Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Europa es el mal y el remedio


Por BERNARD-HENRI LÉVY (El País)

El autor considera necesarias nuevas cesiones de soberanía: armonización de las reglas nacionales, convergencia de las políticas fiscales y presupuestarias, un gobierno económico común.

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¿La crisis de Europa es la causa o la consecuencia de la crisis financiera actual?

En un sentido, sí, tal vez sea su causa. ¿Acaso la crisis griega no fue, tras el asunto de las subprimes, en 2008, el segundo detonante, el segundo tiempo de ese motor de explosión, la segunda espira de la espiral, el segundo virus -pero europeo, esta vez- de lo que llamamos la crisis? Y, desgraciadamente, quien dice Grecia, ¿no dice también mala entrada en Europa, insuficiencia de los criterios de convergencia que hubieran debido presidirla, fallo de todos los radares, de todos los sistemas de alarma o, parafraseando a Walter Benjamin, de todos los avisadores de incendios de los que Europa se había dotado y que no funcionaron? No se trata, claro está, de llegar a los extremos a los que se aventuraron los señores Cameron y Obama. No se trata de ver en los defectos de gobernanza de la zona euro la principal amenaza que pesa sobre la economía mundial. Pero es evidente que esos defectos de gobernanza han desempeñado su papel y que, más allá del problema griego, el proceso de ampliación, que fue y sigue siendo una de las más bellas utopías de nuestra generación, ha sido mal conducido, produce efectos perversos y contribuye al actual malestar en la civilización.

En otro sentido, por supuesto, es su consecuencia. En efecto, como todos sabemos, la caída de los mercados financieros, el desajuste del sistema bancario occidental, la pérdida total de riqueza que se deriva de ambos (216.000 millones de euros a fecha de 3 de octubre, contando solo los blue chips del CAC 40 francés) y la especulación no solo están acelerando la degradación de Grecia, sino también la de Portugal, Irlanda, España e Italia. Y se empieza a percibir cómo esas degradaciones en cadena podrían hacer que unos escenarios catastróficos que, ayer mismo, parecían cosa de política ficción o de un capricho soberanista lleguen a ser, si no plausibles, al menos imaginables. ¿Fragmentación de la zona euro? ¿Paso a un euro de dos velocidades? ¿Retorno de los egoísmos patrióticos? ¿Repliegue sobre la parcela de los intereses nacionales a corto plazo, mal pensados? Por suerte, todavía no hemos llegado tan lejos. Hasta ahora, la pareja franco-alemana viene esforzándose por conjurar la tentación de lo peor. Pero que lo peor sea considerado, que figure, a título de hipótesis, en los cuadros de mando de la época, que cierto número de personas bienintencionadas comiencen a acostumbrarse a él y a disimularlo, todo esto demuestra que, hoy por hoy, nada es imposible -incluida la agonía de ese gran proyecto europeo que creíamos tan profundamente inscrito en un sentido de la historia abstracto y perezoso que, finalmente, olvidamos trabajar en su inscripción real, concreta, laboriosa, en la historicidad del siglo.

Pero la verdad es sobre todo que Europa, antes de ser causa o consecuencia, debería ser solución. La verdad es que mantener el rumbo de Europa, no retroceder en las conquistas e incluso reactivar la máquina de fabricar más integración y federalismo europeos -¡y no menos!- es la única oportunidad para romper este funesto engranaje, para no caer cada vez más bajo en la desregulación y para no llegar a ser, en todo caso, la zona de depresión de una economía-mundo de cuyo crecimiento ya solo tiren las economías emergentes de Asia y América del Sur, así como, por supuesto, unos Estados Unidos recuperados. ¿Concretamente? En los países más ricos, un esfuerzo de solidaridad, no solo consentido, sino constante (la salida de Grecia de la zona euro sería para todo el mundo, y no hay que cesar de repetirlo, una inmersión en lo desconocido con efectos sistémicos literalmente incalculables). En los países más afectados, un esfuerzo de rigor, no ya aceptado con desgana, por obligación, sino asumido, explicado, secundado por el pensamiento que debería acompañarlo (¿de qué servirían unos planes de austeridad que no vinieran de la mano de un auténtico programa de lucha contra la mala fe y la bribonería que nos condujeron al borde del abismo?). En todos ellos, para terminar, una armonización de las reglas nacionales, una convergencia de las políticas fiscales y presupuestarias, una institución de un gobierno económico común, e incluso de un ministro de Finanzas europeo, una conversión también, a través de los famosos eurobonos, de la deuda continental; en resumen, unas nuevas cesiones de soberanía sin las cuales el caos se sumará a la debacle y la recesión al caos (hay quien sueña con una Europa en la que la quiebra de un Estado miembro no tuviera ni más ni menos consecuencias que la suspensión de pagos de California en Estados Unidos).

Que Europa sea a la vez el nombre del mal y el del remedio, que sea uno de los orígenes de la crisis y el medio para superarla no debería sorprender a aquellos que recuerdan las lecciones de nuestros maestros. ¿No fue la misma palabra, el mismo phármakon, lo que, precisamente en los orígenes de Europa, en esta Grecia que fue su cuna antes de ser su miembro enfermo, designaba el veneno y el contraveneno, la lesión y su tratamiento, la cicuta socrática y el buen vehículo que permitía el acceso a la vida eterna y a la idea, la mala droga y el filtro benéfico? Pues, del mismo modo, hoy, Europa es el nombre de un fracaso provisional y, más que nunca, el de una esperanza.

Artículo original en ELPAÍS.com

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