Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

WikiLeaks, errores y despropósitos

Por JOSEBA ELOLA (El País)

Assange pone en peligro vidas con la publicación en bruto y sin editar del ‘Cablegate’. El líder de WikiLeaks, su ex socio alemán y un periodista de ‘The Guardian’, que desveló una contraseña por error, protagonizan esta enrevesada historia.

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Widney Brown es una luchadora por los derechos humanos con una larga trayectoria a sus espaldas. Trabajó durante nueve años en Human Rights Watch antes de unirse a Amnistía Internacional, donde ahora es una de sus más altas ejecutivas, la directora de Política y Leyes Internacionales. Está profundamente preocupada por la publicación en bruto del Cablegate. La decisión de WikiLeaks de liberar la semana pasada todos los cables del Departamento de Estado sin proteger la identidad de determinadas personas supone que, por ejemplo, regímenes dictatoriales conozcan en estos momentos la identidad de activistas de derechos humanos que ofrecieron información sobre esos regímenes para ayudar a combatirlos. “No poner vidas en peligro es un principio fundamental”, dice Brown por teléfono desde su oficina en Nueva York. “Los periodistas lo tienen claro, los investigadores de derechos humanos lo tienen claro y WikiLeaks necesita tenerlo claro”.

La historia de cómo el gran portal de las filtraciones llegó hasta el punto de publicar los cables en bruto es un culebrón en toda regla repleto de claroscuros y versiones contradictorias. Fuera cual fuera el motivo por el que Assange decidió publicarlos, el hecho es que decidió publicarlos. “Necesitan comprender que la libertad de información es importante”, dice Brown, “pero no causar daños también”.

La noticia saltaba en los últimos días de agosto: WikiLeaks empezaba a liberar los Papeles del Departamento de Estado en bruto. Las agencias informaban el 30 de agosto de la publicación de los primeros 130.000 cables. Señalaban que periodistas, activistas y académicos de todo el planeta podían ser víctimas de represalias a partir de ese momento. Entre las fuentes que quedaban al descubierto, se citaba el caso de un funcionario de Naciones Unidas en África Occidental y el de un activista de los derechos humanos en Camboya. ¿Cómo es posible que una organización que lucha por los derechos humanos hiciera semejante cosa? Es la pregunta que recorrió todos los foros. Y en la prensa han aparecido todo tipo de respuestas a esa pregunta, en un maremagno de informaciones contradictorias. Lo mejor, preguntar al que lo hizo. ¿Por qué?

Jueves 8 de septiembre, seis de la tarde. Assange descuelga el teléfono desde la mansión de Ellingham Hall, Norfolk, Reino Unido, donde pasa sus días de arresto domiciliario. Está satisfecho por el impacto que está teniendo la publicación de los cables a escala global. “Cada dos minutos hay una nueva revelación”, cuenta. “Está habiendo grandes resultados gracias a liberación del material. En todos los países, la corrupción ha salido a la luz”.

-Ese es el efecto positivo de la liberación. ¿Pero qué ocurre si se pierde una vida humana por revelar la identidad de un informante?

-El balance final es complejo. Durante una revolución hay agitación pero también posibilidades de salvar el destino de muchos.

Hay dos versiones radicalmente opuestas sobre lo que ha ocurrido. La de Julian Assange y la de David Leigh, jefe de periodismo de investigación de The Guardian y autor del libro WikiLeaks y Assange. No coinciden en casi nada, salvo en sembrar claroscuros sobre la actuación de Daniel Domschei-Berg, el ex socio de Assange que abandonó la organización hace un año.

Julian Assange sostiene que se ha visto obligado a publicar los cables. Confirma que desde hace tiempo, su organización ha colgado en el ciberespacio copias del material sensible en su posesión para que, en caso de ataque a la organización, la liberación de una contraseña sirviera para que cientos de miles de personas pudieran acceder a los datos. Según su versión, el jefe de investigación de The Guardian es el malo de esta película porque desveló una contraseña que daba acceso a los papeles del Cablegate en el libro que publicó el pasado mes de febrero. “Nuestro sistema habría sido seguro si The Guardian no hubiese desvelado la contraseña”, explica. “David Leigh, que es el cuñado del director del periódico, lo hizo como resultado de su estupidez y malicia”. Según su versión, el otro malo es el alemán Daniel Domscheit-Berg, su antiguo socio, que abandonó WikiLeaks llevándose el sistema de recepción de filtraciones de la plataforma y la información que había en ese momento en el sistema. El disidente alemán, sostiene Assange, sabía cómo llegar a la base de datos y cómo destriparla con la contraseña. Para demostrar que WikiLeaks es una plataforma poco segura, pasó información a un periodista del semanario Der Freitag. A mediados de agosto WikiLeaks detectó que esa información empezaba a circular con fuerza en Internet.

-¿Pero por qué decidió publicarlos sin editar?

-Nuestra obligación es maximizar el impacto beneficioso de la liberación de la información que se nos facilita. Las reformas estaban en peligro. La información ya estaba en la red. Las agencias de inteligencia y los gobiernos que necesitan ser reformados ya podían acceder al material. Era importante que la prensa pudiera tener la versión original. Nuestra obligación es maximizar las reformas y minimizar daños.

-¿No es más importante minimizar daños que maximizar reformas?

-Los dos son importantes.

La versión del jefe de investigación de The Guardian es bien distinta. En conversación telefónica desde la redacción del rotativo británico en Londres, zanja la cuestión de un plumazo: “Assange nos aseguró que la contraseña estaría muerta una vez nos descargáramos los papeles”. Explica que Assange le dijo que los archivos serían eliminados del servidor una vez se descargara el material. “Nosotros no publicamos claves que puedan resultar peligrosas”, argumenta Leigh. Relata que el editor australiano no eliminó los archivos del servidor, como se suele hacer en estos casos. Que, en un descuido imperdonable, volvió a usar la misma contraseña para encriptar los mismos archivos. “Cuando escribimos el libro pensamos que esa contraseña había quedado completamente obsoleta”, dice Leigh. El periodista británico considera que Assange ha sido negligente en la protección de información delicada que le fue transferida.

Técnicos consultados por este periódico confirman que lo normal, en el manejo de unos archivos delicados que uno aloja temporalmente en un servidor para que alguien acceda a ellos mediante una clave, es eliminar rápidamente esos documentos del servidor para evitar problemas.

A David Leigh le sorprende sobremanera que Assange no mencionara el tema de la contraseña el pasado 4 de agosto, cuando se reunió con el director de The Guardian, Alan Rusbridger, para recomponer relaciones. Que no dijera nada en los siete meses que han transcurrido desde la publicación del libro y que ahora cargue contra el rotativo británico de manera tan feroz.

Según el veterano periodista británico, todo este embrollo tiene su origen este verano, a mediados de agosto, cuando Daniel Domscheit-Berg es expulsado del foro Chaos Computer Club, conocida organización de hackers. Algunos miembros de esta comunidad acusaban al alemán de no devolver el material que se llevó de WikiLeaks cuando abandonó la organización hace un año. “Entonces, Domscheit-Berg decide vengarse”, explica Leigh. Como sabe cómo se puede acceder a los cables y quiere demostrar que WikiLeaks es una organización que no maneja bien las filtraciones, da algunas claves a un periodista del semanario alemán Der Freitag para que pueda comprobar que lo que dice es cierto.

Según Leigh, al menos otros dos exvoluntarios de WikiLeaks, Smári McCarthy y Herbert Snorrason, sabían desde hace tiempo donde estaban alojados los archivos y la clave para desencriptarlos. “Cuando Julian se entera de lo de Der Freitag, entra en pánico”, relata Leigh. A partir de ese momento, disemina pistas por la Red para que la gente pueda relacionar los archivos encriptados y la clave, para así provocar el verse obligado a publicar los cables sin editar.

James Ball, ex miembro de WikiLeaks que ahora trabaja en The Guardian, sostiene que Assange tenía el plan de publicar los cables sin editar desde el principio. Assange lo niega. “Nunca he defendido la transparencia total”, dice airado por teléfono el australiano. “Eso es mentira”, replica Leigh. Y recuerda que en los primeros días de la relación con The Guardian, Assange defendía la publicación de los cables sin editar. “Es un mentiroso psicopatológico”, dice Leigh. “Nos ha mentido ya tantas veces sobre tantas cosas…”

Desde Berlín, Daniel Domscheit-Berg se defiende vía correo electrónico. Niega que su manera de proceder obedeciera a un deseo de venganza. Coincide con Leigh en que probablemente fue Assange el que diseminó pistas por la Red. “Sí, esa es mi impresión”, nos cuenta. “El periodista de Der Freitag no dio suficiente información para que alguien encontrara el archivo. Y yo no he dicho a ningún otro reportero donde estaba el archivo”. Domscheit-Berg insiste en que pasó información al periodista alemán para que pudiera comprobar que WikiLeaks no es un sitio seguro. “Durante meses he sido criticado y me han llamado mentiroso por decir que estaba gravemente preocupado con la seguridad de WikiLeaks y su capacidad para controlar los datos”. Ese es el motivo, dice, por el cual aún no ha devuelto parte de la información que se llevó.

Son varias las voces que acusan a la plataforma de Assange de no haber conseguido manejar bien la situación, de no haber sabido cumplir con una de sus prioridades: la protección de las fuentes. Bradley Manning, el soldado americano que, presuntamente, pasó los documentos a la plataforma de Assange, sigue en la cárcel. Y los nombres de informantes y fuentes a lo largo y ancho del planeta han acabado siendo desvelados.

“En última instancia, WikiLeaks tiene una responsabilidad por lo que ha ocurrido”, dice Widney Brown, de Amnistía Internacional. “Nosotros creemos en la libertad de información pero también creemos que se debe divulgar información de manera responsable”. Brown recuerda que ya se produjeron desencuentros entre miembros de Amnistía Internacional y de WikiLeaks cuando se publicaron los Papeles de Afganistán. “No querían tomarse el tiempo de editar los cables. Ahora los temores que teníamos desde un principio se han confirmado. No se han tomado el tiempo de editarlos y han puesto en riesgo la vida de personas con esta publicación”.

Assange dice que ha aprendido algunas cosas de este último lanzamiento. Que los medios tradicionales son importantes como gran amplificador, pero que luego es vital que la información llegue a la gente. Eso es lo que sostiene.

-¿Considera necesaria la edición de los cables?

-Al principio, en diciembre, cuando no todo el mundo estaba avisado, la edición era necesaria. Ahora que el Departamento de Estado norteamericano tiene un programa de notificación a los informantes, no tenemos claro que la edición sea ya necesaria, pero preferiríamos hacer lo que podamos.

Artículo original en ELPAÍS.com

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