Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Seguir la regla

Por HUGO ARIAS V. (El Post)

Los españoles están de los pelos por estos días por la solución ideada por el gobierno saliente de llevar la estabilidad presupuestaria a la Constitución. Bueno, la verdad Europa entera sufre hace ya bastante rato por los déficits fiscales; y en el último tiempo por los ajustes para cerrar esos déficits, lo que normalmente termina afectando el gasto social y minando el Estado de Bienestar (que con todas las jibarizaciones de los últimos años sigue siendo muchas veces mejor que lo que tenemos por acá).

En general, la norma en los países desarrollados en las últimas décadas ha sido no superar cierto nivel de déficit fiscal y propender hacia el equilibrio, lo que muchas veces ha sido letra muerta frente a alguna contrariedad que ha exigido que el Estado intervenga. Hoy, en tanto, en medio de la crisis y la presión de los mercados y los inversionistas y los organismos financieros internacionales, el mandato para controlar el gasto fiscal es, aparentemente, incontrarrestable, no importando siquiera que, como dicen tipos como Joseph Stiglitz, el remedio sea peor que la enfermedad.

En Chile, y más allá del chovinismo, tenemos nuestra propia regla de gasto fiscal que ha funcionado bastante bien y que es frecuentemente alabada en todo el mundo, porque le ha dado una estabilidad a las finanzas públicas que ya se quisiera cualquier economía tan dependiente de los recursos naturales como la nuestra. Desde que se instaló esta norma, allá por los lejanos inicios del gobierno de Ricardo Lagos, con Nicolás Eyzaguirre como ministro de Hacienda, la idea se ha promocionado como una fórmula que nos permite ahorrar en tiempos de “vacas gordas” para poder gastar en tiempos de “vacas flacas”.

Otra manera de explicar la misma regla es que, desde su instauración, Chile (su Estado) no puede gastar más de lo que es capaz de recaudar en “condiciones normales” (normalidad dada, principalmente, por el precio de mediano plazo del cobre, nuestro sueldo, y el crecimiento potencial de la economía). Por eso, porque no podemos gastar más de lo que normalmente somos capaces de financiar, es que cuando las vacas son gordas (cuando el precio del cobre anda por las nubes o cuando crecemos más allá de nuestro potencial), se generan superávits que ahorramos, y cuando ocurre todo lo contrario, cuando vienen las vacas flacas, usamos lo ahorrado para gastar como si estuviéramos viviendo un año “normal”.

Gastar de manera permanente sólo lo que somos capaces de generar de manera permanente, esa es la clave.

Hoy, cuando se habla de cambios en la educación y de cómo financiarlos, y cuando se dice que una reforma más o menos en serio cuesta unos 4.000 millones de dólares permanentes (es decir, un 2% de PIB cada año), entonces la pregunta natural es: ¿es posible financiar eso sólo con más eficiencia del gasto y crecimiento? Más aguda aun es la cuestión, si a la educación se agregan otras demandas que tarde o temprano van a explotar en la sociedad, como salud y protección social. ¿Es posible prometer un país que responda a esas exigencias sin generar nuevos ingresos fiscales permanentes?

Artículo original en El Post

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