Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Sartre y el iPhone


Por JOHN CARLIN (El País)

Truman Capote, el excéntrico y diminuto escritor norteamericano, se fue a París poco después del final de la II Guerra Mundial a mamar de la cultura intelectual de la rive gauche. Pese a que decía haber logrado la hazaña de pasar una noche de pasión con Errol Flynn, el Brad Pitt de su época, los sesudos ideólogos del círculo de Jean-Paul Sartre se mofaban de él. Simone de Beauvoir, la siempre severa esposa de Sartre, decía que su aspecto le hacía pensar en “un champiñón blanco”. La celebridad francesa que le trató con más cariño fue la deliciosamente escandalosa Colette, autora de 50 novelas, actriz de vodevil, mujer osada -multisexual- que ayudó a esconder a judíos durante la ocupación nazi.

Capote tenía 23 años la mañana que se conocieron; Colette, 74. Ella lo recibió reclinada en la cama -“como Louis XIV”, escribiría Capote-, mientras desayunaba. ¿Qué esperaba de la vida? Colette le preguntó. No sé, respondió el joven, pero sí sé lo que quiero: ser una persona adulta. “Eso”, contestó la venerable vedette, “es lo único que nunca podremos ser”.

Sospecho que Colette tenía razón. Si uno se pone a escarbar un poco ve que la gente más aparentemente madura siempre esconde algún rasgo infantil. Charles de Gaulle, la gran figura francesa del siglo XX, rozaba el ridículo con sus complejos de grandeza. Winston Churchill era un borracho perdido. José María Aznar… bueno, si fuera un borracho se le podría perdonar.

Yo, de todos modos, voy a intentar estar a la altura del reto capoteano. Y sé cómo iniciaré la misión: cambiando mi iPhone, al acabar el verano, por una Blackberry. La adultez y el iPhone son dos conceptos contradictorios. El iPhone es un juguete para gente grande. La Blackberry (femenina, por cierto, señal ya de una madurez superior) es un aparato práctico.

Y no: no me compraré una de esas versiones nuevas con pantalla táctil. Ya es hora de abandonar la adicción a los Angry birds. Adiós también a Talking Tom, el gato al que le frotas la barriga y se pone a ronronear. Poseer una Blackberry es señal de una actitud seria ante la vida, y quiero que la gente lo vea.

Por otro lado, me pregunto, ¿por cuál de los dos gadgets hubiera optado Colette? Por el iPhone, seguro. Y Capote, también. Mientras que Beauvoir y Sartre, unos pesados, hubieran sido gente de Blackberry. Mmm… Igual me lo replanteo todo… No. Nada. Fuera. Me quedo con el iPhone; me resigno a la eterna niñez.

Artículo original en ELPAÍS.com

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