Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

¿Qué hubiese dicho Wallander?

Por GUILLERMO ALTARES (El País)

Si hay un fenómeno que ha marcado el mundo editorial mundial en los últimos años es el boom de las novelas negras nórdicas. Son países muy diferentes y también son autores muy diferentes; pero tienen características en común, los países y los escritores. Los Estados nórdicos han sido siempre un ejemplo envidiable de sociedades avanzadas: en los derechos de las mujeres o en la acogida de refugiados, en la justicia social, en sus sistemas de salud… Sin embargo, las novelas negras publicadas en los últimos años por autores suecos, noruegos, islandeses o finlandeses, que han arrasado en las librerías, reflejan una profunda inquietud, un sentimiento extremo de que algo va mal. Los autores más famosos, los suecos Henning Mankell y su detective Kurt Wallander, y el fallecido Stieg Larsson y su mundo de hackers, periodistas, asesinos y sádicos de todo pelaje, reflejan en sus libros ese mal que ha aparecido el viernes en Oslo y en Utoya. Incluso, el noruego Jo Nesbo escenificó un atentado de la ultraderecha en su novela Petirrojo (RBA).

Los países nórdicos perdieron su inocencia el 28 de febrero de 1986 cuando, a la salida de un cine de Estocolmo, el primer ministro Olof Palme fue asesinado. Ni siquiera llevaba escolta. Utoya y Oslo representan un paso más en el alejamiento del sentimiento de utopía. Pero muchos de nosotros ya lo habíamos leído, en Larsson, en Mankell, en Anne Holt (que fue ministra de Justicia noruega), en Arnaldur Indridason o en Maj Sjöwall y Per Wahlöö, en la historia de aquel muchacho que se disfrazaba de indio y cometía asesinatos (La falsa pista). La cultura, las obras de ficción, ofrecen a veces una explicación de la vida más allá de la propia realidad. “Escribo en la tradición literaria más antigua, la que utiliza el espejo del delito y del crimen para reflejar la sociedad. ¿De qué hablaban las tragedias griegas sino de crímenes?”, señaló Mankell en una entrevista con este diario. El cansado inspector sueco, que se alimenta de comida basura y de tragarse los malos rollos del mundo, simboliza la lucha contra las pulsiones oscuras de una sociedad solo aparentemente perfecta. Una de las cosas que más chocan al lector español cuando se entra por primera vez en la serie Wallander (Tusquets) es que todo el mundo se trata de tú. No puede haber un símbolo más potente de una sociedad igualitaria.

Uno de los fenómenos políticos preocupantes que se han producido en los últimos años en ese rincón nórdico de Europa es el auge de los partidos de ultraderecha. Un personaje como Anders Behring Breivik, de 32 años, el presunto asesino, podría haber aparecido en muchas de estas novelas, sobre todo en las de un periodista de investigación, Stieg Larsson, que murió antes de conocer el impacto que iban a tener sus libros. Milenium, tres volúmenes de casi mil páginas cada uno, refleja incluso con más oscuridad que Mankell ese malestar en el paraíso del frío: torturas, magnates siniestros, asesinatos, venganzas nunca olvidadas, ultras. Pero Larsson, que como reportero conoció muy de cerca los círculos de la ultraderecha nórdica, describió sobre todo una sociedad que se alejaba de la utopía para sumergirse en la realidad de un mundo herido y violento. En el fondo, nos cuentan que no existen sociedades perfectas, solo seres humanos imperfectos.

Artículo original en ELPAÍS.com.

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