Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Encandilados en Chile


Por RAFAEL GUMUCIO (El País)

La crisis de la educación que enfrenta al Gobierno de Sebastián Piñera y a los estudiantes parece haber llegado a un punto muerto.

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Un sentimiento de desaliento recorre las conversaciones chilenas en este comienzo de primavera. Después de cinco meses de protestas estudiantiles, tanto a nivel universitario como escolar, la mesa de diálogo entre los estudiantes y el Gobierno se rompió al negarse este cerradamente a la idea de una educación superior gratuita para todos. Muy pocos días antes de volver a sentarse a la mesa, el Gobierno mandó al Congreso un proyecto de ley que les prometía penas de cinco años de cárcel a los estudiantes que toman colegios o cortan el tránsito vehicular. Estas dos actividades, y otras más violentas, se intensificaron a niveles nunca vistos en un conflicto donde parecíamos ya haber visto todo.

¿Qué pensar? ¿Qué decir? ¿Hacia dónde avanzar? El presupuesto nacional que se discute esta misma semana incrementa los fondos de educación con una timidez que poco responde a las exigencias estudiantiles. Exigencias que, conforme pasa el tiempo, se van haciendo más imperativas: del fin del lucro en la educación se ha pasado a exigir gratuidad absoluta en todo el sistema de educación. Las rejas de los colegios llevan cinco meses erizadas de sillas que les hacen parecer campos de cactus. La ministra de Trabajo, Evelyn Matthei, cree que tendremos que acostumbrarnos a ver todos los jueves a los estudiantes marchando en la Alameda.

Quizás lo que más preocupa es la resignación con que el Gobierno parece dispuesto a asumir su impopularidad (el presidente llegó al 30% de aprobación en una reciente encuesta de Adimark), con que parece dispuesto también a aceptar y hasta fomentar la radicalización de las tomas y las manifestaciones, con tal de no ceder en lo que le parece esencial: la idea de que la educación es un bien de consumo que se puede subvencionar pero nunca dirigir o controlar, un credo firme e inamovible en un Gobierno que fue elegido justamente por la flexibilidad ideológica de su presidente, un hombre de derecha con un pasado democristiano que alardea de haber votado por el no a Pinochet y de querer continuar con las políticas de protección social de la presidenta Bachelet.

Apostando, como ha apostado todos esos meses, a la exasperación de los padres ante sus hijos sin matrículas y becas para el próximo año, el Gobierno ha visto impávido despertar su más temido fantasma, el populismo pinochetista. Un reclamo por una autoridad fuerte que obligue a los estudiantes a cortarse el pelo y estudiar, que llevó al alcalde de la comuna de Providencia, excoronel del Ejército Cristian Labbé y amigo personal de Pinochet y su familia, a entrar con las fuerzas policiales a los colegios y dar por clausurado el año escolar y amenazar a los matriculados de otras comunas que estudian en Providencia, un barrio de clase media alta, a que no tendrán cupos, a pesar de que estos alumnos consiguieron sus cupos, por exigentes exámenes, a los colegios en cuestión. El Gobierno se apresuró en lamentar estas declaraciones para luego lanzar un proyecto de ley que recogía muchas de las preocupaciones de Labbé.

Piñera parece dispuesto a ser el Gadafi de la educación privada chilena. Dispuesto a vivir años de tormenta y dudas para conservar no solo el sistema educacional sino el político, donde una minoría del 30% puede conseguir la mitad de los escaños en el Congreso, y la gran mayoría de los chilenos no están inscritos en los registros electorales. ¿Es posible que un hombre inteligente como el presidente no vea la urgencia de unas reformas que vienen pidiendo los más diversos actores desde las más diversas trincheras? Más que ciego, el presidente parece encandilado por una luz directa y fuerte que lo mantiene inmóvil. El presidente chileno, como el norteamericano, como el español, como el francés, no puede dejar de ver la ola que lo hundirá en un sinfín de espumas y preguntas. ¿Por qué no surfean sobre ella? Quizás porque temen que la ola esconda otra y otra en las que están irreversiblemente llamados a romperse el cuello.

Artículo original en ELPAÍS.com

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