Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

La hora decisiva de los rebeldes

Por MAITE RICO (El País)

El final del régimen gadafista abre las incógnitas sobre la capacidad del Consejo Nacional de Transición para dirigir una nueva Libia democrática.

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Con el régimen de Muamar el Gadafi a punto de sucumbir, todas las miradas se han vuelto a las autoridades rebeldes. El Consejo Nacional de Transición (CNT), basado en Bengasi, ejerce desde marzo el poder de facto en la mitad este de Libia y quiere mudarse ahora a Trípoli, la capital nacional. Pero en las horas finales de Gadafi, a la comunidad internacional le ha entrado el vértigo. ¿Será el CNT capaz de pilotar una transición pacífica? El fantasma de Irak, desgarrado por las luchas internas tras la caída de Sadam Husein, sobrevuela los análisis de los expertos, y las proclamas bienintencionadas de los líderes insurgentes no acaban de disipar los temores. Después de todo, el reto que afrontan los libios es descomunal: construir un Estado, un país, de la nada.

El expediente del CNT es, hasta ahora, alentador. Además de gestionar el día a día en la Libia liberada, ha desarrollado una intensa actividad diplomática que le ha brindado el reconocimiento internacional. Bajo el brazo tiene, además, una hoja de ruta para la transición democrática que prevé elecciones constituyentes en el plazo de ocho meses, una vez que el régimen gadafista esté aniquilado. Pero, ¿quiénes son estos dirigentes?

Formalmente, el CNT es una suerte de asamblea legislativa integrada por medio centenar de representantes de las poblaciones liberadas. Se trata de personalidades respetadas elegidas de forma asamblearia. Abundan abogados, médicos, profesores, ingenieros y comerciantes. El pasado junio, el CNT escogió al Comité Ejecutivo, que hace las veces de Gobierno y está formado por 17 ministros.

Los perfiles de la dirigencia rebelde son variopintos: desde exfuncionarios del régimen hasta exiliados que han regresado de Europa o Estados Unidos, pasando por académicos y empresarios locales. Son, sin duda, una élite preparada, que está logrando dirigir una especie de república autogestionaria en la Cirenaica, el este del país. Algo milagroso si se tiene en cuenta que, durante 42 años, Libia se ha regido por un régimen autócrata, sin instituciones, ni Constitución, ni partidos.

El afán por acabar con la dictadura ha soslayado los recelos de algunos sectores populares y juveniles, que sienten que su revolución está siendo secuestrada por un nuevo aparato al que tachan de “oscurantista”. También ha mantenido en un segundo plano las inocultables rivalidades en la cúpula rebelde, tanto en las filas políticas como en las militares. El asesinato, a finales de julio, del general Abdel Fatah Yunes, jefe militar de los insurgentes, a manos de un grupo armado local dejó en evidencia las fracturas internas. Y constató, también, que el poder civil no acaba de controlar, pese a sus esfuerzos, al casi medio centenar de milicias o katibas, nacidas al calor de la revuelta popular de febrero.

De ahí los interrogantes sobre la capacidad del CNT para, llegado el momento, tomar las riendas en todo el país. De momento, las fuerzas rebeldes en Occidente están haciendo oídos sordos a los llamamientos del Gobierno de Bengasi para que respeten los derechos humanos del enemigo. La falsa noticia de la detención de dos hijos de Gadafi, anunciada por el propio CNT, demostró que había cortocircuitos graves en las comunicaciones entre Bengasi y Trípoli.

Queda, además, otra duda. ¿Qué grado de legitimidad tendrá el CNT entre la población libia? ¿Cómo recibirá la élite de Trípoli, rival histórica de Bengasi, a las autoridades rebeldes del oriente?El Gobierno insurgente ha sido extremadamente cuidadoso y ha reiterado su condición de “provisional”. Trípoli, insisten, será la capital de la Libia libre y unida. Y rechazan cualquier comparación con Irak. “Todos los libios queremos lo mismo: libertad, democracia y recuperar nuestra condición de seres humanos, de la que Gadafi nos privó”, afirma Mohamed Ambarak, rector de la Universidad Médica Internacional de Bengasi y asesor del CNT.

Es cierto que hay diferencias sustanciales con Irak. En Libia no hay ningún partido político dominante, como el Baaz iraquí. Todo está por hacer en términos de organización política. Hay también una mayor homogeneidad étnica y religiosa, y un fuerte sentido de identidad nacional. Las tribus, insiste Ambarak, desempeñan hoy un papel de paraguas social y, en una situación tan nueva como la que se plantea, pueden ser incluso un elemento de cohesión.

El islamismo radical, otro de los motivos de preocupación en Occidente, no ha dado muestras hasta ahora de tener peso específico. La sociedad libia, suní, es conservadora, pero en absoluto fanática. El movimiento islamista, nacido por influencia de los Hermanos Musulmanes egipcios y reprimido brutalmente en los noventa, mantiene un perfil bajo y hace votos por la democracia. Los yihadistas libios, que combatieron en Irak o Afganistán, capitanean batallones rebeldes, pero están bastante neutralizados en sus propias comunidades. Ahora bien, la sharia, o legislacion islámica, está sin duda presente en el debate sobre la futura Libia. En Bengasi, la juez Naima Yibril se siente tranquila. “Los libios estamos pagando un precio demasiado alto por nuestra libertad, y nunca aceptaremos otro régimen autoritario, sea religioso o de cualquier otra índole. Ni aquí ni en Trípoli”.

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LOS PRINCIPALES DIRIGENTES POLÍTICOS DEL CAMBIO

Mustafá Abdel Yalil. Presidente del Consejo Nacional de Transición, Yalil, de 59 años, abandonó su cargo de ministro de Justicia de Gadafi, a quien había desafiado públicamente, cuando comenzó la represión de las revueltas en febrero. Es un personaje conciliador y respetado. Ha anunciado que no participará en un futuro Gobierno.

Abdelhafiz Ghoga. Vicepresidente y portavoz del CNT, este abogado de Bengasi cobró relevancia cuando representó a familiares de los presos asesinados en la prisión de Abu Salim, en 1996. Criticado por su indisimulada ambición política, sus detractores le acusan de haber jugado a dos cartas con el régimen.

Ali Tarhuni. 60 años. Ocupa la cartera de Finanzas y Petróleo en el Gobierno interino. Comenzó sus estudios de Economía en Libia, hasta que en 1973 huyó al exilio. Terminó la carrera en Estados Unidos y trabajó en la Universidad de Washington hasta su regreso a Libia, el pasado febrero.

Mahmud Yibril. 59 años. Es el primer ministro del Gobierno rebelde y su jefe diplomático. Economista formado en Egipto y EE UU. Como responsable del Consejo de Desarrollo entre 2007 y 2011, promovió la apertura económica en Libia. Su prestigio internacional le garantiza un papel importante en la transición.

Artículo original en ELPAÍS.com

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