Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

El mensaje es el medio


Por VICENTE VERDÚ (El País)

Una regla que no suele fallar para salir (informativamente) de cualquier crisis es que se vuelvan aburridas. Así ocurre con los terremotos, los tsunamis o los huracanes por devastadores que sean; así ocurre con las hambrunas, las feroces guerras regionales o los atentados suicidas con decenas de muertos en cualquier lugar.

La repetición es lo opuesto a la información, puesto que la información -de esto o de aquello, del frío o de la luz- necesita de la diferencia. Que muchos puntos calientes tiendan a enfriarse y a desaparecer pronto de los media, tiene que ver con que la actualidad es, por esencia, candente.

Pero, siendo así, ¿cómo explicar que se sostenga tanto tiempo la tabarra de la crisis? Periodísticamente, solo en el supuesto de que se tratara de una supuesta tercera guerra mundial, amenizada con múltiples bajas, creciente destrucción y armas inéditas, su persistencia estaría justificada. Y así, más o menos, ocurre con esta gran crisis. Su comportamiento del que cada día puede esperarse un rayo de esperanza o, mejor, un trueno aún más espantoso mantiene en vilo al espectador.

Pero, ¿es la crisis la que llena a diario los medios de ese suculento terror o es el terror adquirido por los medios quien engorda la crisis? “El público perjudica a la televisión”, decía Umberto Eco en Diario mínimo. No es solo el hecho de que nos mata por entero sino que la noticia desempeña su papel homicida en la defunción. Más aún: tanto en la comunicación colectiva como en la comunicación interior no es raro que, bajo determinadas circunstancias, bulla el placer del duelo.

La dicha todo el mundo la quiere, pero la desdicha desprende un interés mucho mayor. Decir que se duerme mal o que a uno le duele la cabeza es más prestigioso que el vulgar “dormir a pierna suelta” y no haber experimentado una hemialgia. La tristeza y el dolor dan ganas de llorar pero, simultáneamente, otorgan calidad de carácter.

Naturalmente, no puede afirmarse que los medios sean los responsables de la crisis, pero ¿cómo no aceptar que son sus cómplices? La publicación de los informes de las agencias de rating o del FMI, las tertulias en la radio o la tele, los editoriales famosos se enviscan en el cultivo del mal, que, como todo lo adverso, posee su atracción y su deleite.

En conjunto, pues, nos vemos padeciendo la gran crisis pero también apresados mediáticamente por ella. Repitiendo, como “en el día de la marmota”, un serial sin aparente fin y en donde los capítulos para conservar la audiencia redactan sorpresas, a cuál peor.

Un largo reportaje (demasiado largo y pesado) sobre la desaparición o no de los diarios impresos y especialmente del emblemático The New York Times pudo verse el jueves por la noche en la emisión de Canal +. En él y entre las diferentes opiniones que se escucharon surgió una sentencia que tratando de condensar la naturaleza del cambio en los medios decía: “Hoy no puede decirse ya que el medio es el mensaje, como afirmaba McLuhan, sino que el mensaje es el medio”.

Tan fácil de decir, tan brillante de pronunciar y tan difícil de explicar. Si, como este periodista declaraba, “el mensaje es el medio”, la prueba más rotunda se hallaría en el modelo informativo que está creando esta profunda y persistente crisis. No son los media quienes se ponen al servicio de la realidad; ni siquiera se trataría de que los media como tantas veces se dice crearan la realidad. Los media vivirían ahora no ya como transmisores más o menos atinados de los sucesos sino como los sucesos de los sucesos. El medio no sería el mensaje sino que el mensaje gigantesco (de los mercados, de las quiebras, del paro, del gran miedo y sus fantasmas) engulliría la circunstancia de los media. Nos tragaría a todos en su seno. Seno tan insano que la enfermedad colectiva llegaría a convertirse -como en el arte el feísmo o el destroyer en la moda- en la forma contemporánea de vivir. O mejor, de sobrevivir en el corazón del caos.

Artículo original en ELPAÍS.com

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