Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Una comparación entre dos depresiones


Por GABRIEL JACKSON (El País)

Después de la bancarrota de varios gigantes financieros, tanto Bush como Obama rescataron a los grandes bancos. Roosevelt, en cambio, decidió que el desempleo masivo era el problema más importante a resolver.

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A lo largo de mi vida ha habido dos ocasiones (1929-1938 y 2007-?) en las que el mundo capitalista democrático ha sufrido una crisis económica catastrófica, acompañada de mucho sufrimiento y una inmensa incertidumbre sobre el futuro de las sociedades que disfrutaban de una democracia política (aunque no social). Durante la primera de esas dos depresiones, yo era adolescente, y recuerdo oír en la mesa las discusiones entre mi padre, socialista, y mi hermano mayor, comunista, en una época en la que yo empezaba a leer los periódicos. La depresión actual, de momento, ha ido de mis 86 a mis 90 años. En estos cuatro años, he leído mucha más literatura económica y me he sentido mucho más deprimido que nunca por la constante autodestrucción del mundo capitalista democrático que floreció en la segunda mitad del siglo XX.

En sus cuatro años de presidencia (1929-1933), el republicano moderado Herbert Hoover y su esposa orquestaron y dieron a conocer numerosos esfuerzos privados de ayuda. Creó la Corporación Financiera para la Reconstrucción con el fin de poner dinero a disposición de los bancos para que ellos, a su vez, pudieran hacer préstamos sustanciales a las empresas privadas y, de esa forma, ayudarles a superar la depresión.

Cuando la empresa privada no bastó para resolver la crisis de empleo, puso en marcha varios proyectos importantes de obras públicas como el puente del Golden Gate en San Francisco y la presa Hoover en Colorado. Pero tenía una forma de ser que le impidió conectar bien con la población. Hablaba de la importancia de la “confianza”, prometía a las familias golpeadas por la pobreza “un pollo en cada cazuela” y, de vez en cuando, decía que la prosperidad estaba “a la vuelta de la esquina”. Sin embargo, tres años después del derrumbe de la Bolsa en octubre de 1929, el paro era más alto que nunca, y, en las elecciones de noviembre de 1932, Franklin Roosevelt le derrotó por una mayoría abrumadora.

La diferencia inmediata y decisiva entre Hoover y Roosevelt no era ideológica, sino de personalidad. Roosevelt aunaba un carácter simpático y expresivo con el serio empeño de resolver los problemas concretos de la depresión y, además, mejorar las oportunidades económicas y el posible nivel de vida de las clases medias y trabajadoras. No pretendía ser experto en nada; empezó por decir que iba a probar distintos métodos y utilizar los que dieran resultados. Tenía una sonrisa de estrella de Hollywood y un gran sentido del humor que animaba sus explicaciones radiofónicas e impedía que pareciera condescendiente. Por ejemplo, hacía referencias ocasionales a los “consejos” que recibía de su fox terrier, Fala.

Comenzó su mandato proclamando una semana seguida de días no laborables. En realidad, el pánico financiero de las últimas semanas de la presidencia de Hoover ya había hecho que la mayoría de los bancos cerraran sus puertas. Pero esos cierres constituían la imagen de los fracasos de la Administración saliente; Roosevelt, por el contrario, aprovechó la oportunidad para transformar el pánico descontrolado en una iniciativa presidencial. En su discurso de toma de posesión, afirmó que “lo único a lo que debemos tener miedo es al propio miedo”. Después de proclamar los días festivos, se reunió con docenas de responsables bancarios y asesores políticos y les pidió que dedicaran su atención a crear las condiciones necesarias para engendrar una auténtica recuperación económica. La primera ley nueva, elaborada durante esos días, fue la Ley de Ajuste Agrario, que mejoró el acceso al crédito y rebajó los intereses hipotecarios para millones de pequeños agricultores.

Una mención de algunas de las principales leyes que constituyeron el llamado New Deal dará al lector cierta idea de la inmensa variedad de aspectos que preocupaban a Roosevelt. El Cuerpo Civil de Conservación pagó la manutención de miles de jóvenes sin empleo que se dedicaron a reforestar bosques que las compañías madereras habían despojado, y luego abandonado, más de un siglo antes de la Gran Depresión. Una nueva Comisión del Mercado de Valores introdujo algo de transparencia en las operaciones de Bolsa. La Corporación Federal de Seguros de Depósitos garantizó, por primera vez, los ahorros de todos los clientes de los bancos en caso de olas de pánico como las que se habían producido entre 1929 y 1933. La Autoridad del Valle del Tennessee llevó electricidad, maquinaria agrícola, servicios educativos y líneas de teléfono a grandes zonas rurales semidesarrolladas en el sur del país. El Organismo de Desarrollo de Obras Públicas dio trabajo a millones de hombres en la construcción de carreteras, escuelas, oficinas de correos y otros edificios oficiales. La Ley de Recuperación Nacional y la Junta Nacional de Relaciones Laborales garantizaron el salario mínimo y protegieron los derechos de negociación de muchos tipos diferentes de trabajadores industriales. La Ley de Normas Justas de Trabajo de 1938 abolió el trabajo infantil en los sectores en los que aún existía.

Había muchos obstáculos legales para poner en marcha toda la legislación del New Deal, y Roosevelt cometió la imprudencia de querer aumentar el número de magistrados en el Tribunal Supremo, cuya mayoría conservadora estaba declarando ilegales muchas de las nuevas leyes. Sin entrar en detalle sobre la sensatez económica y el grado de constitucionalidad de las numerosas normas que compusieron el New Deal, es evidente que, con su actuación enérgica y valiente, y al pensar, además de en la recuperación económica, en las necesidades educativas, culturales y ecológicas, Franklin Roosevelt y sus asesores no solo fraguaron la salida de la Gran Depresión, sino que mejoraron el sentido público de la responsabilidad y la calidad del debate político en Estados Unidos.

Por desgracia, no puedo decir muchas cosas positivas sobre la depresión que comenzó en 2007, y que la mayoría de los políticos y periodistas prefieren llamar “recesión”. En los años anteriores habíamos visto muchas señales de alarma. Se estaba desmantelando de forma sistemática la regulación de los bancos y mercados de valores con la excusa de que el capitalismo se había convertido en un sistema complejo y autorregulado que tenía más difícil el éxito si se producían “interferencias burocráticas”. Había habido varias “burbujas” que habían causado daños considerables en Latinoamérica, Asia y en Estados Unidos. Los expertos nos habían soltado charlas, medio en broma, medio en serio, en las que proclamaban que “la codicia es buena”.

En Estados Unidos hubo sobornos y sofisticadas formas de latrocinio en las cajas de ahorros, cuya tarea se suponía que era, por encima de todo, ayudar a que más personas sin demasiados recursos pudieran tener viviendas en propiedad. En la Bolsa se introdujo una técnica nueva, la de recurrir a matemáticos para dar un aire de certeza científica a las especulaciones. Se crearon varios tipos de “obligaciones de deuda garantizada” (CDO) y otros “derivados” para venderlos a unos clientes abrumados por unos intermediarios que, muchas veces, tampoco entendían las ecuaciones de la operación ni si el vocabulario matemático garantizaba de verdad algo sobre los posibles beneficios. Después de la bancarrota de varios gigantes financieros que eran “demasiado importantes para quebrar”, tanto George W. Bush como Barack Obama se concentraron en rescatar a los grandes bancos y organismos financieros, en vez de seguir el ejemplo de Roosevelt y decidir que el desempleo masivo era el problema más importante.

En estas dos depresiones, los principales financieros y empresarios han subrayado la importancia de la “confianza”. ¿Pero quién, en su sano juicio, puede confiar en los miles de agentes responsables de los tejemanejes que menciono más arriba? Estoy completamente de acuerdo con los defensores del capitalismo que destacan la necesidad de que haya confianza. Pero creo que es necesario añadir un adjetivo: confianza “merecida”.

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Gabriel Jackson es historiador estadounidense. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Artículo original en ELPAÍS.com

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