Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La fiesta del ‘hooligan’

Por JAVIER CERCAS (El País)

Llevaba yo aquí un par de artículos defendiendo con gran entusiasmo la cultura y la tradición democrática inglesas -ya saben, su pasión por el fair play y demás- cuando a principios de agosto, durante tres días de furia, los ingleses parecieron optar por pegar fuego a su país. Este vandalismo entusiasta produjo un artículo en el que el periodista británico John Carlin comparaba la barbarie rapaz de sus jóvenes compatriotas con el civismo abrumadoramente mayoritario de nuestros jóvenes compatriotas del 15-M, y en el que concluía que “la sociedad española es más sana que la inglesa”. Es natural que seamos menos críticos con los otros que con nosotros, pero, a juzgar por la comparación, es difícil no estar de acuerdo en parte con Carlin. Ahora bien, ¿hay que estarlo del todo? ¿Es posible que sea más sana una sociedad que sólo lleva treinta y tantos años practicando la democracia que una sociedad que lleva haciéndolo varios siglos sin interrupción? Y por cierto (o dicho de otro modo): ¿qué demonios pasó en el Reino Unido a principios de agosto?

No tengo una respuesta para la primera pregunta; en cuanto a la segunda, la respuesta es obvia: no se sabe. Para empezar, fuera lo que fuese lo que ocurrió, nadie fue capaz de preverlo; no me extraña: en noviembre de 2001, poco antes de que estallara en Argentina la crisis del corralito, pasé unos días en Buenos Aires y en todas partes se mascaba la hecatombe; pero a finales de julio pasé una semana en Londres y allí los síntomas de la crisis económica eran menos visibles que en Barcelona o Madrid. Por otra parte, no es fácil entender que una protesta originada por la muerte de un joven negro a manos de la policía degenere en un saqueo multitudinario protagonizado por gente de todas las razas, en el que casi un 20% de los detenidos son menores de edad y en el que no sólo participan pandilleros salvajes, sino también estudiantes universitarios, jóvenes embajadores olímpicos, hijas de familias acomodadas y hasta una niña de 11 años y un profesor de primaria. Hay quien atribuye esta apoteosis violenta a tantos años de thatcherismo no corregido por Blair (y mucho menos por Cameron), lo que ha creado una sociedad donde el 10% de la población tiene 273 veces más dinero que el 90% restante; hay quien, como hizo al principio Cameron, lo atribuye a la delincuencia y a la mala educación de los jóvenes, y hay quien simplemente lo atribuye a los recortes de Cameron; hay quien, como The Independent, culpa al pésimo ejemplo de unas élites políticas y económicas podridas de inmoralidad y de avaricia; la derecha culpa al multiculturalismo, a la falta de autoridad, a una justicia demasiado blanda, a un Estado demasiado protector; hay quien ve en esa explosión la explosión de una cultura hipertecnológica, narcisista y holgazana, y quien explica lo ocurrido mediante la psicología de las masas; hay quien lo considera, en fin, el negro heraldo de un tiempo de caos en el que los Estados serán incapaces de garantizar la paz social… Algunas de estas explicaciones parecen torpes o insuficientes, pero, como para todo hay más de una explicación, de entrada yo no descartaría ninguna, salvo la más frecuente y elemental: que esos disturbios reflejan un descontento con el sistema.

“Nada es jamás simple en la sociedad británica”, escribió Anthony Burgess, “y, sin embargo, todo es al mismo tiempo extremadamente simple”. Mucho me temo que a Burgess ya sólo lo leemos cuatro chalados, pero a mí me resulta imposible empezar a entender siquiera lo ocurrido en el Reino Unido sin recordar un artículo que el escritor inglés publicó hace 26 años. En él escribió: “Jamás habrá una auténtica revolución social en el Reino Unido. Con el tiempo, todo gesto de ira contra la desigualdad se somete con cariño a la cómoda mitología del orden establecido”. Y también: “El problema que tienen las posturas de desafío en el Reino Unido es que no esperan ser eficaces. No expresan un deseo auténticamente revolucionario. No intentan sustituir el orden existente por algo nuevo; simplemente desprecian el orden existente, y ese desprecio es en realidad la expresión de un deseo profundo, no siempre consciente, de ser aceptados por aquél”. Y por fin: “Es típico de los movimientos de disidencia juveniles británicos que la única justificación del griterío que tanto les gusta es el mantenimiento del sistema contra el que gritan. La voz de la rebelión británica es también la canción de su estabilidad social”. Así que, si Burgess acierta, los vándalos británicos de agosto no expresaban su descontento con la sociedad británica, sino con el lugar que ocupan en ella; no se quejaban de la injusticia, sino de ser víctimas de la injusticia; no estaban contra el sistema, sino a favor del sistema; no eran revolucionarios, sino reaccionarios. En definitiva: el inglés inventó el fair play, pero también el hooligan, y el segundo es el reverso del primero. Lo tomas o lo dejas.

vía Artículo original en ELPAÍS.com

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