo no era nadie”, ha dicho. Pero insiste en que Berezovski no tenía acciones de la compañía que él vendió después por 13.000 millones de dólares (unos 9.400 millones de euros).

Y ha negado también el significado de unas palabras suyas en una reunión que tuvo en diciembre de 2000 en un salón del aeropuerto parisiense de Le Bourget con Berezovski y Patarkatsishvili, que fue grabada y cuya transcripción forma parte de los documentos del juicio de Londres. En esa reunión, en una época en la que Berezovski ya tenía problemas con Putin, discuten su participación en el 50% de Rusal. Berezovski dice que habría que legalizar esa participación. Para Berezovski, eso significa reconocer sus acciones en la compañía. Para Abramóvich, clarificar las comisiones que le corresponden a Berezovski.

“No podemos hacer nada con el aluminio”, dice Abramóvich, según la versión publicada en su día por The Sunday Times. “¿Por qué no?”, le pregunta Berezovski. “Porque nosotros solo tenemos el 50%”, replica Abramóvich. “La otra parte tiene que estar de acuerdo”. Cuando en el tribunal le han preguntado esta semana por qué dice “nosotros” en lugar de decir “yo”, se ha amparado en el plural mayestático. “Siempre digo nosotros. No me gusta decir yo”, ha explicado.

Román Abramóvich ha hecho gala de una sorprendente tendencia a la modestia en un hombre al que Forbes atribuía en marzo pasado una fortuna de 13.400 millones de dólares. En su declaración en el Tribunal Comercial de Londres, Abramóvich se ha declarado sorprendido por el “estilo de vida” que llevaba Berezovski cuando le conoció.

Un comentario chocante para un hombre que en ese mismo juicio ha dicho entre risas que no sabría decir si uno de sus socios en los negocios es rico porque “es para mí muy difícil decir cuándo una persona es rica y cuándo no es rica”. Un hombre que tiene un yate tan grande que no le permiten atracarlo en el puerto de Mónaco; que dispone de un ejército privado para protegerle; que entre otros aviones privados tiene un Boeing 767 y un Airbus A-340; que tiene docenas de coches y casas por medio mundo; que no solo le ha montado una inmensa galería de arte en Moscú a su compañera del momento, Dasha Zukova, sino que en 24 horas se gastó 86 millones de dólares (62 millones en euros) en un cuadro de Francis Bacon y 34 millones (unos 24 al cambio en euros) en uno de Lucien Freud; y que después de asistir a un partido en un palco del Manchester United decidió que quería comprarse un equipo de fútbol y se compró el Chelsea.

El abogado Rabinowitz le recordó algunas de sus propiedades inmobiliarias, desde su inmensa casa de Knightsbridge, en el centro de Londres, a su finca de West Sussex o su castillo francés que en su día perteneció a los duques de Windsor, antes de preguntarle cuándo adoptó ese estilo de vida. “Creo que cuando compré el Chelsea eso tuvo un impacto significativo en mi modo de vida”, admitió Román Abramóvich.

Artículo original en ELPAÍS.com

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