Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

No es obvio


Por HUGO ARIAS V.

1. Hay varios por estos días que, en defensa de esa inmensa clase media, piden la reducción del impuesto a las gasolinas. Noble causa, ¿no? Y si además trae votos, mucho mejor. Parece obvio, porque, además, en este país todos se creen de clase media.

Pero ni la clase media es lo que muchos creen ni reducir el impuesto genera los beneficios que algunos pregonan (y a estas alturas uno ya está obligado a creer que lo hacen maliciosamente). ¿Cuántas estadísticas más hay que poner en la mesa para que se termine la cantinela esa de la “gran clase media chilena” y se derrumbe de una vez la pomada del tributo a las bencinas?

Permítame usar dos notas aparecidas en La Tercera, que no es precisamente un diario de “inútiles subversivos”, para argumentar.

La primera es fresquita, aparecida este lunes, y nos muestra (como lo han hecho ya miles de fuentes distintas) que en este país la mayoría de la gente no es de clase media, sino lisa y llanamente pobre. Los de clase media, deben ser, con suerte un 10% y los de ingreso más o menos suculento o derechamente alto no deben llegar ni al 5 por ciento. Citando una encuesta del gobierno, dice el diario que el 60% de los trabajadores chilenos gana menos de $ 250.000. Haga todos los cálculos que quiera (enrábiese, apénese y avergüéncese también), pero le prometo que le va a costar harto encontrar a la clase media en Chile.

La segunda nota es más antigua, pero igual de contundente, y da cuenta de cómo una rebaja del impuesto a las bencinas beneficia a los más ricos del país y, sólo siendo muy generoso, a una cola de la escuálida clase media nacional. “El 86% de los hogares del 10% más rico de la población reporta gastos en gasolina, contra sólo 5,8% de los hogares más pobres. Más aún, el gasto en gasolina del 10% más pobre representa sólo 1,5% de sus ingresos o un 0,2% de sus gastos (para Agostini el gasto del hogar es una medida más exacta de su nivel de ingreso, pues no varía tanto en el tiempo como este último). En contraste, en el decil de más altos ingresos la fracción del gasto en gasolina equivale al 4,2% del total. O sea, el impuesto a las gasolinas tiene mayor incidencia mientras mayor es el ingreso.”

2. Se me viene a la cabeza una historia que le escuché a un conspicuo economista nacional hace algunos años. Decía que antes, hace muchos años, él apoyaba, por ejemplo, que el Estado subsidiara el precio del pan, porque era obvio que eso iba a beneficiar a los pobres. Pero ahora, confesaba, creía fervientemente que dicha obviedad no era tal y que subsidiar el precio del pan significaba traspasar mucho más dinero público a los más ricos del país.

El mismo tipo decía que una obviedad para los economistas más “cuadrados” era que, en vez de gastar millones y millones en apoyar a empresas pequeñas que apenas sobreviven, era mejor, mucho más barato y “eficiente” dejarlas quebrar y enviarle un cheque con ayuda a quienes dependían de ella. Puede ser más eficiente, reconocía, pero, aunque salga más caro, es más sano para la sociedad (y quizás más conveniente económicamente en el largo plazo) apostar por la dignidad del trabajo, por la convivencia y la solidaridad.

3. A veces las cosas parecen tan claras que terminamos perdidos en la más nebulosa de las trampas. Simplemente por creer que todo era tan fácil como parecía.

Es definitivamente jodido pensar las políticas públicas, ¿no?

Artículo original en El Post

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