Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Onetti, vendedor de entradas


Por JUAN VILLORO (El País)

En un tiempo en que los personajes literarios fumaban mucho, Juan Carlos Onetti reinventó el arte de respirar. Su voz tiene el ritmo de lo que debe ser dicho con suave firmeza, la verdad amortiguada por un tono cómplice y piadoso. Sus personajes se embarcan en proyectos sin futuro y amores contrariados; luchan por imponer una razón que solo ellos conocen. Pierden en el mundo de los hechos, pero conservan la dignidad de quien supo oponerse a la evidencia.

Curiosamente, el supremo artífice de la devastación fue un vendedor de ilusiones. El 10 de julio de 1937 escribe en una carta: “Novedades no hay salvo que me han prometido emplearme como vendedor de entradas en el Estadio o cancha de Nacional de Fútbol; creo que el domingo ya entraré en funciones”.

Hugo Verani dio a conocer en 2009 la correspondencia del autor de La vida breve con el pintor y crítico de arte argentino Julio E. Payró, a quien dedicó dos veces Tierra de nadie (primero se limitó a escribir el nombre del amigo; 24 años después agregó: “con reiterado ensañamiento”).

Onetti fue peón de albañil, pintor de paredes, portero de un edificio, vendedor de máquinas de sumar y de neumáticos hasta que pasó a las esforzadas tareas del periodismo (llegó a dormir en una sala de una Redacción). Su trabajo más extraño fue el del Estadio Centenario. ¿Qué es un vendedor de entradas si no un promotor de la esperanza? Una magnífica ironía hizo que el puesto recayera en un inventor de derrotas.

En las Cartas de un joven escritor, el novelista recomienda ver Montevideo “desde el mástil del estadio”: “Frente a mí, el pueblo; encima mío, el orgulloso mástil donde flameara la insignia de la historia, las gloriosas tardes de 4 a 0, 4 a 2 y 3 a 1, la gloria entre aullidos, sombreros, botellas y naranjas” (alude al Mundial de 1930 y a la final en que Uruguay ganó 4-2 a Argentina).

En las cartas habla de su “absoluta falta de fe”. Un rabioso escepticismo le permite decir: “Me está madurando una cínica indiferencia”. El trabajo en la cancha le sirve de irónico contrapeso emocional: “Me voy para el Stadium a fin de crearme una sensibilidad de masas, multitudinaria y unanimista”. Nada más ajeno al autor de El astillero que lo unánime, pero siente esa tentación cuando “raja pal jurgo” (cuando “va al fútbol”).

La correspondencia revela que en 1937 escribía una obra de teatro que se perdió: La isla del señor Napoleón. En forma típica, abordó al emperador en su desgracia.

¿Qué clase de aficionado al fútbol fue Onetti? En una carta dice: “Un personaje de mi libraco le hace la apología de una isla fantástica a una mujer triste. Ella lo escucha y luego le dice: ‘¿Pero todo eso es mentira, verdad?’. Él, desolado, asiente. La muchacha sonríe: ‘Pero no importa. De todos modos esa isla es un lugar encantador. ¿No le parece?”. Hay mentiras necesarias, falsedades que alivian. Seguramente vio los partidos de ese modo. César Luis Menotti coincide con él: “El fútbol es el único sitio donde me gusta que me engañen”.

En sus libros y en el Estadio Centenario Onetti permitió la entrada a un entorno que mejora por lo que creemos y mostró que la gloria es, a fin de cuentas, una causa modesta que ocurre “entre aullidos, sombreros, botellas y naranjas”.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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