Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Periodismo mediocre


Por HUGO ARIAS V.

Si hay algo que se me repite en Twitter noche tras noche, día tras día, es el reclamo por la mediocridad (promedio) de nuestro periodismo… Es duro recibir la andanada cotidianamente y no tener demasiados argumentos para defender al gremio; más aun, estar de acuerdo con los reclamos.

Concedamos por un momento que el mal periodismo de nuestros días no es por maldad ni por complicidad de los reporteros con el poder; hagamos fe de que no es por desdén o por flojera. ¿Qué nos queda, entonces, como explicación?

Cuando por estos días se discute sobre calidad de la educación casi en todas partes, parece que los noticiarios mediocres, el amarillismo de diarios y TV y la desorientación total de los reporteros son también consecuencias de esa mala educación que nos ha ido atontando de generación en generación y que se conforma hoy con lanzar al mercado laboral tipos de pensamiento lineal y estrecho, gentes que repiten lo aprendido una y otra vez, pero incapaces de reflexionar más allá de sus narices y desarrollar un pensamiento propio, holístico, crítico.

Perdón que lo diga, pero el periodismo no es la excepción en el “modelo de negocios” de la educación chilena, por lo que resulta bien difícil que tengamos algo mucho mejor a lo que actualmente se nos ofrece sin que se produzcan cambios profundos en materia de formación profesional.

Debe ser difícil pensar una malla curricular enfocada, por ejemplo, en enseñar a pensar, a mirar, a escuchar, a sentir, comprometerse, cuestionarse, escarbar la realidad, conmoverse (y, claro, también a escribir o a hablar frente a un micrófono o una cámara o a batirse con las herramientas tecnológicas de moda). Debe ser difícil entender el periodismo en el entorno de las ciencias sociales y no como el ejercicio de “técnicas” de comunicación. Debe ser difícil proponerse formar periodistas dispuestos a descubrir el bosque y no quedarse sólo con uno o unos pocos árboles.

Hace algunos años, me topé con uno de los mejores reportajes económicos que he leído en una revista que para muchos puede ser sorpresa: National Geographic. Quizás muchos ni siquiera lo consideren ‘periodismo económico’. Pero visto con detención, no es extraño que esa joya apareciera ahí, porque hay un espíritu especial que recorre a la revista de los descubridores y los aventureros, de los naturalistas y los antropólogos, de los arqueólogos y los fotógrafos: el interés por comprender a las personas y su entorno, la perspectiva puesta en las sociedades y su cultura y su historia.

El artículo hablaba del oro negro en Nigeria y partía así: “El petróleo lo corrompe todo en el sur de Nigeria. Se derrama de sus oleoductos, envenenando la tierra y el agua. Mancha las manos de los políticos y generales, que desvían sus beneficios. Corrompe las ambiciones de los jóvenes, que harán lo que sea por obtener una parte de la riqueza: disparar un arma, sabotear un oleoducto o secuestrar a un extranjero. Nigeria tenía todos los ingredientes de una historia de superación: una nación africana pobre que ha sido agraciada con una repentina y formidable riqueza. Las visiones de prosperidad se elevaron con tanta fuerza como el petróleo que manó por primera vez en 1956 del pantanoso suelo del delta del Níger. El mercado mundial se disputó el crudo del delta, un líquido «dulce» y pobre en azufre llamado Bonny Light, que se refina fácilmente para la obtención de gasolina y diésel. A mediados de la década de 1970, Nigeria se incorporó a la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y las arcas gubernamentales rebosaban petrodólares. Todo parecía posible… pero todo se torció. Densas barriadas repletas de inmundicia se extienden a lo largo de kilómetros. El asfixiante humo negro de un matadero al aire libre avanza sobre los tejados. Baches y roderas abren cráteres en las calles…” (Artículo completo en inglés)

Dan ganas de seguir leyendo, ¿no? Dan ganas de cambiar el final de la historia, ¿no? Dan ganas de mirar acá cerca y preguntarse qué está pasando por estos lares, ¿no?

Cuando pienso en periodismo de calidad, capaz de enriquecer la democracia y cambiar el mundo, pienso en ese reportaje y en algunas piezas notables que de vez en cuando nos regala la prensa chilena… Pero me baja un hambre insaciable por más, por mucho más de ese periodismo, y no se halla por casi ni una parte, al menos no sobre nuestros temas, nuestras preocupaciones, nuestros sueños… Y da rabia. Y da pena.

Artículo original en El Post

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