Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Alejados de la realidad


Por HUGO ARIAS V.

Me interesó la última edición de la Revista Capital apenas la vi en el kiosko. Específicamente por la entrevista a Patricia Matte, presidenta de la Sociedad de Instrucción Primaria (SIP) e integrante de una de las familias más acaudaladas del país.

Decía la portada de la revista (para que entiendan mi apetito): “MATTE Y EL JUICIO A LA ELITE: La cara femenina de una de las familias más ricas de Chile enfrenta los conflictos sociales que sacuden al país. Los empresarios han perdido contacto con la realidad, el gobierno no ha estado a la altura. Esa es su sentencia”.

La verdad es que cuando uno se adentra en la lectura de la entrevista la contundencia del juicio no es la que parecía en la portada (lo que sucede a menudo con las ofertas de los medios), pero sigue siendo una crítica dura en muchos aspectos, tanto para los empresarios, el gobierno y la clase política (se podrá discutir si la elite se agota ahí, pero esos son los principales focos de análisis de la citada conversación).

Cada cual podrá sacar sus conclusiones cuando la lea (si es que ya no lo ha hecho). Pero, de entre todo lo dicho, llamaron especialmente mi atención dos frases que, sin ser necesariamente novedosas y pareciendo referirse a cosas distintas, obligan a una misma reflexión. Dice Patricia Matte en un párrafo que “el sector privado se habla a sí mismo, no habla para explicar al país lo que hace”. Y agrega un poco después que “lo que más me gusta de trabajar en el centro de Santiago es caminar, comprar mis cosas por acá y sentirme parte del Chile real. No podemos perder el contacto con el Chile real… y eso es lo que nos ha pasado un poco. Le ha pasado a las elites. No sólo a los empresarios, también a los políticos”.

Confieso que mientras más reviso la entrevista más sincera me parece la reflexión de la presidenta de la SIP. Sin embargo, me siguen molestando esas dos frases, porque de alguna manera dan cuenta de una falta quizás más grave que la de alejarse de la realidad: el pecado de las elites de querer ir a ver cuánto se ajusta la realidad a la verdad que ellas mismas ya han zanjado como única e incontrarrestable. ¿Cuánta verdad de libro se estrella contra la realidad cada día y se revienta? ¿Cuánta arrogancia de técnicos se desvanece cuando roza el mundo real? ¿Cuánta política pública de laboratorio es derrotada por la cotidianeidad?

Es cierto que nadie puede escapar a esa vieja máxima de que la realidad se tiñe con el color del cristal que usamos para mirarla, pero lo que uno espera de las elites es justamente el esfuerzo por zafar, aunque sea un poco, de esa condena. Contrario a ello, es común ver a empresarios, políticos o autoridades de cualquier tipo ir con su molde en la mano e intentar que la realidad se ajuste a él. Y si no calza, ¡pues peor para la realidad!

Quizás por eso hay quienes terminan hablando para sí mismos y alejados de la realidad que nunca consigue amoldarse a sus verdades irredargüibles. Triste final.

Artículo original en El Post

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