Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Casados por el euro


Por LOLA GALÁN (El País)

La crisis de la deuda ha reforzado la alianza entre Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, una pareja política improbable, unida en la misión de meter en cintura a los países del euro. Un matrimonio de conveniencia en el que la canciller alemana lleva la voz cantante, y el presidente francés es el perfecto consorte.

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Una semana después de que la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, propusieran a los países del euro blindar el techo de déficit en sus respectivas constituciones, como ha hecho ya la propia Alemania, el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció que reformará la Carta Magna en un tiempo récord. Y es que los deseos de Merkel, la mujer más poderosa del mundo, según la revista Forbes, casi siempre compartidos por Francia, son órdenes. La eurozona ha estado en vilo hasta que la canciller se decidió a dar luz verde al segundo rescate de Grecia, y se dispone a aceptar sin rechistar el “Gobierno económico” para capear la crisis, decidido en el mismo encuentro del martes pasado por los dos mandatarios que controlan la UE.

Nunca como ahora, en plena crisis de la deuda soberana, con la moneda única acosada por los especuladores, ha quedado tan clara la irrelevancia de la burocracia bruselense, ni tan minimizada la voz de los otros 15 Estados que integran la zona euro, por no hablar de la desdibujada Europa de los 27. Merkel y Sarkozy, metamorfoseados en una especie de criatura política común, lo analizan todo, lo debaten todo y, normalmente, logran ponerse de acuerdo arrastrando después a los demás. Son la pareja de moda. Sus comparecencias públicas se han convertido en la constante del verano. Ellos se lo guisan y se lo comen, como decía con amargura hace unos días el consejero de Comercio de la Comisión Europea Karel de Gucht al hilo de las decisiones tomadas por el dúo el 16 de agosto en París.

Supuestamente, ese encuentro pretendía calmar a los mercados. Merkel y Sarkozy salieron de su entrevista prácticamente de la mano, y anunciaron cosas más o menos acordadas hace tiempo: la puesta en marcha de un Gobierno económico europeo para manejar la crisis; la tasa Tobin para las transacciones financieras, que muchos medios han bautizado “como la serpiente del verano”, e insistieron en la mencionada reforma de las Constituciones. También añadieron, como prueba de sintonía absoluta, que elaborarán conjuntamente los presupuestos de sus respectivos países y armonizarán el impuesto de sociedades. Tanta unanimidad no evitó que siguiera subiendo la prima de riesgo de las deudas italiana y española.

El eje franco-alemán, impulsor de la propia UE, siempre ha sido clave en Europa. ¿Cómo discutir el liderazgo de las dos economías más grandes de Europa? Nunca antes, sin embargo, la sintonía entre los representantes de ambas potencias había sido tan ostensible y tan publicitada. Se les ha visto juntos en cinco ocasiones en los últimos 10 meses. Encuentros que a veces han irritado a sus socios europeos. Por ejemplo, en la cumbre que mantuvieron en octubre de 2010, en Deauville, en la costa de Bretaña, se pusieron de acuerdo para imponer a la UE una reforma del Tratado de Lisboa que permita, entre otras cosas, imponer sanciones (Merkel optaba por privarles del derecho de voto) a los países que no cumplan con la disciplina presupuestaria que exige la UE. La cosa no gustó demasiado.

Angela Merkel y Nicolas Sarkozy forman una pareja política tan improbable como inseparable. Juntos analizan, ante un vaso de zumo de naranja o una copa de vino tinto, en solitario o rodeados de sus respectivos y amplios equipos, qué es lo que les conviene a sus dos países y a la UE, siempre bajo el prisma de sus intereses. Si algunos socios reclaman la creación de eurobonos, es decir, bonos con un solo apellido europeo, Merkel y Sarkozy dirimen sus diferencias antes de presentarse al mundo con una idea común: de momento, nada de eurobonos, sin armonizar antes las políticas presupuestaria, fiscal y hasta las Constituciones de cada país. Los eurobonos llegarán más adelante si no queda más remedio.

Pero más allá de la necesidad de defender sus intereses comunes y al euro, ¿hay sintonía real entre Merkel y Sarkozy? A juzgar por sus biografías y por su actitud ante la cámara, se diría que no demasiada. La crisis del euro, sin embargo, les ha obligado a aunar esfuerzos y enterrar las diferencias. Un factor que ha facilitado el acercamiento es la falta de vanidad de Merkel. Es la que manda en el dúo, pero lo hace con discreción y sin alardes.

Sarkozy, extravertido y teatral, suele ser el que primero se lanza a sus brazos, y el que aprisiona la mano de la canciller, siempre algo huidiza e incómoda ante las desbordantes demostraciones de afecto del francés. Merkel, de 57 años, hija de un pastor protestante, es una luterana creyente que juró su cargo invocando la ayuda de Dios. Sarkozy, de 56 años, hijo de un inmigrante húngaro que abandonó a la familia y, según confesión propia, no se preocupó lo más mínimo de él, fue educado por su madre, una católica francesa con sangre judía en las venas. Pese al doloroso distanciamiento, el presidente francés parece haber heredado algo de la vocación donjuanesca del padre. Ya va por el tercer matrimonio.

Merkel, casada dos veces, es todo lo opuesto. Vivió entregada a la ciencia, tras doctorarse en Físicas e ingresar en la Academia de las Ciencias de Berlín oriental, donde, paradójicamente, se dedicó a la química. Sarkozy estudió Derecho y en cuanto pudo se lanzó a la política, obsesionado por llegar a lo más alto. A los 22 años era concejal de su barrio, Neuilly-sur-Seine. A los 27 años, alcalde.

Merkel, que no tiene hijos, empezó tarde su carrera política, tras la caída del muro de Berlín. Con la unificación alemana pasó a formar parte de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), de Helmut Kohl, que la hizo ministra de la Mujer y la Juventud, y más tarde, de Medio Ambiente. En 2000 llegó a la presidencia del partido y para cuando Sarkozy, que fue dos veces ministro del Interior durante la presidencia de Jacques Chirac, alcanzaba finalmente el Elíseo, en 2007, ella llevaba dos años como canciller de Alemania. Pero hay un punto común en la biografía política de ambos. Merkel fue la primera en pedir públicamente la dimisión de Kohl tras el escándalo de donaciones ocultas que golpeó a la CDU a finales de los años noventa. Sarkozy, protegido de Chirac durante años, no tuvo inconveniente en apoyar la candidatura de Édouard Balladur a la presidencia de la República, en 1995, dejando tirado a su mentor. Chirac, que se alzó con el triunfo, tardó en perdonarle, pero lo hizo. En 2002 le entregó la cartera de Interior.

Con su afición al jogging, sus zapatos de tacón sobreelevado y su perenne bronceado, Sarkozy parece más preocupado por su aspecto que su aliada alemana. Merkel no sigue dietas y se refugia en una especie de uniforme, pantalones combinados con chaquetas de colores vivos, para sus múltiples apariciones públicas. El pelo rubio corto y el maquillaje escaso dan idea de una personalidad práctica y discreta.

Lo que no significa que no disfrute del estrellato político. De hecho, reconoce que se lo pasa muy bien gobernando, aunque no renuncia a su vida privada. En declaraciones al diario alemán Bild, en 2006, confesaba que le seguía preparando el desayuno a su marido, el químico Joachim Sauer. Reelegida en 2009, las muchas preocupaciones de su doble liderazgo al frente de la República Federal y de la UE no le impiden hacer la compra personalmente siempre que puede, y espera su turno en el supermercado como una ciudadana más. Crecida en el ambiente opresivo de la Alemania Oriental, Merkel (que lleva el apellido de su primer marido, Ulrich Merkel, del que se divorció) tiene la extraordinaria capacidad de disimulo que caracteriza a los que han tenido que sobrevivir en una atmósfera hostil.

Si la canciller parece a veces incómoda en su piel, Sarkozy está encantado con su persona. Es desenvuelto y populista, aunque tiene arranques de policía de película. Se deja ver en los toros y no renuncia a fotografiarse con el ganador de turno de alguna etapa del Tour. Veranea en la lujosa mansión de la Costa Azul propiedad de la familia de su tercera esposa, la exsupermodelo y cantante Carla Bruni, que va a hacerle padre por cuarta vez. Merkel y su marido, por el contrario, pasan sus vacaciones en algún lugar del Tirol, y la única cita mundana a la que acuden en verano es la del Festival de Bayreuth, dedicado a las óperas de Richard Wagner.

Si para Nicolas Sarkozy, bajo de popularidad, cada apretón de manos y cada fotografía junto a Merkel es un aval que exhibir ante la oposición socialista e incluso ante las agencias de rating, para la canciller alemana, cada cumbre con Francia es una forma de evitar lo que de otro modo sería visto como un protagonismo excesivo e inquietante de Alemania en Europa.

En vísperas de las elecciones presidenciales de 2012, Sarkozy confía en que la caída del coronel Gadafi -la guerra de Libia ha sido una obsesión del presidente- logre reflotar su popularidad. Y necesita cortejar políticamente a la canciller, cuya compañía consideraba tan poco divertida hace unos años. En el libro El alba, la tarde o la noche, que Yasmine Reza dedicó a Nicolas Sarkozy tras seguirle varios meses en vísperas de su elección al palacio del Elíseo, la escritora cita esta frase escuchada al futuro presidente francés: “A Berlín quiero ir con [Alain] Juppé. Bonita idea, ¿no? Voy a pasar un día infernal con Juppé y Merkel”. Pero desde entonces ha llovido mucho y ni Sarkozy ni Merkel son los mismos. Ella ganó un segundo mandato al frente de la República Federal, él se ha visto salpicado por sucesivos escándalos relacionados con la financiación de su campaña electoral, y golpes de efecto, como la expulsión de los gitanos rumanos el verano pasado, no le han granjeado más que críticas entre sus socios europeos.

La crisis sacude también a la sociedad francesa obligada a apretarse el cinturón. Y aunque la popularidad de Sarkozy esté bajo mínimos, según una encuesta reciente publicada por Le Parisien, su gran aliada europea, la canciller Merkel, es la que más confianza inspira a los franceses. Razón de más para que el presidente busque su compañía a toda costa.

Criticada por su escaso carisma y su imagen aburrida, Angela Merkel, nacida Angela Dorothea Kasner, ha dado muestras de gran personalidad y carácter. Aguantó durante años ser la chica en el Partido Cristiano Demócrata (CDU) alemán, profundamente machista y jerarquizado, y se llevó finalmente el gato al agua en los comicios de 2005. Su elección, por un resultado muy justo, dio paso a la gran coalición con los socialdemócratas, una fórmula difícil que ha contribuido a sacar a Alemania de la crisis mucho antes que a la mayoría de sus socios de la Unión Europea.

Dicen de ella que es pragmática e indescifrable como una esfinge, aunque tiene sentido del humor. El diario británico The Daily Telegraph recordaba con motivo de su reelección una anécdota ilustrativa de ese pragmatismo. Tras ganar las elecciones en 2009, se dispuso a formar Gobierno, esta vez con una coalición de su agrado, que incorporaba además de al Partido Cristiano de Baviera, liderado por Edmund Stoiber, al liberal del actual ministro de Exteriores, Guido Westerwelle. El acuerdo se preparó en una reunión en el domicilio berlinés de este último. Un piso decorado con cuadros del artista Norbert Bisky, composiciones que mezclan pornografía, iconografía católica y visiones apocalípticas. Stoiber quedó horrorizado de estas obras y al salir le dijo a Merkel que no volvería al piso de Westerwelle. “¿Por qué?”, le interrogó ella, “la conversación ha sido estupenda”.

“¿No te has fijado en los cuadros?”, preguntó el líder bávaro.

“Pero ¿había cuadros?”, respondió Merkel. La anécdota puede ser ilustrativa de la capacidad de concentración de la canciller, que le atribuyen todos los que la conocen, o de la habilidad de no ver lo inconveniente, también extremadamente útil en las negociaciones políticas.

Pero Merkel no rehúye tampoco la defensa de sus ideales. En septiembre de 2010 le entregó personalmente un premio a la libertad de expresión al dibujante danés Kurt Westengaard, autor de la polémica caricatura de Mahoma que provocó graves protestas en varios países árabes, en 2006, y le valió amenazas de muerte, que estuvieron a punto de materializarse. La prensa alemana consideró la presencia de Merkel en ese acto como el gesto más arriesgado de la canciller ese año.

Amigos incondicionales de Estados Unidos, Merkel y Sarkozy tienen el inglés como idioma común. Aunque, dada la sintonía entre ambos y la confianza que los franceses depositan en la jefa del Gobierno federal, quizá haya llegado la hora de que Nicolas Sarkozy aprenda alemán.

Artículo orgina en ELPAÍS.com

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