Edición 27/02

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«Describe tu aldea y serás universal», decía Tolstoi. ¿Y por qué no intentar el ejercicio contrario?

Twitty y el maíz


Por JUAN PABLO RINGELHEIM (Página/12)

Para Juan Pablo Ringelheim, el lenguaje es una casa en la que podemos sentir confort. Pero día a día, ciertos desarrollos tecnológicos y los usos de consumo hacen pensar que el lenguaje del futuro se contrae como el gorjeo de un pájaro que picotea tecladitos como a granos de maíz.

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1. La clase media argentina cree que si tiene una vivienda, va al cielo. Es una fe obstinada que perdura aun en un tiempo de descrédito religioso en el cual el cielo no es mucho más que un circuito de carreras de satélites, o el hangar demasiado amplio para una sola Estación Espacial Internacional. Tal vez, podría añadir el optimista, el cielo sea también el destino de una próxima migración humana huyendo de una Tierra que se pasará de hervor. En cualquier caso pareciera no tener nada que ver con un Paraíso. Sin embargo, no son pocos los que se someten voluntariamente al examen de un San Pedro en la mesa de créditos hipotecarios de las entidades bancarias. Y maquillando las máculas de pequeños pecados fiscales, se puede lograr pasar la puerta con una tasa de interés que será el precio de la buena fe.

“Tener un techo” lo diría todo. ¿Quién se puede oponer? El techo protege de la intemperie, de las tormentas, del calor. También protege del abismo del cielo nocturno. Ahí radica un punto neurótico: querer ir al cielo comprando un techo, pero con un techo protegerse del cielo.

2. La primera casa que habita cada ser en el mundo es la casa del lenguaje. En ella el niño comienza a sentirse cómodo con un mundo que ya no es enteramente para la boca, sino también para la mano. Empieza a nombrar con el lenguaje de los padres un montón de objetos, intercambiarlos, a obtener recompensas por buen comportamiento: una forma precoz de instrucción cívica y comercial. Para que coma, la madre hace “el avioncito”: la cuchara vuela, el niño abre la boca, entra el bocado; un primer gusto por los FX que lo preparan para la sociedad del espectáculo. En la casa del lenguaje el niño puede hacer preguntas. Puede obtener respuestas. Si no las obtiene, siempre puede mirar televisión.

¿Por qué el lenguaje es una casa? En el lenguaje podemos sentir confort, puede haber un sentido acogedor, unas palabras cálidas. La comodidad y la calidez son atributos de un hogar. Una casa tiene también la instalación necesaria para que aquel que viene de afuera pueda lavar sus manos sucias por tocar dinero. El lenguaje también cuenta con instalaciones de palabras redentoras, capaces de limpiar culpas, de purificar; viene un lavatorio en cualquier sistema de palabras, y si no, se adquiere en el consultorio del psicoanalista. Toda casa tiene también una cocina, en ella se cuecen milanesas de soja y se hornean calabazas. Y a su vez el lenguaje también hornea. El hambre popular tiene en la clase media el equivalente en el vacío existencial. Un amigo siempre puede hornear la palabra adecuada que colmará una angustia que en forma bruta oprime el pecho. Así es que todo lenguaje tiene una zona de confort, otra de limpieza y una cocina.

3. Ultimamente tanto el lenguaje como las casas están sufriendo una mutación de sus dimensiones. Por un lado crecen edificios por doquier, como brotes de soja mudados a la ciudad con ansias de civilidad. Los modernos edificios exponen la numeración con tipos desmesuradamente grandes, como si indicara las miles de toneladas de soja que costó levantarlos. Por otro lado se edifica hasta el gigantismo todo un lenguaje en Twitter, Facebook, y los blogs. También en los celulares hay millones de palabras que se vierten a diario.

Paralelamente, todo se encoge. Las casas se resignan a ser monoambientes para divorciados o para solteros perennes. Por otro lado, tanto la lectura como la escritura se ven forzados al enanismo por plataformas como Twitter, y también por un tipo de atención sólo permeable a lo corto. La charla se reduce a expresiones felicistas y rápidas: “¡Hey!”: es casi todo lo que se puede comprender.

Los debates entre intelectuales también pueden ser jibarizados. De una amplia conversación de seis, siete, ocho conceptos, la sociedad del espectáculo sólo podrá digerir una frase comprimible a la medida Twitter. El micropoder produce conceptos quick.

4. Conozco una familia que, advertida de la contracción del lenguaje, ha tomado una política para ir a contrapelo del poder: utilizan el jeringoso, aunque pierdan tiempo y dinero al contar una anécdota por mensajito. Un gasto inútil que los libera del enanismo del lenguaje dominante y abre amplios aleros en la casa del sentido.

5. La clase media cree que si tiene un lenguaje, va al cielo. O a la nube. Pero ¿qué lenguaje espera obtener la clase media? Un lenguaje binario. El que se fabrica en las casas de electrodomésticos con sus publicidades de hadas, ogros, gnomos y otras maravillas. El lenguaje del futuro se contrae como el gorjeo de un pájaro que picotea tecladitos como a granos de maíz.

* Docente e investigador UNQ y UBA.

Artículo original en Página/12

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