Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Estados Unidos y Europa, en decadencia

Por TIMOTHY GARTON ASH (El País)

Llámenme Oswald Spengler si quieren, pero es difícil evitar la conclusión de que Estados Unidos y la Unión Europea están compitiendo hoy por ser los primeros en alcanzar la decadencia. Las dos principales entidades políticas de Occidente parecen incapaces de resolver los problemas de deuda y déficit que sus modalidades de capitalismo liberal democrático, muy similares, han acumulado. Sus políticos parecen borrachos bailando al borde del abismo de la bancarrota.

Si la reunión de urgencia de la eurozona celebrada en Bruselas el jueves no tranquiliza a los mercados, algunos países del grupo pueden caer en cuestión de días. En Washington, prosigue la cuenta atrás hasta el que los estadounidenses han designado como Día D, el 2 de agosto, fecha en la que el Gobierno dice que no podrá seguir pagando sus facturas sin sobrepasar el techo de deuda actual de 14.300 millones de dólares. Las dos economías más grandes del mundo se tambalean al borde del eurocalipsis y el dolarcalipsis.

Da la impresión de que Estados Unidos conseguirá apartarse del precipicio, aunque sin arreglar el problema de fondo. ¿Y Europa? No estoy tan seguro.

Los dos competidores occidentales en la carrera de la decadencia son distintos en muchos aspectos. La inmensa deuda de Estados Unidos es un peligro para la credibilidad y el poder del país en el mundo; no para la Unión en sí. Por el contrario, la crisis de la eurozona pone en tela de juicio el propio futuro de la Unión Europea en su versión última y más flexible.

La UE es una mancomunidad de 27 Estados soberanos, con un presupuesto que distribuye solo el 1% del total de sus PIB. Las deudas públicas de esos Estados van del 150% en Grecia hasta menos del 7% en la virtuosa Estonia. Estados Unidos es una unión plenamente federal de 50 Estados, con un Gobierno nacional que redistribuye un poco menos de la cuarta parte del PIB, mientras que el Gobierno nacional de un país europeo suele redistribuir la mitad.

En Estados Unidos, los republicanos y los demócratas están ideológicamente más polarizados que los grandes partidos europeos. Pero, si a los estadounidenses les divide la ideología, a los europeos les divide la nacionalidad. Los republicanos de la crisis de la eurozona son los alemanes. La canciller alemana, Angela Merkel, es a Bruselas lo que el líder republicano Eric Cantor es a Washington: un obstáculo poderoso pero con escasa visión de futuro.

El peso de la deuda de Estados Unidos aumentó gracias a los recortes fiscales aprobados en tiempos de George W. Bush y los gastos de las guerras en el extranjero, además del incremento del gasto de sanidad y prestaciones sociales y, más tarde, los rescates y el enorme gasto deficitario de tipo keynesiano aprobado porObama tras la crisis financiera. Los europeos, en general, no hicieron grandes recortes fiscales, ni mucho menos guerras. Con escasas excepciones, como Reino Unido y Francia, su gasto de defensa ha pasado de pequeño a diminuto.

Pero los europeos también tuvieron sus excesos en la última década. Sobre todo, el derroche de gastos y endeudamientos irresponsables en los Estados periféricos de la eurozona, como Grecia, Portugal y España, facilitado por los préstamos irresponsables concedidos por los bancos franceses y alemanes. Ambas partes se confiaron arrastradas por los tipos de interés -que parecían beneficiosos para todos- y las prometedoras perspectivas de la eurozona.

Hasta aquí, las diferencias visibles entre las dos orillas del Atlántico. Ahora bien, si se profundiza más, se encuentran grandes semejanzas. Porque, en realidad, esta es una crisis estructural del capitalismo liberal democrático -o, si prefieren hacer más hincapié en el aspecto político, la democracia liberal capitalista- desarrollado en el corazón de Occidente durante los últimos decenios.

A ambos lados del Atlántico, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Si se observan los gráficos, se ve que la deuda empresarial, doméstica y pública se ha ido acumulando durante 40 años. Ahora, con la nacionalización de la deuda privada después de la crisis financiera y el desplome del crecimiento y los ingresos de los Gobiernos, la deuda pública está creciendo, como el termómetro de un coche recalentado, hasta el peligroso nivel del 90%, el 100%, el 110% del PIB.

Nuestro sistema financiero, que privatizaba el beneficio y socializaba el riesgo, debe cargar con una parte importante de la culpa (todavía el año pasado, según la Oficina de Estadística Nacional de Reino Unido, los banqueros y aseguradores del país obtuvieron 14.000 millones de libras en bonus). Igual que el consumismo desatado, con los anunciantes descubriendo formas cada vez más refinadas de fabricar “necesidades” que, en realidad, son muy innecesarias. Igual que los miembros de la generación del baby boom, con sus expectativas de tener cada vez más atención sanitaria, prestaciones sociales y pensiones: una aspiración legítima, dirán; sí, si no hubiera que sufragarla a costa de nuestros hijos.

Una vez más, las diferencias entre Estados Unidos y Europa en este aspecto no son tantas como se dice. La página web factcheck.org muestra que casi la mitad del gasto federal de Estados Unidos se dedica a lo que los europeos llaman el “Estado de bienestar”: en el año fiscal 2010, la seguridad social, Medicare, Medicaid, el programa de seguro de salud infantil y la ayuda a personas de bajos ingresos sumaron el 46,9% del gasto total. Es verdad que es la mitad de una cuarta parte del PIB y no, por ejemplo, dos tercios de una mitad, como en algún Estado de bienestar europeo muy generoso; pero sigue siendo una proporción enorme, y no hace más que crecer.

Luego está la política. Lo que vemos hoy en las dos orillas del Atlántico es una perversión de la democracia. Consiste en dar a los sectores más ruidosos del pueblo lo que quieren, a corto plazo, en lugar de proponer a la mayoría de la población lo que necesita a largo plazo y arriesgarse a la impopularidad inmediata, que es lo que han hecho siempre los buenos líderes. Como indica el columnista de The New York Times David Brooks, la semana pasada, los republicanos de Estados Unidos rechazaron un acuerdo que habría podido recortar el gasto federal al menos en tres billones de dólares a lo largo de una década. Y en Europa, no hay más que ver el contraste entre Helmut Kohl y Angela Merkel. Kohl dirigía la opinión pública alemana; Merkel la ha seguido hasta el borde del precipicio.

Se trata de una política hipersensible al dinero, los intereses especiales, las campañas mediáticas, los grupos de presión, los grupos de discusión, el último sondeo de opinión y la próxima elección local. No es casualidad que Washington y Bruselas rivalicen en ser el paraíso del lobbista. Lo que mejor hacen estas dos inmensas y distintas entidades políticas, la UE y Estados Unidos, es sumar intereses particulares y apaciguar a todos los que es posible apaciguar en un momento dado.

Se oyen aquí ecos de un viejo argumento. El Federalist Paper número 10, escrito por James Madison, sostenía que una gran república estaría mejor preparada que unos Estados pequeños para defender el bien general frente a los intereses especiales y las facciones. En ella sería más difícil que los candidatos indignos “logren practicar las perversas artes que con demasiada frecuencia deciden las elecciones”. Unos representantes sabios y prudentes “refinarían y ampliarían las opiniones de la población”. Es decir, Montesquieu se había equivocado al sugerir que la democracia quizá podía funcionar mejor en unidades pequeñas y ser más difícil de mantener en grandes entidades.

El Partido Comunista Chino va un paso más allá que Montesquieu. Con tres billones de dólares en la caja fuerte -la Administración Estatal de Divisa Extranjera-, China afirma que la República popular ha encontrado una manera mejor y más eficaz de gobernar un territorio inmenso y variado.

La tarea que aguarda ahora a los dos gigantes del Occidente liberal democrático es demostrar que Madison tiene razón y Spengler y el Partido Comunista se equivocan. Hasta ahora, estamos haciendo una verdadera chapuza.

Artículo original en ELPAÍS.com

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