Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Caminar y mascar chicle


Por HUGO ARIAS V.

El argumento suele aparecer rápidamente en las discusiones. En boca de moros y cristianos, de legos e iniciados, en debates de TV o en conversaciones de sobremesa. Es la razón que esgrimen para frenar (solapadamente) cualquier aumento de gastos quienes están en contra de subir los impuestos para financiar los desafíos de una verdadera reforma a la educación. Y hay que reconocer que, aunque es una trampa, parece de toda lógica decir que: si no se corrigen los problemas de calidad, aumentar el gasto puede significar estar botando la plata a la basura… Como si no se pudiera caminar y mascar chicle al mismo tiempo.

PARÉNTESIS. El otro día, haciendo zapping, me topé en la TV a un ex ministro y ex decano de economía de una importante universidad lanzando al ruedo este mismo rosario a propósito de la educación. Lo más lamentable, quizás, es que este académico afirmaba sus dichos en el hecho de que en la facultad que él había dirigido “había un académico que sistemáticamente salía mal evaluado y no se le podía echar”. Sí, leen bien, armaba su caso con ¡UN académico! CIERRO PARÉNTESIS.

Digo que esto de exigir calidad antes de que aumente el gasto puede sonar coherente, pero que es tremendamente tramposo cuando se discute sobre políticas públicas, cuando se debate desde la perspectiva del bien común y no desde la lógica de un gerente cuya única meta es maximizar utilidades ahora ya.

OTRO PARÉNTESIS. Es ya un lugar común esto de poner como símil de la administración pública a un gerente de empresas, como si cada día la realidad no se encargara de darle con la puerta en las narices a quienes recurren a tan pobre y errada metáfora. FIN DEL PARÉNTESIS.

El hecho que parecen no ver quienes afirman que no se puede caminar si es que el chicle no está bien mascado es que muchos de los problemas de calidad del sistema educacional se solucionan justamente con más gasto y que, por lo tanto, cuando piden lo primero sin dar paso a lo segundo, nos dejan entrampados en una paradoja imposible: no hay más calidad porque no gasto más, pero no gasto más porque no hay más calidad.

¿No es acaso tarea del Estado, que se preocupa por el bien común, romper estos círculos viciosos que nos dejan inmovilizados? Si la lógica del mercado dice que ningún privado tiene los incentivos para meterse la mano al bolsillo y hacerse cargo del problema, es precisamente el Estado el que puede y debe invertir, aunque los retornos se vean en el mediano o en el largo plazo.

Un ejemplo. Si se quiere más calidad en la educación, se requieren mejores profesores. Una manera de tener mejores profesores es tener mejores alumnos en las escuelas de pedagogía (amén de mejorar la enseñanza que en ellas se imparte). Y para que mejores alumnos lleguen a estudiar pedagogía hay que ofrecerles mejores expectativas de sueldo en el futuro. Pero, en la lógica del decano antes citado, a los profesores no se les paga más porque son malos… y los profes son malos, porque no se les paga más. Entonces ¿no podría el Estado empezar a romper este círculo y premiar a los mejores alumnos que ingresan a pedagogía no sólo con becas para estudiar, sino con un bono salarial desde el inicio de sus carreras en las aulas, si es que lo hacen en colegios públicos? Sería un mayor gasto, claro; pero aseguraría mayor calidad y ayudaría, de paso, a “mover” un poco el mercado laboral docente.

Otro ejemplo. Para mejorar la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje se requiere reducir el número de alumnos por sala y el número de horas en aula de los profesores. Les puedo asegurar que con los mismos profes de hoy, pero en mejores condiciones para hacer su pega, la calidad sube de inmediato. Es más calidad, pero exige más gasto. O dígalo al revés: es más gasto, pero gano en calidad. ¿No es este un negocio redondo para el país? ¿Por qué el Estado podría negarse a gastar más en estas condiciones? Y no le digo cómo le subiría el estándar a los colegios subvencionados de dudosa calidad que crecen como callampas por todas partes.

No me cabe duda que los expertos en educación pueden tirar, sin repetir ni equivocarse, otros diez ejemplos a la mesa en menos de lo que usted demora en decir “reforma tributaria”: piense en cobertura de educación preescolar, infraestructura, apoyo a la gestión directiva, capacitación docente, renovación metodológica y curricular y un largo etcétera… puros mayores gastos que van de la mano de la calidad.

Entonces, no me venga (ni el decano, ni el amigo de la sobremesa) con que no se puede caminar y mascar chicle a la vez. Si es cuestión de concentrarse y ponerse serios no más.

Artículo original en El Post

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