Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Europa en el limbo

Por CARLOS FUENTES (El País)

Las muchachas solares pasan rubias, poco vestidas pero muy elegantes. Los jóvenes hombres afilan sus seducciones. La gente vieja mantiene una elegancia para la eternidad. Los burgueses que llenan restoranes, bares y hoteles no les van a la zaga. Los turistas corren y recorren, por miles, los sitios de una cultura tres veces milenaria: del Vaticano a los foros imperiales, del Panteón a la plaza de España y a la piazza Navona que fue el antiguo circo de Domiciano.

Qué distante es esta Italia de la que por primera vez visité en 1950. Tenía yo 22 años, la II Guerra Mundial había concluido apenas cinco años antes y Benito Mussolini, dictador (Il Duce) desde 1922, había terminado ejecutado por partisanos rebeldes y colgado de los pies en la plaza Loreto de Milán, junto con su amante, Claretta Petacci, a la que una mujer piadosa le amarró la falda a los muslos. Los niños descalzos corrían pidiendo limosna. Los mendigos ocupaban esquinas clave de las ciudades, las terminales del tren, las salidas de los restoranes. La gente iba a los museos porque allí había calefacción; en los hoteles, no. Nadie viajaba en las primeras o segundas clases de los trenes. La tercera clase iba llena de viajeros con maletas amarradas con cuerdas y ellos vestidos, no como obreros, sino como lo que realmente eran: clase media empobrecida. Los obreros, en cambio, engrosaban las filas del Partido Comunista de Italia y cantaban “Quien no trabaja, no comerá. Viva el comunismo y la libertad”. La burguesía liberal, en cambio, se acogía a la protección norteamericana. El papa Pío XII (Pacelli) lavaba las sospechas de su colaboracionismo con los nazis mediante las glorias del “Año Santo” (1950) y el anticomunismo. En las ciudades de Italia convivían alcaldes comunistas y empresarios capitalistas, muchos de estos estrellas del desarrollo económico de entonces.

Los comunistas fueron perdiendo fuerza. El último gran intento de renovación lo encabezó Enrico Berlinguer y lo enterraron los jóvenes anarquistas asesinos del primer ministro Aldo Moro. Desde entonces, una burguesía rica y poderosa, una clase trabajadora envejecida o desplazada por nuevos tipos de ocupación no-sindical, una juventud inquieta y cuestionante, han convivido con Gobiernos de centro-izquierda y centro-derecha de escasa relevancia ideológica. Es como si la política italiana fuese un rito pasajero de la realidad económica profunda del país.

¿En quién se han reconocido los italianos? Lo mejor de la izquierda no ha podido crear alianzas políticas duraderas, por más que estas se fundan y refundan en distintos nombres. La derecha, en cambio, ha encontrado un silvestre personaje, bufo y calculador, protegido por las leyes del poder de las demandas judiciales que lo aguardan al dejarlo, algúndía. ¿Se acerca ese día, el último de Silvio Berlusconi? El crujido interno del Gobierno lo ha manifestado el ministro de Economía, Giulio Tremonti, en ausencia de Berlusconi, desaparecido en medio de una crisis que el presidente de la República, el socialista Giorgio Napolitano, ha conducido con lo mismo de lo que Berlusconi carece: el genio político.

Memorable aunque tácita alianza. Un presidente de izquierda, mediador e inteligente, Napolitano, le ha dado su apoyo a un ministro de Economía, Giulio Tremonti, calificado por el jefe de Gobierno, Silvio Berlusconi, como “el único miembro de mi Gobierno que se cree un genio”. El “genio” lanzó dos o tres verdades la semana pasada, pactadas con la oposición de izquierda gracias a Napolitano. Verdades, muchas, desagradables para la propia izquierda. Disminución de costos en salud y congelación de pensiones, pero impuestos mayores a los tenedores de bonos y letras del Tesoro. La Repubblica, el gran diario del centro-izquierda, anticipa también la publicidad de entidades hasta ahora ajenas al mercado. Por su parte, Mario Draghi, inminente director del Banco Central Europeo, pidió “reformas estructurales urgentes” y “políticas creíbles”.

Lo interesante del asunto es que el ministro de Economía Tremonti, el futuro director del Banco Europeo Draghi, el presidente de la República Napolitano y, tácitamente, importantes sectores de la izquierda poscomunista y de la derecha posberlusconiana, han unido sus voces para alertar sobre una crisis nacional que tanto Tremonti como Draghi se atreven a endosar a una crisis europea de la cual, por definición, Italia sería víctima, más no causa.

Que no es así, que la crisis es de orden europeo, es el argumento central del antiguo ministro de Finanzas (canciller del Exchequer) y primer ministro británico, Gordon Brown, en un artículo sumamente difundido internacionalmente, por lo cual me limito a citar algunas ideas centrales.

¿Por qué se durmió Europa?, se pregunta y nos pregunta Brown. Falta de capitalización, desempleo, crecimiento a la baja: todo anunciaba una crisis, insiste Brown. De Europa y no solo, aisladamente, de Irlanda, Portugal, Grecia y, acaso, Italia y España. Crisis paneuropea: si no se entiende esto, los remedios serán -son- ineficaces. El problema, indica Brown, es europeo y tiene tres aspectos. La banca europea no ha reconocido que ya no es solo banca europea, mucho menos banca nacional, sino parte de un sistema global y sujeta a variables como el descenso de los valores de propiedad. Los problemas no se resuelven otorgando créditos, argumenta Brown, porque son problemas de solvencia o insolvencia, no de liquidez.

Intereses cada vez más altos. Capitales corriendo de la periferia al centro, no como antes. Creciente incapacidad europea de autofinanciarse. Intereses al alza, crecimiento débil, desempleo alto. Un 10% de los europeos están desempleados. El 40% de los jóvenes españoles carecen de trabajo. El ritmo del desarrollo europeo es la mitad del de los Estados Unidos y una cuarta parte del desarrollo chino. Europa solo representa el 19% de la producción mundial. Estos problemas no se resuelven de manera aislada. Brown aboga por una estrategia “paneuropea” que sustituya “la respuesta del pánico” por una política de reconstrucción a largo plazo. De no hacerlo, Europa entrará a una etapa de descontento social, fobia al inmigrante y “movimientos de secesión” política.

Brown propone que los problemas comunes se planteen como tales. No como problemas “locales” excluyentes del resto de Europa. Para ello, hay que recapitalizar a los bancos, crear un área de deuda comunitaria y una estrategia de crecimiento común y de empresas compartibles. Europa necesita “reequiparse” para volver a exportar y mayor flexibilidad de capital, de trabajo y de financiamiento. Evitar el proteccionismo y la pérdida de vida y trabajo.

Recuerdo a la Europa en ruinas de 1950. La actual situación no tiene por qué volver al drama de la posguerra. Lo cierto es que la nueva Europa habrá de adaptarse a un nuevo mundo de economías emergentes en Asia y Latinoamérica hoy, acaso en África mañana. La gloria de antaño no volverá, pero tampoco la miseria de ayer. Europa deberá adaptarse a un mundo diversificado, emergente y nunca más euro-céntrico.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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