Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Las ejecuciones tiñen de sangre Trípoli


Por JUAN MIGUEL MUÑOZ (El País)

La ONU exige a los jefes rebeldes que tomen medidas para detener los actos de venganza – Hallados 80 cadáveres en un hospital de la zona leal a Gadafi.

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Seguramente ha ocurrido desde que en febrero comenzó la guerra en Libia. Las denuncias de asesinatos y aberrantes torturas han sido moneda común. Los agresores, principalmente, han sido las tropas de Muamar el Gadafi, más acostumbradas a estos desafueros. Pero los rebeldes -el presidente del Consejo Nacional (CNT), Mustafá Abdel Yalil, amenazó días atrás con dimitir si no se frenaban estos crímenes- tampoco tienen las manos limpias. En esta fase decisiva del conflicto, las pruebas de ejecuciones sumarísimas abundan.

Cadáveres maniatados con tiros en la cabeza han sido hallados en varios distritos de Trípoli. Algunos eran mercenarios o soldados gadafistas; los más, milicianos opuestos al régimen. Naciones Unidas ha salido a la palestra, consciente de que los excesos se multiplican. “Apremiamos a todos aquellos que ostenten posiciones de autoridad en Libia, incluidos los comandantes, a adoptar medidas para asegurar que no se cometan crímenes o actos de venganza”, aseguró ayer Rupert Colville, portavoz de la ONU.

No parece que muchos rebeldes ni soldados leales al tirano sean receptivos a esta petición, y menos ahora que los rebeldes pretenden acelerar su ofensiva para apresar a Gadafi y que los fieles al dictador luchan por su supervivencia. Un enviado de la BBC visitó el viernes un hospital en el que se habían entregado 17 cadáveres de insurrectos. Fueron asesinados mientras los sublevados tomaban Trípoli a comienzos de esta semana. Los médicos aseguraban que la mitad de ellos habían recibido balazos en la nuca, y que sus extremidades y manos estaban desfiguradas. Antes habían sido salvajemente torturados. Pero también se han visto cuerpos de soldados del régimen con tiros en la sien y maniatados en medio de una rotonda tripolitana. Parece que los sublevados no se preocupan demasiado por retirar las pruebas de unos actos que Naciones Unidas considera crímenes de guerra.

También se han encontrado 80 cadáveres, entre ellos el de un niño, en un hospital abandonado junto a un búnker próximo a Bab el Azizia, el fortín de Gadafi en Trípoli. Se ignora su identidad. Treinta personas habían sobrevivido al abandono. Resulta imposible aventurar en el caos que vive el país árabe cuántas personas han sido víctimas de estos crímenes. En Libia no se proporcionan cifras. Y cuando se hace, muy a menudo no son verosímiles.

Gadafi ya es perseguido por el Tribunal Penal Internacional, y las acusaciones adicionales que emerjan poco cambiarán su situación legal. Para el Consejo Nacional de Transición, que está trasladándose a Trípoli estos días y que promete instaurar un sistema político similar a los modelos democráticos europeos, estas imputaciones suponen una severa mancha en su expediente.

Propinar palizas significa bien poco para un buen puñado de rebeldes. No les importa ser vistos. Porque el miércoles lo hacían incluso enfrente de la escuela del barrio de Goryi, que estaba repleto de periodistas. Algunos detenidos por los rebeldes son recibidos a golpes según descienden de los vehículos en que son llevados a los cuarteles improvisados en cualquier dependencia oficial. Cierto es que suelen ser los más jóvenes los que se lanzan con furia contra los temerosos detenidos -su rostro lo dice todo-, y que son los adultos los que frenan la agresión.

Están muy lejos de comprender lo que significa realmente el trato adecuado a los reclusos. En abril, en Bengasi, este enviado fue invitado por un oficial rebelde a comprobar la identidad de ocho reos. Todos ellos africanos. El militar, que quería demostrar que el dictador emplea mercenarios, aseguró: “Aquí no somos como Gadafi. Nuestros detenidos disponen de abogado”. Y, en efecto, un hombre se acercó y, en perfecto inglés, explicó las garantías de que gozaban los arrestados. Al poco de retirarse el letrado a su despacho, el uniformado mostraba las tarjetas de identidad de los capturados. “Mira, este es de Níger”, decía mientras soltaba un tortazo al joven en la cara. “Este es de Malí”, y le arreaba una patada. “Este también es de Malí”, y le atizaba un capón.

Los derechos humanos no son siempre fáciles de asimilar, y menos en una sociedad tan embrutecida por 42 años de dictadura. Ayer seguía combatiéndose en la zona del aeropuerto, atacado por los soldados gadafistas, y en varios barrios de Trípoli. Al Yazira informaba de que en el barrio de Abu Salim -donde ayer los milicianos cantaron victoria definitiva, lo que tampoco significa demasiado- los rebeldes detuvieron a cientos de personas en una redada masiva e indiscriminada, seguramente porque siguen pensando que en ese lugar misérrimo puede esconderse el hombre al que buscan. Los sacaban casa por casa, precisamente cuando el Consejo Nacional está instalándose en la capital y persiguiendo su lugar en Naciones Unidas. Creen que en ese barrio, donde el tirano goza de cierto apoyo, puede esconderse Gadafi.

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UN FINAL DE RAMADÁN SIN LUZ NI AGUA

Gran parte de los tripolitanos añadieron ayer al sufrimiento que supone cumplir el precepto del Ramadán -no comer ni beber agua durante 13 o 14 horas- y al calor sofocante y húmedo propio de la temporada, un contratiempo que podían esperar, aunque no a esta escala. Gran parte de la ciudad estuvo sin agua ni luz durante toda la jornada. Algunos vecinos buscaban el líquido por la calles de la capital. En el centro de esta urbe de dos millones de habitantes, hoteles de categoría no suministraban agua en las habitaciones. Nadie acertaba con la explicación. Y, como es habitual, si no norma en los países árabes, la rumorología y las teorías de la conspiración aparecieron. Había quien hablaba de un ataque a los conductos de agua que abastecen Trípoli desde el sur de Libia. Otros comentaban que, tal vez, se habían envenenado los depósitos. En todo caso, los cortes de luz en Trípoli han sido frecuentes en los últimos meses, pero pocas veces tan prolongados y extensos como el padecido ayer.

Los dirigentes del Consejo Nacional, el Gobierno de los alzados, afirman con frecuencia que Gadafi es capaz de cualquier barbaridad y de que dispone de medios para cometerla. De eso caben pocas dudas. Cuenta todavía con hombres armados y suficiente dinero y oro -según aseguran exfuncionarios conocedores de sus finanzas- para atacar la que fue una de las creaciones faraónicas de las que más se enorgullecía, el Gran Proyecto del Río Construido por el Hombre: la enorme conducción que trae el agua desde los pozos de la región de Sabha, en cuya capital, a 600 kilómetros al sur de Trípoli, Gadafi proclamó en 1977 la Yamahiriya, el Estado de las masas, su proyecto social y político descrito en el Libro Verde. Esta ciudad, junto a Sirte, uno de los bastiones del autócrata, ha vivido hasta ahora casi al margen de la guerra. Sería un golpe devastador para la ciudad.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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