Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Ahora le toca decidir el futuro de Europa


Por JUAN GÓMEZ (El País)

Angela Merkel liga el destino de su país al de Europa y el euro. Pero socios de Gobierno y colegas de partido intentan maniatarle de cara a la decisiva cita parlamentaria del día 29. De la trifulca alemana pende el euro, e incluso las pensiones y los salarios de los europeos.

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Angela Merkel tiene una cita con 327 millones de europeos. Es el próximo día 29. La canciller de Alemania pedirá a la Cámara Baja (Bundestag) que apruebe la ampliación de los avales y fondos que Alemania aporta para ayudar a Grecia y salvar el euro. Es la hora de la verdad para Merkel, frente a la que palidecen todos sus logros y fracasos en seis años como canciller y once como jefa democristiana. La coalición de centro-derecha que preside no le garantiza una mayoría suficiente para aprobar las arriesgadas medidas de salvamento de la moneda común. Los liberales, socios minoritarios de su actual Gobierno de coalición, se le rebelan. También los bávaros de CSU, el partido hermano del que dirige la propia Merkel, CDU; que, por cierto, tampoco respalda por completo a su jefa en esta apuesta europea.

De lo que no cabe duda es de que la figura de Merkel quedará ligada a la frase que ha repetido durante el desarrollo de la crisis: “Si fracasa el euro, fracasa Europa”. La popularidad de la canciller sigue siendo apreciable, pero ya no está en el cénit. Su coalición amenaza con romperse. Así que el legado de la octava canciller federal de Alemania está implícito en este pulso: si fracasa Europa, el fracaso será de ella. Su otra cita es con la historia.

Merkel no es amiga de frases campanudas como la que precede. Tampoco es afín a los gestos teatrales. Lo suyo son la terquedad, la llaneza y la distancia. En vez de plantarse en la proa para señalar el rumbo, la capitana prefiere encerrarse en el puente con sus oficiales de confianza. Pero resulta que es responsable del buque insignia de una flota variopinta y zarandeada por una severa tormenta nunca vista antes. Ya zozobran algunos barcos pequeños gobernados por ineptos o por corruptos. Y a Merkel, que ha vivido todo lo que va de tempestad pilotando como ha podido, se le ha llenado la cubierta de vocingleros amotinados que amenazan con tomar la sala de máquinas del Bundestag. Opinan que no hay que echar cabos a los náufragos, porque a fin de cuentas Alemania supo maniobrar hasta el ojo del ciclón y allí estará muy a gusto hasta que escampe. Si se hunden nuestros socios, ya les venderemos flotadores. El pasaje, por su parte, sigue mareado por una crisis que creía superada, cada vez más perplejo ante el barullo que se advierte entre la oficialidad.

Desde que se fundara, en 1949, la República Federal de Alemania solo ha tenido Gobiernos de coalición. Los pactos diversos han padecido siempre diferencias considerables. El socialdemócrata Gerhard Schröder (SPD), el antecesor de Merkel que gobernaba con Los Verdes, presentó dos mociones parlamentarias de confianza en solo dos legislaturas. Pero lo novedoso del actual desencuentro entre democristianos y liberales es su formidable alcance. De la trifulca en el Gobierno alemán dependen los ahorros, las nóminas y las pensiones de la segunda región monetaria del mundo. Resulta pasmoso observar de qué hilos tan finos y enredados pende el euro.

Un parlamentario federal de la Comisión de Hacienda, Frank Schäffler, del Partido Liberal (FDP), explica a este periódico desde el coche oficial su iniciativa para que los liberales voten contra los avales alemanes para rescatar el euro y contra el segundo paquete de rescate de Grecia. Quiere que su partido abogue desde el Gobierno para que los griegos salgan del euro. Que cada palo aguante su vela, porque “no se pueden contravenir continuamente las reglas del mercado libre”. El ministro de Economía y vicecanciller, Philip Rösler, que heredó hace unos meses un partido liberal en estado de descomposición, se declaró el lunes pasado abiertamente a favor de la rebelión. Propone un debate público sobre la posible suspensión de pagos griega, cuando aún ni siquiera se han puesto en práctica las medidas adoptadas en la cumbre extraordinaria de Bruselas el pasado 21 de julio.

Por miedo a que contestatarios como Schäffler le ganen la mano, Rösler le enmienda así la plana a su jefa, que el miércoles anterior había pronunciado el discurso más enfático y europeísta que se le recuerda ante el pleno del Bundestag. Hundido en las encuestas y apaleado en las elecciones regionales que se han celebrado en 2011, el Partido Liberal se vuelve más impredecible cada día. La llamada al orden de la canciller no ha servido para nada. El vicecanciller Rösler tampoco parece aplicar el sentido común que permite medir las consecuencias de que el número dos del Ejecutivo se salga de la disciplina que impone la número uno en un asunto tan delicado. La ley que permitirá subir la aportación alemana al fondo de rescate hasta los astronómicos 211.000 millones de euros que se le piden salió del Consejo de Ministros hace solo unas semanas. Apoyada, en aquellos momentos, por los ministros liberales.

La tercera pata del sillón gubernamental de Merkel son los bávaros de la CSU, que solo descubren afinidades con los liberales del FDP cuando se trata de torpedear a la canciller. Su jefe, Horst Seehofer, primer ministro de Baviera, ha pedido la “expulsión” de Grecia del euro. Como si se tratara de un jugador en un partido de fútbol. El ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble (CDU), que en el Ejecutivo de Merkel es el último mohicano del viejo europeísmo de la escuela de Helmut Kohl, replicó que los tratados no contemplan tal posibilidad. “Pues habrá que cambiarlos”, responde al teléfono el liberal Schäffler. Dice que su intención no es romper el Gobierno. Y que su iniciativa no es populista. Lleva toda la semana de viaje por la bucólica Westfalia para recabar apoyos que impidan a Merkel una mayoría parlamentaria suficiente en la cita crucial del 29 de septiembre. Es una particularidad alemana que un asunto de peso mundial como la pervivencia de la Unión Monetaria se dirima en recónditos escenarios provincianos de Baviera, Westfalia-Lippe o Karlsruhe.

Esta última localidad sureña es la sede del Tribunal Constitucional alemán, cuya sentencia sobre el rescate griego mantuvo en vilo a toda Europa hasta el 7 de septiembre. Tocados de sus vistosas togas escarlata con chorreras en el coqueto edificio racionalista del TC, los magistrados otorgaron su visto bueno. Unas horas después, la canciller pronunciaba en Berlín el discurso europeísta en el que ligó el destino de Alemania al de Europa, y el destino de Europa al destino del euro.

El 75% de los alemanes se pronuncia en contra de seguir aumentando los fondos de estabilidad del euro -de los que aportan la quinta parte-, así como de seguir sumando planes de rescate. El mismo barómetro político de la televisión pública ZDF, que recoge este dato, señala, no obstante, la recuperación del partido socialdemócrata SPD hasta el 30% de las intenciones de voto. Los socialdemócratas apuestan por una mayor integración europea: prometieron apoyar la aportación alemana al fondo de estabilidad desde el mismo día en que lo diseñaron los 17 jefes de Estado y de Gobierno de la zona euro. Los liberales del FDP a duras penas alcanzan en la encuesta el umbral de votos del 5%, necesario para entrar en el Bundestag. La CDU de Merkel no sale descalabrada, pero con las expectativas actuales le sería muy difícil repetir en el Gobierno.

El viraje euroescéptico de los liberales parece estar dando ya algún fruto. El viernes pasado, un sondeo de la primera televisión estatal (ARD) indicaba un rebrote de sus expectativas electorales: del 3% por el que se arrastraban en agosto pasan ahora a un 5% de intención de voto. A costa de poner en evidencia las debilidades del Ejecutivo al que pertenecen, sembrar dudas sobre el futuro de la Unión Monetaria y contribuir a que las bolsas se tambalearan durante días a principios de semana.

La barba sin bigote de Hans-Werner Sinn le confiere la pinta idónea para una metáfora marinera: parece el capitán Ahab. El jefe del influyente instituto económico muniqués Ifo es uno de los más destacados sediciosos del euro. Esta semana ha estado otra vez en Berlín para cazar su ballena: “La salida de Grecia del euro sería el mal menor”. También el catedrático bávaro Wolfgang Gerke, un experto en mercados financieros que siempre va con pajarita, aporta munición teórica a los amotinados contra el fondo de estabilidad y el rescate de Grecia. Son dos de los paladines visibles de un mensaje que está calando hondo entre los ciudadanos alemanes. Cuando les pregunta un español, los economistas que menos creen en la Unión Monetaria en su forma actual suelen empezar explicando que “los alemanes no son euroescépticos”. Ellos, claro, tampoco. Nadie lo es hasta que toca sacar la chequera.

Dice Merkel que haber crecido en el bloque comunista influyó decisivamente en su estilo político. Bajo aquel régimen en el que vivió 35 años, “cuando un político cambiaba una sola palabra de su discurso anterior, revelaba ya un cambio de rumbo”. A ella es muy difícil leerle las intenciones. En palabras de su viejo padrino político Helmut Kohl, “carece de brújula”. Merkel se encuentra en las antípodas del político impulsivo o espontáneo, pero tampoco se guía por razones ideológicas. Su radar para el sentir público es legendario y lo afina con paciencia mineral. Si detecta una amenaza, recoge velas y espera el momento idóneo para actuar. Entonces se convierte en un ser implacable. Este año ha demostrado hasta dónde llega su audacia cuando siente que se le escapa el favor de los alemanes: pocos meses después de que Merkel ordenara la impopular ampliación de la vida útil de las centrales nucleares, el reactor japonés de Fukushima saltó por los aires. La alarma pública le llevó a cancelar la ampliación y a ordenar, para embeleso de propios y extraños, una rápida desconexión atómica en Alemania que culminará en 11 años.

Pero el asunto del euro es todavía más difícil. Angela Merkel conoce la oposición de muchos ciudadanos a que Alemania arriesgue tanto dinero para rescatar el euro y en los sucesivos rescates de Grecia, Irlanda y Portugal. Sabe que los electores temen por sus ahorros y que muchos se consideran estafados por las promesas políticas de una moneda europea segura. También conoce el precio que ha pagado la clase media alemana por la actual bonanza económica. Es un destilado de lo que llaman “aumentar la competitividad”: la capacidad adquisitiva real de los asalariados lleva lustros estancada; mientras tanto, crece el porcentaje de empleos precarios y apenas aumenta la demanda interna. Los recortes sociales del anterior canciller, Schröder, hace ocho años, redujeron las prestaciones de desempleo con un enorme coste político que su partido, el SPD, todavía está pagando. La unificación de las dos Alemanias aún no está amortizada. Y cuando parecía terminar un decenio de estancamiento económico, el Gobierno federal tuvo que movilizar cientos de miles de millones de euros para préstamos, avales y privatizaciones de bancos durante la crisis financiera que comenzó en 2007. Después vino la caída de 2009.

Quizá haya que remontarse al tiempo en que España parecía la encarnación del genio económico y financiero. El país donde mejor podía uno hacerse rico, donde se creaban empleos y se construían más viviendas que en media Europa junta. Entre los alemanes queda la sensación de haberse consagrado a un largo esfuerzo conjunto que los relegaba a la cola del crecimiento en el continente, mientras Grecia, España o Irlanda disfrutaban en sus burbujas y gastaban dinero a espuertas. Merkel sí se acuerda: “Parecíamos los pardillos de Europa”.

Una vez rescatada la banca y reactivada la máquina económica, con pingües beneficios para los 3,5 millones de pymes y el potente sector exportador, ahora toca ayudar a los socios europeos en dificultades. Como dice Merkel, estos buenos clientes hicieron que Alemania sea “la gran beneficiada de la Unión Monetaria”. Pero otros se ocupan de recordar los duros lustros que siguieron a la reunificación del país en 1990. Ahora se pide a los alemanes que asuman aún más riesgos. No pasan por ahí los economistas como Sinn, ni los políticos como Schäffler. Tampoco Jürgen Stark, el economista jefe del Banco Central Europeo (BCE), que dimitió hace diez días. Stark, un hombre de la vieja guardia, se fue porque no estaba de acuerdo con que el banco emisor europeo compre deuda soberana de España e Italia. Él representaba en la Eurotorre de Fráncfort las cacareadas tradiciones de estabilidad del Banco Central alemán (Bundesbank). Su salida extemporánea deja a Angela Merkel todavía más sola en el puente de mando.

Es obvio que las reticencias de Merkel a los sucesivos pasos de los Diecisiete para proteger el euro no han satisfecho a nadie. Los votantes han castigado a CDU y FDP en las importantes elecciones parciales celebradas a lo largo de este año, los socios europeos critican su lentitud en aprobar los programas de rescate y los inversores siguen apostando por la suspensión de pagos de Grecia, Italia, Portugal y España. Merkel ha ido cediendo, una por una, todas sus posiciones de fuerza en los 20 meses de pelea por el rescate del euro. No hace ni 18 meses aseguraba aún que Grecia no recibiría ni un céntimo. Sus críticos creen que la última frontera que Merkel dice defender, la de los eurobonos, ya cayó cuando accedió a la compra de deuda soberana periférica por parte del Banco Central Europeo.

La canciller viste estos días de negro por la reciente muerte de su padre, el pastor luterano Horst Kasner. A Gerd Langguth, antiguo miembro de la directiva democristiana y biógrafo de cabecera de Merkel, su discurso europeísta ante el Bundestag le recordó a un sermón evangélico. Merkel gesticuló, cerró los puños y apeló a la historia para llamar a la defensa del euro en la cita parlamentaria del día 29. Langguth, que tampoco las tiene todas consigo respecto al plan de rescate, considera que estuvo “entre sus mejores discursos”. Cree que Merkel tiene la intención de “continuar la política europeísta de Kohl”. Si las cosas no se enderezan, el 29 de septiembre demostrará si está dispuesta a arriesgarse con una moción de confianza para conseguirlo.

Artículo original en ELPAÍS.com

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