Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Sarah Palin, el triunfo de la banalidad


Por JOHN CARLIN (El País)

La frívola competencia entre los aspirantes republicanos a la Casa Blanca no se entiende sin tener en cuenta lo bajo que dejó el listón la excandidata a la vicepresidencia.

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Échenle la culpa a Sarah Palin. Y a los barones del Partido Republicano que decidieron que, llegado el caso, sería una digna presidenta de Estados Unidos. Nunca el espectáculo que presenta la política norteamericana ha sido más banal; y nunca -o al menos desde la Segunda Guerra Mundial- el país más potente del mundo ha estado más necesitado de un liderazgo serio y eficaz. Los debates televisados en los últimos dos meses entre los candidatos republicanos a la Presidencia han sido, todos, ejercicios en comedia negra, competiciones para ver cuál de ellos puede frivolizar aún más la relación de Estados Unidos con el resto del mundo o la desesperante situación económica en la que se encuentra un creciente porcentaje de ciudadanos. Jamás el nivel fue tan bajo. Comparado con Rick Perry, Herman Cain, Michelle Bachmann o Mitt Romney, el ridiculizado George W. Bush es un Kennedy, Churchill, un Franklin Delano Roosevelt.

No hubiera sido posible sin Palin. Su candidatura a la vicepresidencia en las elecciones estadounidenses de 2008 -y tan lejos de ganarlas no estuvo- dio fuerza literal a aquella trillada frase de que “cualquiera” puede llegar a la Casa Blanca. Ser ignorante, ser incapaz de decir cuatro palabras sin caer en un error gramatical, sucumbir al reductio ad absurdum como respuesta reflexiva a los grandes dilemas de nuestros tiempos: estos eran los atributos que definían a la candidata Palin y que hoy se han convertido en virtudes necesarias para aquellos que pretenden presentar una alternativa al desprestigiado mandato de Barack Obama (una encuesta de The New York Times el mes pasado indicó que el 89% de los estadounidenses no tiene fe en el Gobierno) en las elecciones presidenciales de 2012.

Palin marca un hito en la historia de Estados Unidos; quizá algún día su irrupción e instantánea celebridad sea visto como “el momento en que el declive y caída del imperio se volvió inevitable”. Quizá también se la llegue a ver como emblema de la visión que más y más gente en el mundo occidental -no solo en Estados Unidos y no solo los indignados- tiene de los políticos, como gente cuyo supuesto altruismo patriótico es un disfraz detrás del cual se esconde el objetivo real de nutrir sus egos e inflar sus cuentas bancarias.

Abundan los libros y los artículos de prensa sobre el fenómeno Palin, pero nada más revelador o ameno que un documental recién estrenado en Londres para aquellas futuras generaciones que quieran comprobar la locura en la que la especie cayó a principios del siglo XXI. El director es un galardonado británico llamado Nick Broomfield, inventor de un estilo descaradamente intrusivo con sus personajes (anteriores a Palin: Margaret Thatcher, Kurt Cobain, Eugène Terreblanche) que ha sido imitado, entre otros, por Michael Moore. La respuesta inmediata al documental, filmado casi todo en Alaska, la tierra natal de Palin, es la risa; pero, al final, con lo que uno se queda al digerir lo que hubiera significado su aterrizaje en la Casa Blanca (donde podría aún, algún día, llegar) son escalofríos de terror.

El comienzo de la película nos recuerda aquella entrevista de la NBC durante la campaña presidencial en la que le preguntaron a la posible futura comandante en jefe de unas Fuerzas Armadas que operan en los seis océanos, y un arsenal nuclear capaz de acabar con la vida humana en el planeta Tierra, sobre sus conocimientos del resto del mundo, específicamente sobre aquel otro país cuyos misiles también podrían destruirnos a todos.

“Son nuestros vecinos de al lado”, explicó Palin. “Podemos ver Rusia desde la Tierra aquí en Alaska”. Cuénteme, prosiguió la entrevistadora, cómo demuestra esto que usted está capacitada para tratar asuntos de política exterior. “Mientras Putin alza la cabeza y entra en el espacio aéreo de los Estados Unidos de América, ¿adónde van? A Alaska”.

La incompetencia verbal en la respuesta no logró convencer a 59.934.814 estadounidenses (o 45,7% de los votantes) de que sería un dudoso plan votar por Palin y por John McCain, el anteriormente serio y espectacularmente irresponsable candidato presidencial que optó por ella como su número dos. Lo importante era que Palin (que sacó el primer pasaporte de su vida unos meses antes de las elecciones) era ignorante sobre el mundo (pensaba que África era un país, no un continente), creyente en el más allá, decididamente anti-intelectual, patriota fervorosa, lo suficientemente atractiva como para ser digno ejemplo de emulación por las mujeres u objeto de secreta fantasía sexual para los hombres (“el adulterio del corazón”, al que se confesó proclive una vez Jimmy Carter) y -ante todo- una madre de familia estadounidense con la que el pueblo se quiere identificar; es decir, una mujer amable, risueña, buena gente.

Lo que demuestra el documental de Broomfield de manera contundente es que ni esto es verdad; que más allá de sus carencias intelectuales, Palin, desde cualquier punto de vista, es una mala persona. Por recurrir a una frase frecuente en las series de televisión estadounidenses, es la vecina del infierno, la mezquina que se pelea con todo el mundo, la mujer obsesionada por las pequeñeces, envenenada y rencorosa, cuyo ánimo de venganza es insaciable.

Broomfield descubrió en Wasilla, el pueblo natal de Palin (población de 8.000 habitantes), del que acabó siendo alcaldesa, que los ciudadanos se dividían entre aquellos que la adoraban (en muchos de los casos miembros de su Iglesia, la Asamblea de Dios) y aquellos que la veían como el 54,3% de los americanos que votaron en su contra en 2008. Solo que para hablar en su contra, ante la Cámara, requería el valor casi de un habitante de la Unión Soviética en tiempos de Stalin. Tras dos meses en Wasilla, Broomfield encontró a media docena de valientes (uno de ellos un homosexual, grupo especialmente repudiado por los palinistas) dispuestos a discrepar públicamente de Palin, pese a que todos ellos contaron que hacerlo había provocado siempre un aluvión de amenazas telefónicas de muerte. La única compañera suya de colegio dispuesta a abrir la boca vive -Broomfield la fue a buscar- en Alejandría, Egipto.

Cuanto más poder acumulaba, más vengativa se volvió. Nada más llegar a la Alcaldía de Wasilla, despidió a una antigua rival, la mujer encargada de la biblioteca municipal; al ganar el cargo de gobernadora de Alaska su obsesiva y principal misión consistió en intentar despedir a un policía que se había divorciado de su hermana, y después a despedir al jefe de policía del Estado por negarse a hacerlo. Se peleó con un colaborador tras otro, incluso algunos que habían sido especialmente fieles a ella como su vecino, antiguo amigo y jefe de su campaña electoral, John Bitney, al que describe en su autobiografía como “un tipo incapaz de evitar que se le caiga la comida en la corbata”.

Bitney, uno de los que -teniendo ya poco que perder- se atrevió a hablar en el documental, dice de ella: “Es una sociópata. Nada de lealtad. Ningún sentido de compasión. Un día estás con ella; el siguiente, fuera. Y no fui solo yo. Lo he visto con muchos otros… Si te acercas a ella, ¡ten cuidado!”.

John McCain, con cuya esposa e hija mayor Palin se acabó enemistando a muerte, se dio cuenta demasiado tarde de cómo era la mujer que eligió como compañera de armas. Steve Schmidt, uno de los asesores principales de McCain en la campaña de 2008, confiesa en el documental el error que se cometió. “Es una persona extraordinariamente proclive a crear divisiones entre las personas”, dice Schmidt. “Es profundamente deshonesta… Se vuelca contra la gente que se compromete con ella y se pelea con ellos, les ataca, les convierte en sus cabezas de turco. Esta es una persona que en determinado momento se encuentra en el medio de 30, 40, 50, 60 vendettas diferentes. La idea de que esta es la personalidad de alguien que aspira a la Presidencia de Estados Unidos me da escalofríos”.

Tras flirtear largo rato con sus devotos en el Tea Party con la idea de que se presentaría para las elecciones del año entrante, Palin anunció en el verano que no lo haría. No esta vez. Todavía tiene mucho tiempo, ya que solo tiene 47 años, y además, como varios comentadores políticos estadounidenses han observado, si el nivel de candidatos republicanos sigue a la baja -si surgen más Perrys, Bachmanns y Cains- podría llegar el día en el que ella fuese considerada como una aspirante relativamente seria y experimentada.

Mientras tanto, el flirteo con la candidatura le ha generado mucho dinero, ayudándole a vender su autobiografía, publicada hace un año y por la que recibió un adelanto de siete millones de dólares. A eso se suma las cantidades estratosféricas que recibe por dar conferencias y el sueldo anual de tres millones de dólares que recibe de la Fox News, el canal de televisión de Rupert Murdoch, como “experta” opinadora política. Se erige en defensora de las masas, se proyecta ante sus fieles como la Evita Perón estadounidense, pero en realidad lo que hace -al menos cuando se entiende lo que está diciendo- es defender a los ricos como ella. Estados Unidos es un país en el que las 400 personas más ricas tienen más dinero que los 150 millones de personas menos ricas (es un hecho comprobado), pero cuando se le preguntó en Fox News hace un par de meses qué opinaba de la propuesta de Obama de subir los impuestos a los ricos, Palin respondió acusando al presidente de querer iniciar “una lucha de clases”. Palin explicó lo que quería decir utilizando frases tan incoherentes que daba vergüenza ajena oírla y acabó su argumento con la alegre afirmación de que Obama “subestimaba la sabiduría del pueblo americano”.

Homer Simpson pasaría por un intelectual si participara en los debates de los actuales candidatos a la Presidencia republicana, los cuales presumen (porque eso es lo que la Tea Party admira) de su ignorancia en política exterior. A diferencia de Palin, que al menos intentaba dar la impresión, a su torpe manera, de que algo sabía. Lo más aterrador de todo es que no puede estar muy lejos el día en que, del mismo modo que hoy George W. Bush parece un coloso al lado de los aspirantes republicanos a la Casa Blanca, Sarah Palin lo parezca también.

Artículo original en ELPAÍS.com

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Archivado en: Columnas +, ,

One Response

  1. […] hasta Estados Unidos tiene ya bastante de qué hacerse cargo. Si no lo cree, lea “Sarah Palin, el triunfo de la banalidad”, de John Carlin, y luego volvemos a […]

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