Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Crisis y gobernabilidad

Por MARIO MARCEL (La Segunda)

El desarrollo requiere creatividad, energía y dinamismo. ¿Creemos realmente que con una generación de jóvenes más frustrada que la anterior vamos a lograrlo?

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Muchas veces escuchamos decir que en toda crisis hay una oportunidad. Este cliché puede ayudar a los responsables a pedir una segunda oportunidad u ofrecer esperanzas a quienes sufren sus consecuencias, pero entre un cliché y la realidad hay una enorme distancia. Para transformar una crisis en oportunidad se necesita inteligencia, creatividad y audacia. Cuando se trata de una crisis económica o social, se requiere además gobernabilidad.

Si la magnitud de las oportunidades dependiera del tamaño de las crisis, el actual desafío sería gigantesco. La magnitud de esta crisis se prueba en su capacidad para extenderse y transformarse como un virus rebelde. Lo que llama la atención hoy día ya no es la prolongación de la crisis, sino cómo se pudo creer en algún momento que ésta sería de corta vida. Hoy parece lejano el tiempo en que se creía que la compra de activos tóxicos iba a salvar a Estados Unidos, cuando muchos países se creían inmunes o blindados contra la crisis y nadie hablaba de Grecia. Desde entonces hasta ahora se ha transitado del keynesianismo al conservadurismo fiscal, del liderazgo a la parálisis, todo ello sin que se vislumbre cuál es la oportunidad que se está aprovechando.

Esto ha ocurrido en buena medida porque la magnitud de la crisis se ha subestimado sistemáticamente y porque los países han pasado de un plan a otro, a veces sin más convicción que la presión de los mercados y la necesidad de mostrar acción. El costo político que han pagado los gobiernos que presidieron el inicio de la crisis ha elevado el precio de tomar decisiones difíciles y asumir responsabilidades. Todo ello ha dejado una larga lista de tareas sin completar. Hoy en día se busca más el respiro que la oportunidad y se valora más la sobrevivencia que el éxito.

No es raro entonces que ya se plantee que detrás de la actual crisis hay un preocupante déficit de gobernabilidad. Así como en sus inicios la crisis desnudó las debilidades de la regulación financiera, ésta hoy revela la falta de mecanismos para la coordinación económica en la zona del Euro y quizás mañana lo hará respecto de la polarización política en Estados Unidos. Este déficit de gobernabilidad no es simplemente una cuestión de liderazgo. No se trata de comparar a Merkel con Kohl o Cameron con Churchill. Los líderes de hoy tienen que enfrentar desafíos de la globalización y de la sociedad de la información que sus predecesores jamás imaginaron.

Los grandes líderes de la historia florecieron en una etapa de apogeo del estado nacional y aprovecharon las asimetrías de la información respecto de sus pueblos para hacer política. A medida que los límites nacionales se han ido borrando y que la gente accede masivamente a la información, muchas veces provista por redes sociales, se va haciendo claro que ejercer el poder hoy día significa convencer más que mandar, convocar antes que excluir. Y esto cuesta mucho aprenderlo.

Estos contrastes ilustran en buena medida que la gobernabilidad no es el ejercicio de la discrecionalidad de la autoridad, ni la disciplina. ni el caudillismo, sino la capacidad para escuchar, dialogar y generar acuerdos duraderos. La gobernabilidad no depende sólo del liderazgo sino también de las instituciones y éstas no se miden en su inmovilidad, sino en su capacidad para cambiar y responder a los cambios sociales. La gobernabilidad es lo que transforma la energía en movimiento, la diversidad en creatividad, el conflicto en soluciones. La gobernabilidad es, en definitiva, lo que traduce una crisis en una oportunidad. Hoy muchos se solazan contemplando los problemas de la eurozona, pero si ésta es capaz de generar mecanismos efectivos para coordinar su política fiscal y tener una política monetaria, será un bloque mucho más fuerte que antes. Si los gobiernos aprenden a ejercer el poder con mayor transparencia y a usar las modernas tecnologías para escuchar a la gente e involucrarla en las políticas públicas aumentarán considerablemente su prestigio y legitimidad.

Chile se ha logrado mantener razonablemente al margen de la crisis con un muro de reservas, un precio del cobre en las nubes y una baja deuda pública. Hoy día eso vale mucho, pero no hace a Chile inmune a una crisis internacional ni garantiza la calidad de nuestras políticas. ¿Estamos entonces aprendiendo algo de la crisis internacional? Desde afuera no sólo se observa en Chile escasa actividad en materia de reformas sino poco debate en términos de los límites a la eficiencia de los mercados y cómo mejorar el sistema regulatorio, por ejemplo.

¿Y cómo va la capacidad para resolver nuestras propias crisis? Aunque éstas han abundado en los últimos años, pareciera que los métodos para enfrentarlas no han cambiado en mucho tiempo. Por décadas Chile se ha gobernado en base a la centralización, la concentración del poder y el ejercicio de la autoridad, a veces con buenas intenciones y liderazgos visionarios, otras veces no. Pero, ¿creemos realmente que sobre estos pilares se va a construir un país desarrollado del siglo XXI? ¿Cómo creemos que va a sobrevivir esta estructura a las demandas por transparencia y movilidad de una clase media emergente? El desarrollo requiere creatividad, energía y dinamismo. ¿Creemos realmente que con una generación de jóvenes más frustrada que la anterior vamos a lograrlo?

Chile está lejos del centro de la crisis económica, pero sí en medio de un torbellino de conflictos sociales y políticos en los que repetidamente sus instituciones no han dado el ancho y respecto de lo cual nadie parece estar haciendo nada. Con esto no debería sorprendernos que Chile tenga el mayor retroceso en América Latina en la proporción de las personas que considera que el país está progresando, deslizándose desde el tope a la mitad inferior del ranking latinoamericano.

El problema de gobernabilidad de Chile no se mide por el número y magnitud de sus conflictos, sino por su dificultad para resolverlos. La participación en foros internacionales debería servir para reflexionar sobre la necesidad de adelantarse a los hechos, construir mejores instituciones y fortalecer la gobernabilidad antes de que sea demasiado tarde. Quizás esa es la verdadera oportunidad de Chile.

Artículo original en Blogs | La Segunda

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