Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Luchen por Europa


Por SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ (El País)

“Siempre parece imposible, hasta que se hace”. La frase, de Nelson Mandela, fue recordada ante el Parlamento Europeo por el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso. Un poco tarde, habría que decir. Un poco tarde se ha dado cuenta Barroso, y la Comisión, de que su obligación era haber impulsado, sin descanso, una política fiscal y presupuestaria común -sin la que la existencia de la moneda única estaría siempre sometida a enormes tensiones-, y una serie de reformas, políticas y económicas, que dejaran abierta la puerta a la innovación integradora. Un poco tarde ha acudido al Parlamento (que, todo sea dicho, le interrumpió con ovaciones en varias ocasiones) para advertir que la renacionalización que está experimentando Europa es una catástrofe que se pagará muy cara.

Ahora, quizá, ya solo falta que la Comisión reclame el protagonismo y la autoridad que le conceden los tratados europeos y que se niegue a cabecear como un perro de salpicadero ante las presiones, de raíz absolutamente ideológicas, para nada pragmáticas, a las que ha estado, y está, sometida. “La Comisión Europea es la garante de la ecuanimidad”, dijo. Pues bien, ecuanimidad significa carencia de prejuicios, y si de algo ha dado muestras la Unión Europea en esta crisis es, precisamente, de juicios formados de antemano sin motivo.

La Comisión debería reconocer que los prejuicios y la negativa a innovar vienen corroyendo la Unión desde antes de que estallara la crisis financiera y económica, aunque ha sido en este trance de ruina cuando más se han puesto de relieve. Lo más lastimoso es que el proyecto de la Unión Europea, ahora en peligro, es realmente el único que ha supuesto una alternativa, un modelo de organización social y económica distinto del estadounidense, un ejemplo altamente seductor para medio mundo. Europa ha sabido crear un espacio geopolítico alternativo, mostrarse ante la humanidad como una forma de organización social distinta de la norteamericana y despertar la esperanza en un modelo exitoso, basado en compromisos sociales, aceptados no solo por los socialdemócratas, sino también por liberales y conservadores.

Quieres ahora quieren reescribir su propia historia, con un liberalismo ramplón y un conservadurismo ajeno a sus raíces europeas, quienes quieren aprovechar para echar por tierra este modelo y avanzar mezquinamente, por pura convicción y prejuicio ideológico, hacia el modelo norteamericano, tienen una enorme responsabilidad. “La crisis de Europa es una amenaza, una gran amenaza para todo el mundo”, mantiene el profesor brasileño Roberto Mangabeira, “porque pone en peligro una visión más benevolente de la sociedad y de la economía que la que difunde Estados Unidos”.

En la raíz de la crisis está la necesidad de adecuarse a la nueva economía, lo que no quiere decir aceptar su desarrollo ciego y autodirigido, sino conseguir promover el crecimiento, el imprescindible y ansiado crecimiento económico, aceptando innovaciones que no pongan en peligro el compromiso social básico ni las políticas redistributivas. No crean que es algo imposible, que debe ser olvidado. Hay que olvidar otras cosas, por supuesto, cambiar muchas más, pero el compromiso básico que construyó Europa debe y puede ser respetado. Ya hay muchos economistas y políticos en el mundo que están proponiendo ideas en ese sentido. Lo que los ciudadanos deberíamos saber es que hablar solo de déficit, o de cómo volver a la situación anterior a la crisis, es absurdo y peligroso. Ahora que estamos en plena campaña electoral hay que exigir a los candidatos que nos expliquen no solo cómo van a promover nuestro propio crecimiento, que es el punto básico, sino también qué van a defender en Europa, con quién se van a juntar, si con los que nos arrastran hacia un modelo que simplemente no queremos o con los que, desde principios socialdemócratas o conservadores, creen todavía posible un modelo propio. No es solo cuestión de derechas o izquierdas. Es cuestión de creer en Europa o no y de estar dispuesto a luchar por ella.

Artículo original en ELPAÍS.com

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